Hospital Central

Capitulo 4; Cicatrices

El sueño se fragmentó en mil pedazos de cristal sucio. Gritos, golpes secos contra la madera y el aroma metálico de la sangre inundaron la mente de Cristin antes de que sus párpados se abrieran. En su pesadilla, era una niña de ocho años arrastrándose hacia sus padres en un colchón desvencijado, sintiendo el frío de un cañón de arma contra la nuca. El recuerdo de su padre suplicando a los pies de un hombre con tatuajes en el cuello era una mancha que ninguna carrera de medicina había logrado borrar.
—¡Cristin, levántate! Nos llamaron de la guardia —la voz de Ezequiel Santoro rompió la burbuja de terror.
Cristin se incorporó de golpe en el pequeño box de descanso, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. El sudor frío le pegaba el ambo al cuerpo. Miró el reloj: apenas las cuatro de la mañana. Solo habían pasado sesenta minutos desde que cerraron el quirófano tras interminables cirugías.
—¿La gente no duerme? ¿Es un deporte nacional morir de madrugada? —masculló ella, intentando disimular el temblor de sus manos mientras se ataba el cabello en un nudo desprolijo.
Al bajar a la sala de urgencias, el panorama no mejoró. Esperándolos estaba el Dr. Escalante, un hombre que Cristin alguna vez consideró "el indicado" hasta que él decidió que su antigua novia era una mejor opción. Verlo allí, impecable incluso de madrugada, era como echarle limón a una herida abierta.
Escalante ni siquiera se dignó a dirigirle la palabra, sus ojos estaban fijos en Santoro.
—Está estable, Ezequiel. Herida de arma de fuego, miembro inferior. Quiero liberar esta cama ya —dijo Escalante con una urgencia que rozaba la mala educación.
—Flores, prepare todo. Subimos a quirófano ahora —ordenó Santoro, ignorando el evidente cansancio de su residente.
Cristin revisó la ficha técnica y sintió que la indignación le ganaba al sueño.
—Dr. Santoro, el paciente está estable —objetó ella, tratando de mantener la voz firme—. No hay compromiso vascular ni óseo de gravedad. Podríamos completar estudios y programarlo para el turno mañana. Estamos operando por inercia, el riesgo de error por cansancio es...
—Basta de excusas para no trabajar, Flores —la cortó Santoro con una frialdad que heló el ambiente—. Prepare al paciente. Es una orden.
Cristin apretó los dientes tanto que le dolió la mandíbula. "Maldito", pensó mientras se dirigía a la camilla custodiada por dos policías. Santoro solo quería demostrar su poder, pavonearse frente a Escalante y, de paso, castigarla un poco más.
Al descorrer la cortina de la unidad de urgencias, el aire se volvió pesado. El hombre en la camilla estaba esposado, con los ojos inyectados en sangre y una sudoración profusa que gritaba "abstinencia" a los cuatro vientos. Cristin se quedó petrificada. Aquellos ojos... los conocía.
—¿Pasta? —susurró ella, sintiendo que el hospital desaparecía para dar paso a los callejones oscuros de su infancia.
El delincuente intentó enfocar la vista, soltando una carcajada rasposa que terminó en tos.
—Cristin... la doctora —se burló él—. Mirate, nena. Ya no sos de la raza. Ahora sos una "garca" estirada con plata.
—Te pregunto lo mismo que hace diez años: ¿Qué haces acá? Estás hecho un desastre —dijo ella, pidiendo a los oficiales un momento de privacidad detrás de la cortina.
—Perdón, "Doctorcita" — escupió Pasta—. Tu viejo tiene razón, siempre fuiste distinta. Pero cuidate... porque tu hermano te anda buscando.
El frío que recorrió la espalda de Cristin no tenía nada que ver con el aire acondicionado del hospital.
—¿Mi hermano? Él está en lo suyo, yo en lo mío. No tenemos nada de qué hablar.
—Se dio cuenta de que le robaste el "vuelto", nena. El día que atraparon a tu viejo, alguien se llevó la pasta. Y todos creen que fuiste vos. La única que sabía dónde estaba el escondite.
—¡Yo no me llevé nada! —exclamó ella en un susurro desesperado—. Mi padre les mintió a todos para salvarse, como hizo siempre.
—Tu hermano es el "capito" ahora, Cristin. Y cree que vos lo delataste —Pasta se acercó lo que las esposas le permitieron, con una mirada cargada de una malevolencia drogada—. Tengo órdenes de terminar el trabajo. En este negocio no se traiciona. Tu hermano no tiene huevos para dispararme, pero tiene gente que sí los tiene. Y ahora, él cree que sos vos la que tiene que pagar la deuda del viejo.
Cristin terminó de revisar la pierna de Pasta con movimientos mecánicos, sintiendo que cada palabra del hombre era un clavo en su ataúd. Su padre, ese hombre que en sus pesadillas suplicaba piedad, había tejido una red de mentiras que ahora la ponían en la mira de su propio hermano.
Justo cuando llamaba al camillero para el traslado, Escalante apareció de nuevo, cortando la comunicación.
—Santoro cambió de opinión. Dice que lo ingreses a sala y que la cirugía pase al próximo turno. Él se fue a descansar —informó Escalante con una sonrisa cínica.
Cristin colgó el teléfono lentamente. La rabia bullía en su pecho. Santoro la había tenido corriendo, enfrentándose a sus peores demonios y revisando a un delincuente que acababa de amenazarla de muerte, solo para decidir que "ahora sí" podían esperar.
Eran las cinco de la mañana. El hospital empezaba a cobrar vida con el cambio de turno, pero Cristin se sentía más sola que nunca. Sabía que no dormiría. No podía. Las mentiras de su padre y la sombra de su hermano acechaban fuera de esas paredes blancas.
Miró hacia el pasillo donde Santoro se había marchado. Sabía que en pocos minutos debía estar en su oficina para esa "charla" pendiente sobre su futuro. Se limpió el sudor de la frente, enderezó su ambo manchado y caminó con paso decidido. Si el destino quería cobrarle las deudas de su padre, tendría que decidir si escapaba y abandonaba su futuro o esta vez pelearía con uñas y dientes.



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Editado: 11.04.2026

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