Hospital Central

Capitulo 3: Prueba de fuego

El quirófano número cuatro del Hospital Central no era solo una sala de operaciones; era un santuario de acero, luces LED de un blanco cegador y un frío que parecía diseñado para conservar momias o, en su defecto, para evitar que los cirujanos se durmieran tras guardias de treinta horas.
Cristin Flores entró arrastrando ligeramente la pierna. El ambo nuevo que el Dr. Santoro le había proporcionado le quedaba un poco grande de hombros, pero extrañamente olía a él: una mezcla de jabón neutro, café cargado y una nota sutil de sándalo que la distraía más de lo que estaba dispuesta a admitir. Se sentía pequeña, no solo por su metro sesenta y dos, sino por el peso de la responsabilidad que caía sobre sus hombros. En la mesa, una mujer de treinta y dos semanas de embarazo luchaba por dos vidas.
El equipo ya estaba allí, moviéndose con la precisión de un reloj suizo. Santoro entró justo después de ella, con esa zancada de hombre que sabe que es el dueño de la finca, del ganado y de las almas que lo habitan. Se detuvo en el centro de la sala y, antes de ponerse el barbijo, lanzó la granada.
—Hoy la doctora Flores será quien dirija —anunció con una voz que era puro terciopelo con espinas—. Al parecer, ella cree que su intelecto está por encima de las jerarquías. Quiero ver si ese "brillo" del que tanto presume se traduce en habilidad manual o si es solo fuego de artificio.
El silencio que siguió fue tan denso que se podría haber cortado con un bisturí del número once. El anestesista, el Dr. Rossi, levantó la vista de sus monitores con una expresión de puro espanto.
—Ezequiel, si tú te haces responsable legal de lo que pase aquí, no hay problema —dijo Rossi, con una gravedad que le puso los pelos de punta a Cristin— Pero no estoy de acuerdo. Esta no es una cirugía para que un residente "aprenda una lección". Es un tumor renal hemorrágico en una paciente obstétrica. Es un campo minado.
—Ya lo sé —respondió Santoro, mientras la instrumentadora le ayudaba con los guantes de látex, que chasquearon contra sus muñecas con un sonido definitivo—. Pero esta joven debe aprender que su arrogancia y su desorden crónico ponen en riesgo a los pacientes. Si no puede manejar la presión aquí, que se olvide de la cirugía.
—¡Por favor, Ezequiel! —interrumpió la Dra. Mancilla, la jefa de ginecología, entrando al campo estéril—. El que está poniendo en riesgo a la paciente eres tú con este berrinche de divo. Me parece increíblemente infantil que uses una cirugía de este calibre para una rencilla personal con tu residente.
Santoro la miró de reojo, con esos ojos azules que en ese momento parecían dos fragmentos de glaciar.
—Sabes perfectamente, Lucía, que nunca pondría en riesgo a un paciente. Para eso estoy yo aquí, de primer ayudante. Si ella duda un milímetro, yo tomo el control. Ahora, ¿podemos empezar o vamos a seguir discutiendo mi pedagogía?
Cristin sintió que la sangre le subía a las mejillas. Estaba furiosa, aterrada y, extrañamente, motivada. ¿Arrogante? ¿Él la llamaba arrogante? Tomó el bisturí. Sus manos, que hace unos minutos temblaban al recoger los pedazos de su celular, se volvieron de piedra.
La cirugía fue una epopeya. Durante las siguientes tres horas, el mundo exterior dejó de existir. Cristin se sumergió en la anatomía de la paciente. Santoro estaba a su lado, actuando como su sombra. El hombre pedante y odioso se evaporó, dejando paso al cirujano de precisión quirúrgica.
Fue una danza extraña. Cada vez que Cristin extendía la mano, el instrumento adecuado aparecía allí, como por arte de magia, colocado por Santoro. Cuando una arteria rebelde empezó a sangrar y el pánico amenazó con nublarle la vista a Cristin, la voz de Santoro le llegó al oído, baja y firme.
—Sutura el polo superior, ahora. No lo pienses. Siente el tejido. Confía en lo que sabes.
En ese momento, Cristin olvidó que lo odiaba. Sus movimientos se sincronizaron. Eran dos mentes operando como una sola, un ritmo perfecto de aspiración, sutura y corte. La tensión sexual que el anestesista mencionaría más tarde flotaba en el aire, mezclada con el olor a sangre y antiséptico. Cuando el tumor fue finalmente extraído y el sangrado se detuvo sin necesidad de tocar al bebé, un suspiro de alivio colectivo recorrió la sala.
Cristin terminó el último punto de la sutura interna y dio un paso atrás. Estaba empapada en sudor, con el ambo salpicado, pero sentía una euforia que no podía describir.
Al salir del quirófano, Cristin se quitó el barbijo con manos temblorosas. Se encontró con Santoro apoyado en la pared, quitándose los guantes. Su pelo oscuro estaba pegado a su frente por el sudor, dándole un aspecto menos de dios del Olimpo y más de hombre mortal, lo cual era, para desgracia de Cristin, aún más atractivo.
—Lo hizo bien, Flores —dijo él, sin mirarla directamente—. Muy bien.
—Gracias —respondió ella, con un nudo en la garganta—. ¿Eso cambia su decisión? ¿Sigo fuera del programa?
Santoro se acercó. Se detuvo a escasos centímetros de ella, invadiendo ese espacio personal que Cristin ya no sabía si quería proteger o entregar. La intensidad de su mirada la hizo retroceder mentalmente.
—Quédese con la paciente y avíseme cuando se despierte —ordenó, recuperando su tono de mando, aunque sus ojos decían otra cosa—. Tenemos mucho de qué hablar.
Él se alejó, dejándola con las palabras en la boca. Cristin se quedó allí, evaluando la recuperación de la paciente, pero no pudo evitar acercarse a la sala de médicos cuando escuchó gritos.
Dentro de la sala, la Dra. Mancilla y el Dr. Rossi estaban increpando a Santoro. Cristin se quedó pegada a la puerta, conteniendo la respiración.
—Te conozco demasiado bien, Ezequiel —decía Lucía Mancilla con amargura—. Esto fue un capricho tuyo. Casi nos das un infarto a todos solo para demostrarle a esa chica quién manda.
—Sabes que no es así —replicó Santoro—. Un residente tiene que ser probado en el fuego.
—¡Por favor! —exclamó Rossi—. Ezequiel, admite que te pusiste en tu peor faceta de patán porque la Dra. Flores te descoloca. Meter a una paciente en tu pequeña guerra personal...
—¿Guerra personal? —Santoro soltó una risa seca—. Ella es una residente desordenada que llega tarde.
—Y que opera como los dioses —interrumpió Lucía—. Pero lo que te molesta no es su horario, es que no puedes controlar lo que sientes cuando está cerca. Hay demasiada tensión sexual entre ustedes, es ridículo.
—¿Qué dices? Estás loca —bramó Santoro, aunque su voz sonó extrañamente defensiva.
—Ezequiel, se nota a leguas —añadió Rossi con tono burlón—. Y te entiendo, la pequeña Flores es hermosa. Si yo no estuviera felizmente casado, hasta me apuntaría a ese desafío. Tiene un fuego que te hace falta, amigo.
—¡Basta! —rugió Santoro—. ¡Es una orden mía y no acepto desautorizaciones! Yo soy el que decide aquí.
—No eres nuestro jefe —sentenció Lucía—. Ejercé tu poder con ella, si te deja, pero con nosotros no juegues más.
En ese momento, Cristin, abrumada por lo que acababa de escuchar, dio un paso en falso y empujó ligeramente la puerta. Los tres médicos se giraron. Santoro la fulminó con la mirada.
—¿Qué haces acá? ¿Acaso no te enseñaron que las conversaciones ajenas no se escuchan? —esbozó él, rojo de furia o de vergüenza.
—Yo... solo quería avisar que la paciente se despertó —balbuceó Cristin, intentando mantener la dignidad—. Pregunta por su bebé. Todo está en orden.
—Gracias, Cristin —dijo Lucía con una sonrisa cómplice—. Iré a verla ahora mismo.
—Y usted, Flores —dijo Santoro, señalándola con el dedo—, retírese. Cierre la puerta. Vaya a cenar y en 1 hora la veo en la sala. No llegue tarde si no quiere que esta sea su última cirugía.



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Editado: 11.04.2026

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