Hospital Central

Capitulo 5: Hermano al acecho

Las horas habían pasado como una procesión de fantasmas. Para cuando el Dr. Santoro emergió de su descanso, Cristin ya había sobrevivido a tres crisis nerviosas internas y a un interrogatorio mental sobre su árbol genealógico criminal que casi le cuesta la cordura.
Había hecho el pase de sala con la precisión de un autómata, esquivando las miradas de sus colegas y el peso de las revelaciones de "Pasta". Solo quería una cosa: una ducha, una cama que no oliera a hospital y, quizás, un borrador de memoria para olvidar que su padre la había convertido en el blanco de una cacería de tesoros inexistente.

La residente se encontraba en la sala de médicos, cerrando su casillero con una violencia que sugería que deseaba encerrar allí dentro toda su existencia académica, con la determinación de un soldado que abandona el frente.
Fue entonces cuando Ezequiel Santoro entró en la sala. Lucía insultantemente fresco. Su ambo estaba impecable, su cabello parecía haber sido esculpido por ángeles y emanaba una energía de "acabo de dormir ocho horas y salvar tres mundos" que a Cristin le resultaba físicamente dolorosa.
—Bueno, nos vemos —soltó Cristin, colgándose el bolso con un movimiento que casi la hace perder el equilibrio.
—¿A dónde va, Flores? —preguntó Santoro, deteniéndose en seco con una ceja arqueada, esa bendita ceja que parecía tener vida propia y una maestría en el sarcasmo.
—Terminó mi horario laboral —respondió ella, intentando sonar digna a pesar de que sentía que se estaba desintegrando.
—Usted debe quedarse para el pase general. Es su responsabilidad como residente de segundo año.
Cristin se detuvo. Lentamente, giró sobre sus talones. El cansancio tiene un punto de quiebre donde el miedo desaparece y es reemplazado por una audacia suicida.
—Basta, Dr. Santoro. Haga lo que quiera con mi residencia. Quíteme puntos, lléveme al consejo, póngame a limpiar chatas con un cepillo de dientes si eso lo hace feliz. Pero estoy demasiado cansada para tolerar su maltrato gratuito. Me voy. Chau.
Sin esperar la réplica que seguramente sería letal, Cristin salió de la sala. El silencio que dejó atrás era tan pesado que juraría que escuchó el ego de Santoro crujir.
Antes de huir hacia la libertad, Cristin tenía una deuda pendiente con el pasado. Se desvió hacia la zona de observación donde Pasta seguía custodiado. El delincuente estaba en medio de una sinfonía de insultos creativos dirigidos a los dos oficiales que, con una paciencia de santos, ignoraban sus provocaciones.
Al ver entrar a Cristin, la cara de Pasta se iluminó con una lascivia que le revolvió el estómago a la doctora.
—¡Cristin! Qué lindo que me visites —graznó él—. Tal vez puedas venir a verme a la cárcel y hacer una visita conyugal. Siempre quise conocer tu "interior", nena. Dicen que las médicas son las más fogosas.
—Basta, idiota —siseó ella, acercándose lo suficiente para que los policías se tensaran—. ¿Dónde está mi hermano?
—¿Qué me viste cara de agente de reencuentros familiares o qué? —se burló él, escupiendo al suelo—. Buscalo en la guía, si es que todavía usa el mismo nombre.
Cristin no lo pensó. Su mano derecha voló hacia el cuello de la bata de Pasta, cerrándose con una fuerza que nació de años de frustración contenida. Lo atrajo hacia ella, ignorando el olor a sudor y sangre que emanaba de su cuerpo.
—Dime dónde encontrarlo —repitió entre dientes.
Los policías intervinieron de inmediato, tomándola de los brazos para separarla.
—¡Qué linda son las perras con agallas! —gritó Pasta mientras ella era arrastrada hacia la salida—. ¡Espero que tengas las mismas agallas cuando salga de aquí y estés a solas conmigo! ¡Tu hermano se esconde como la rata que es, pero yo te voy a encontrar primero!
Cristin salió al pasillo jadeando. Afuera, los oficiales intentaron interrogarla, pero ella los despachó con un gesto seco. Ya tenía suficientes problemas con los vivos como para preocuparse por los que estaban a medio camino de la cárcel.

El aire de la mañana debería haber sido refrescante, pero para Cristin fue un recordatorio de su desgracia. El destino, sin embargo, tenía un último chiste preparado para ella. Al llegar al bicicletero, Cristin se encontró con su fiel compañera de transporte: un amasijo de aluminio con la rueda delantera formando un perfecto ocho.
—Maldición... —susurró, sintiendo que las lágrimas de frustración amenazaban con asomar—. Otro día horrible para la colección.
Empezó a caminar arrastrando la bicicleta, que emitía un quejido metálico rítmico, como si se burlara de sus pasos. Llevaba apenas media cuadra cuando una camioneta inmensa, negra y reluciente de detuvo a su lado —el tipo de vehículo que solo poseen los villanos de cine o los cirujanos con exceso de sueldo— se detuvo a su lado. El vidrio se deslizó con un zumbido eléctrico perfecto.
—Se te torció la rueda —dijo la voz de Santoro.
Cristin no levantó la cabeza. Siguió caminando.
—Qué perspicaz, doctor. ¿Cómo se dio cuenta? ¿Fue un diagnóstico clínico o usó sus superpoderes de observación? Seguro es un genio, ¿verdad?
La camioneta avanzó al ritmo de su marcha. Santoro la observaba con una mezcla de irritación y algo que, si Cristin no estuviera tan agotada, habría jurado que era curiosidad.
—Haré caso omiso de tu mal genio —dijo él—. Sube. Te llevo a tu casa.
—Perdón —murmuró ella, deteniéndose—. Es que estoy... realmente cansada.
Santoro no esperó una segunda invitación al diálogo. Se bajó del vehículo con una elegancia que resultaba ofensiva en ese barrio gris. Sin pedir permiso, tomó la bicicleta de Cristin. Ella observó, hipnotizada por el cansancio, cómo él la elevaba sobre sus hombros como si fuera una pluma. Al hacerlo, su remera de algodón premium se tensó, revelando por un segundo unos abdominales tan marcados que Cristin sintió que sus neuronas sobrevivientes hacían un brindis de despedida.
—Sube. Yo me encargo de esto —ordenó él.
Cristin obedeció, sintiéndose como un polizón en una nave espacial. Al abrir la puerta de la camioneta, el aroma a cuero nuevo y a ese perfume caro de Santoro la envolvió. El habitáculo era más grande que su propio departamento, más lujoso y, definitivamente, mucho más limpio.
Se sentó y observó por el espejo retrovisor cómo él acomodaba la bicicleta en la caja trasera. Cuando Santoro entró y cerró la puerta, el silencio fue absoluto. El aislamiento acústico era tal que Cristin sintió que el mundo exterior, con sus deudas, sus hermanos prófugos y sus heridos de bala, se había desvanecido.
—Bueno, ¿dónde te llevo? —preguntó él, encendiendo el motor con un rugido contenido.
Cristin tardó unos segundos en responder. Su cerebro estaba procesando la sinapsis a la velocidad de un módem de los noventa. Le dio las indicaciones, consciente de que cada cuadra que avanzaban la alejaba del glamour del hospital y la internaba en la "pocilga" que ella llamaba hogar.
A medida que se acercaban a su edificio descascarado, con ropa tendida en los balcones y grafitis en las persianas, Cristin sintió una punzada de vergüenza. Santoro, sin embargo, no hizo ningún comentario. Manejaba con una mano en el volante, luciendo como si estuviera en la Costa Azul en lugar de en el corazón del conurbano.
Cuando llegaron, ella intentó bajar rápido para evitar que él viera demasiado.
—Bueno, muchas gracias —dijo, abriendo la puerta.
Pero Santoro fue más rápido. Bajó, sacó la bicicleta de la caja y la dejó en la vereda, pero no soltó el manubrio. Se quedó allí, sosteniéndola, mientras la miraba a los ojos con una intensidad que hizo que a Cristin se le olvidara cómo respirar.
—No es nada —dijo él, su voz perdiendo parte de su filo habitual—. Siempre me gusta ayudar a los que están en apuros... incluso a los que son demasiado testarudos para pedirlo.
Cristin extendió la mano para recuperar su bicicleta, pero sus dedos rozaron los de él sobre el metal frío. Fue un contacto breve, una chispa eléctrica en medio de la miseria del barrio, que le recordó que, aunque vivieran en mundos distintos, en ese momento, bajo el sol de la mañana, la distancia entre el instructor y la residente se había acortado peligrosamente.
—Mañana a las cinco, Flores —le recordó él antes de soltar la bicicleta—. No me hagas arrepentirme de este viaje.
Él subió a su tanque de lujo y se alejó, dejando a Cristin en la vereda, con una bicicleta rota, un pasado que la acechaba y un jefe que, por primera vez, se sentía como un hombre. Un hombre muy guapo, muy molesto y terriblemente necesario.



#5094 en Novela romántica
#1678 en Otros
#555 en Humor

En el texto hay: amor, venganza amor muerte, amor humor

Editado: 11.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.