Hospital Central

Capitulo 2: Nada que perder

El sueño de Cristin Flores no fue una simple sucesión de imágenes inconexas; fue una arquitectura de ansiedad construida con los escombros de su pasado y los temores de su presente. Antes de que el celular bramara sobre la mesa, antes de que la realidad la golpeara con el frío del suelo y la presión de un despido inminente, su mente la arrastró a un abismo donde el tiempo y el espacio se doblaban bajo el peso de su propia inseguridad.
Se encontró caminando por un pasillo infinito. Las paredes no eran de concreto ni de ladrillo, sino de un material orgánico que latía suavemente al ritmo de un corazón oculto en los cimientos del hospital. El suelo estaba cubierto por una capa de agua estancada, tibia, que le recordaba a los charcos de las calles de su infancia, aquellos que debía saltar para no arruinar el único par de zapatos que tenía para la escuela.
A su izquierda y derecha, no había puertas, sino espejos. Pero no reflejaban su rostro actual de residente cansada. En el primero, vio a la Cristin de ocho años, revolviendo una bolsa de residuos en busca de algo que brillara, algo que pudiera vender o comer. En el segundo, se vio a los trece, deteniéndose en el tiempo, mirando con odio su reflejo porque su cuerpo había decidido dejar de crecer, condenándola a ser "la pequeña Flores" para siempre.
—Llegas tarde, Cristin —susurraron las paredes.
La voz no era de una sola persona; era una polifonía de todos los pacientes que había atendido. Era una masa de sonidos que se sentía como el roce de guantes de látex contra la piel seca.
De repente, el pasillo se ensanchó hasta convertirse en un anfiteatro quirúrgico. Las gradas estaban repletas de estudiantes sin rostro, cuyas batas blancas brillaban con una luz cegadora, casi divina. En el centro, bajo un reflector que emitía un calor sofocante, estaba el Dr. Santoro.

No vestía su ropa habitual. Llevaba una túnica de seda azul que combinaba con sus ojos, y en sus manos no sostenía un bisturí, sino una balanza de oro. A un lado de la balanza, puso una carpeta de historial clínico; al otro, puso un corazón humano que seguía latiendo, salpicando su impecable uniforme con gotas de un rojo carmesí.
—Dígame, Dra. Flores —dijo Santoro, y su voz resonó como un trueno en el anfiteatro—, ¿cuánto pesa la negligencia? ¿Cuántos gramos de olvido se necesitan para que un hombre pierda su esencia?
Cristin intentó responder, pero su boca estaba llena de algodón. Sintió que sus pies se hundían en el suelo, que ahora se volvía viscoso, transformándose en una marea de expedientes médicos y recetas sin firmar. Ella intentaba alcanzar la balanza, quería demostrar que el corazón pesaba más que sus errores, pero cuanto más corría, más pequeña se volvía. Sus manos, que antes eran capaces de suturar heridas complejas, ahora parecían las de una muñeca de porcelana, frágiles y torpes.

El sueño dio un vuelco grotesco. El anfiteatro desapareció y Cristin se encontró en la habitación del Sr. Morales... o del Sr. González. Ya no lo sabía. En la cama no había un hombre, sino una criatura mitológica, una amalgama de todos los pacientes del hospital. Tenía mil ojos y una sola boca que repetía constantemente: "No me apriete, doctora, que el dolor es lo único que me queda".
Santoro apareció detrás de ella, susurrándole al oído con una seducción venenosa. Sus manos se posaron sobre los hombros de Cristin, y el frío de sus dedos atravesó la tela de su ambo.
—Míralos, Cristin —dijo él, señalando a los estudiantes que ahora sostenían antorchas—. Están esperando que te equivoques. Quieren ver cómo la niña que comía basura intenta jugar a ser Dios.
En el centro de la habitación, sobre un pedestal de mármol, aparecieron dos esferas de oro macizo. Cristin comprendió, con el terror propio de las pesadillas, que esas esferas eran los testículos del paciente que Santoro había examinado por error. Pero en el sueño, el error era de ella. Ella era la que sostenía el peso del oro, y el oro quemaba.
—Si los dejas caer, tu carrera muere —sentenció Santoro—. Si los sostienes, vivirás en mi sombra para siempre.
El techo del hospital se desprendió, revelando un cielo nocturno donde las estrellas eran luces de quirófano. Empezó a llover, pero no era agua. Eran hojas de papel: pases de sala, resultados de laboratorio, notas de enfermería. Millones de ellas caían sobre Cristin, sepultándola bajo una montaña de burocracia médica.
Luchaba por salir, nadando entre las hojas, buscando el aire que se le escapaba de los pulmones. Podía ver a su amiga a lo lejos, sosteniendo una lámpara, gritándole palabras que el viento se llevaba: "¡Corre, Cristin! ¡El despertador ya ha sonado!".
En el fondo de esa montaña de papel, Cristin encontró un espejo pequeño, el que llevaba en su bolso. Se miró. Sus ojos color miel estaban inyectados en sangre, y su nariz pequeña goteaba sudor. Se vio a sí misma no como una cirujana, sino como una impostora disfrazada de profesional. La "haragana", la "desordenada", la niña que nunca debió salir del subsuelo de la ciudad.
El Dr. Santoro apareció por última vez en el sueño. Estaba sentado en un trono hecho de estetoscopios entrelazados. La miró con una mezcla de desprecio y deseo, una dualidad que Cristin siempre había sentido pero nunca se había atrevido a nombrar.
—No perteneces aquí —le dijo él, extendiendo una mano para borrarle el rostro—. Eres un error en mi sistema perfecto.
Cristin sintió que su cuerpo se desintegraba, convirtiéndose en polvo de tiza sobre un pizarrón de universidad. Justo cuando Santoro iba a tocarla, un sonido ensordecedor rompió la cúpula del sueño. Un bramido metálico, rítmico y violento.
Era el celular.

El sueño se colapsó sobre sí mismo. El anfiteatro, el pasillo de carne, las esferas de oro y la lluvia de papeles desaparecieron en un estallido de estática. Cristin abrió los ojos, atrapada en la penumbra de una habitacion de box de urgencia con el corazón martillando contra sus costillas y el sudor frío empapando la almohada.



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Editado: 11.04.2026

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