El zumbido metálico del teléfono contra la mesa de noche fue el primer aviso del desastre. Cristin, envuelta en las sábanas como si fueran un búnker contra la realidad, intentó ignorar la vibración que parecía taladrarle el cráneo. Pero el aparato era implacable. En un movimiento torpe y desesperado, su mano tanteó el vacío hasta que un golpe seco y el sonido de plástico crujiendo confirmaron sus miedos: el móvil yacía desparramado en el suelo frío.
—Maldita sea... todavía lo estoy pagando —susurró con la voz ronca, arrodillándose para recoger los pedazos.
Al encenderlo, la pantalla iluminó su rostro demacrado, revelando una verdad aterradora. Diez llamadas perdidas. Mensajes de voz que se acumulaban como sentencias de muerte. La voz de su jefe, el Dr. Santoro, destilaba una furia contenida en cada grabación: "Señorita Flores, si desea seguir su carrera con nosotros, le doy media hora...".
El pánico, más efectivo que cualquier café, la puso en marcha.
Cristin salió a la calle con el uniforme a medio poner y el corazón en la boca. Al llegar a la esquina, el destino le propinó otro golpe: su bicicleta, su fiel y destartalada compañera, tenía la rueda delantera completamente desinflada. No había opción. Empezó a correr con su bicicleta en los hombros.
Llegó al Hospital Central sudada, con el pelo convertido en un nido de pájaros y la sensación de que cada poro de su piel gritaba "negligencia". En el vestíbulo, se cruzó con el Dr. Martinelli, quien le dedicó un saludo cortés pero cargado de una lástima implícita que solo aumentó su ansiedad.
—Dra. Flores, buen día —dijo él, pasando de largo.
De pronto, una mano firme la tomó por los brazos. Era su amiga y única aliada en aquel nido de víboras.
—Amiga, estás en problemas. Santoro no hierve, está en estado volcánico —le advirtió en un susurro urgente.
—Ya lo sé, tengo que arreglarlo como sea —respondió Cristin, intentando recuperar el aliento.
Laura le deslizó un papel arrugado en la mano, como quien pasa contrabando en una prisión.
—Toma. Es el pase de sala. Aquí están todos los pacientes internados hoy, las novedades y los tratamientos. Ojalá te sirva de escudo.
—Gracias, de verdad te debo una vida.
—Corre. Santoro ya está en el pasillo con los estudiantes. Si entras ahora, quizás piense que estabas revisando un laboratorio pendiente.
Cristin asintió, apretó el papel contra su pecho y se lanzó hacia el pasillo principal. Sabía que un solo paso en falso frente a esos ojos azules y frios de su jefe sería el fin. El aire del hospital, cargado de cloro y tensión, se cerraba sobre ella mientras divisaba a lo lejos el grupo de batas blancas liderado por la figura imponente de Santoro. El juego de supervivencia acababa de empezar.
El eco de los pasos en el pasillo del subsuelo del Hospital Central de la Provincia no era un sonido común; era el latido de una maquinaria implacable. Cristin Flores caminaba un paso por detrás del grupo, sintiendo que el aire se volvía más pesado, más cargado de antiséptico y de secretos mal guardados. Ella era, en apariencia, "una más del montón": pequeña, de ojos color miel oscura y una presencia que pasaba desapercibida hasta que su intelecto —o su torpeza— la ponía en el centro del escenario.
— Ahora haremos el recorrido y verán un poco de la ciencia que llevamos a cabo en este servicio —anunció una voz potente.
Era el Dr. Santoro. A sus 39 años, era un Adonis de ojos azules y sienes plateadas que cargaba con el peso de ser el hijo del director y la ambición de ser un dios en el quirófano. Para Cristin, era su némesis personal. Un hombre que destilaba una seducción tan peligrosa como su arrogancia. Sabía que él quería deshacerse de ella; la había enviado a patología meses atrás, esperando que el polvo de las muestras de tejido la asfixiara, pero había regresado. Porque Cristin era brillante, aunque su vida fuera un caos de horarios incumplidos y una alimentación basada en las sobras de la cafetería.
El grupo de estudiantes de último año los seguía como una hilera de patitos blancos. Cristin cargaba las carpetas, su única armadura. El cansancio le nublaba el juicio. El hambre, esa vieja conocida de su infancia en los barrios bajos, le rugía en las tripas. Había crecido comiendo de la basura, y ahora, en la cúspide de su carrera, el destino le jugaba una broma macabra.
— Entraremos a ver al señor Morales. Cirugía por torsión testicular —dictaminó Santoro con una seguridad quirúrgica.
Cristin entregó la carpeta. En su mente, las fichas se mezclaron. El desorden que siempre la había perseguido decidió manifestarse en el momento más inoportuno. Entraron a la habitación. El paciente, un hombre que parecía querer fundirse con las sábanas, los miró con terror.
— Bien, ¿cómo sabemos que es una torsión testicular? —preguntó Santoro, ignorando la palidez del hombre en la cama.
— Por la ecografía —aventuró una estudiante.
— No —sentenció él, con una sonrisa depredadora—. Lo primero es la clínica. El examen físico.
Lo que siguió fue una escena salida de una comedia negra, pero teñida de un suspenso asfixiante. Santoro, con un guante de látex que crujió en el silencio de la sala, retiró la sábana de un tirón, dejando al hombre desnudo y vulnerable. Sus dedos largos y expertos sujetaron uno de los testículos del paciente.
— ¿Le duele? —preguntó, apretando.
— ¡Sí! —rugió el hombre, cuyas manos se aferraban al colchón con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
— ¿Y esto? —Santoro elevó el órgano con una frialdad clínica.