Hospital Central

Capitulo 6: Delirio

El amanecer en el Hospital Central tenía un color gris asfalto, un tono que combinaba perfectamente con las ojeras de Cristin Flores. Apenas eran las cinco de la mañana, la hora señalada para su "audiencia" privada con el Dr. Santoro.

Pensaba a quien se le ocurre una audiencia un dia no laborable , y menos a las 5 de la mañana. Mientras caminaba por los pasillos semivacíos, el eco de sus propios pasos le devolvía una sensación de inquietud que no lograba sacudirse. No era solo el miedo a la expulsión, ni el recuerdo de las amenazas de "Pasta"; era una punzada en la nuca, esa certeza animal de que alguien, oculto tras las columnas de mármol descascarado o en el reflejo de las ventanas de los laboratorios, la estaba observando.
Se detuvo en seco frente a la máquina de café. Giró la cabeza rápidamente, pero solo vio una camilla vacía y el parpadeo errático de un tubo fluorescente.
—Estás paranoica, Flores —se susurró a sí misma, aunque su mano tembló ligeramente al tomar el vaso de plástico—. Es el cansancio. O la culpa. O el hecho de que tu familia es un nido de víboras.
Al llegar a la oficina de Santoro, lo encontró sentado tras su escritorio de roble, rodeado de libros de anatomía que costaban más que el alquiler de la pocilga que llamaba hogar. Él no levantó la vista de inmediato. Estaba anotando algo con una pluma estilográfica, luciendo tan impecable que Cristin se preguntó si el hombre dormía en una cámara criogénica para no arrugarse el ambo.
—Llega dos minutos tarde, Flores —dijo él, finalmente clavando esos ojos azules en ella.
—Tuve un contratiempo con la realidad, doctor. Pasa seguido —respondió ella, dejándose caer en la silla frente a él sin esperar invitación.
Santoro suspiró, cerrando su carpeta con una elegancia que a Cristin le daban ganas de gritar.
—Ayer demostró capacidad técnica, no se lo voy a negar. Pero ser un "buen médico" no es solo saber dónde cortar. Es la integridad, la disciplina, el respeto por la institución. Usted camina por estos pasillos como si las reglas fueran sugerencias opcionales.
—Las reglas no salvan pacientes desangrándose, doctor. La acción sí.
—La acción sin orden es caos —replicó él, levantándose para caminar alrededor del escritorio—. Un cirujano debe ser un templo de orden. Usted, en cambio, es un torbellino de... desorden habitacional y secretos de barrio.
Mientras Santoro se lanzaba en un monólogo sobre la ética médica y la importancia de la pulcritud —una retórica que Cristin ya se sabía de memoria— el hambre empezó a hacer estragos en el estómago de la residente, era demasiado temprano y ni siquiera habia podido desayunar. Sobre el escritorio de Santoro, junto a unas radiografías, había un pequeño bol de plástico cubierto con un film transparente. En su interior se veía algo parecido a un guiso casero, espeso y de un color amarronado sospechoso.
Cristin recordó de inmediato ese bol. Pertenecía al Sr. Domínguez, un paciente que debía entrar a cirugía de vesícula esa mañana y que, en un acto de rebeldía culinaria, su familia había metido de contrabando. Ella se lo había confiscado en la guardia, advirtiéndole que el ayuno era sagrado. No recordaba donde lo había dejado hasta que lo vio descansando en el escritorio del jefe..
Santoro seguía hablando, gesticulando con esas manos de pianista que Cristin no podía dejar de mirar.
—... porque la medicina es una vocación de sacrificio, Flores. Uno debe cuidar su cuerpo, su mente y su... —se detuvo frente al bol.
Cristin quiso advertirle. Quiso decirle que ese guiso llevaba tres días fuera de la heladera, viajando en el bolso de una tía del Sr. Domínguez y luego languideciendo bajo las luces de la guardia. Pero la arrogancia con la que él la miraba, esa suficiencia de quien se cree un dios de la salud, le selló los labios.
—¿Qué es esto? —preguntó Santoro, interrumpiendo su propio discurso sobre la nutrición del profesional—. ¿Su desayuno?
—Es... un aporte —balbuceó ella, aguantando la risa.
Santoro, que probablemente no había desayunado por su obsesión con la puntualidad, tomó una cuchara de plástico de su cajón.
—Ve, Flores. Esto es lo que le falta. Preparación. Usted trae comida casera al trabajo, lo cual es loable, pero lo deja aquí, sin etiqueta, sin orden. Un buen médico... —introdujo una generosa cucharada en su boca— ...debe ser meticuloso en cada aspecto.
Cristin observó, hipnotizada, cómo Santoro masticaba. Por un segundo, la expresión del cirujano fue de desconcierto. Luego, sus ojos se abrieron como platos. Un matiz verdoso empezó a trepar por su cuello, compitiendo con el azul de su ambo.
—Sabe... extraño —logró decir él, tragando con dificultad.
—Es una receta familiar, doctor. Muy... tradicional —respondió Cristin, apretando los labios para no estallar en una carcajada—. Se llama "Guiso de la Venganza del Ayuno"— Pensó, el Sr. Domínguez juró que era una bomba.
Santoro dejó caer la cuchara. Se llevó una mano al estómago, y su postura de "Adonis del Quirófano" se desmoronó más rápido que un castillo de naipes en un huracán. Su rostro pasó del bronceado perfecto a un blanco sepulcral.
—Flores... yo... —su voz salió en un hilo—. Retírese. Ahora.
—Pero doctor, ¿no terminamos con la retórica del buen médico? Me estaba gustando la parte de la integridad del sistema digestivo.
—¡Fuera! —rugió él, justo antes de salir disparado hacia el baño privado de su oficina. El sonido de la puerta cerrándose y las posteriores arcadas confirmaron que, una vez más, el destino (y las bacterias del Sr. Domínguez) habían puesto a Santoro en su lugar.
Cristin salió de la oficina sintiéndose extrañamente ligera, aunque la sensación de ser observada persistía. Decidió que era hora de irse antes de que Santoro saliera del baño con una orden de arresto o algo peor. Bajó por las escaleras de servicio, evitando el ascensor, y salió al estacionamiento trasero, donde la luz del sol ya empezaba a calentar el pavimento.
Caminó hacia la parada del colectivo, arrastrando su cansancio. El estacionamiento estaba casi desierto, salvo por un par de ambulancias y el auto reluciente de Santoro. Fue entonces cuando el vello de sus brazos se erizó.
—Sé que estás ahí —dijo ella, deteniéndose en medio de la explanada de cemento—. Si sos uno de los cobradores de mi viejo, perdés el tiempo. No tengo la plata.
Un silencio pesado cayó sobre el lugar. De detrás de una de las columnas de hormigón, una figura empezó a emerger. No vestía como un delincuente común, ni como los matones que Pasta había descrito. Llevaba una campera oscura, la capucha levantada y un aura de peligro contenido que Cristin reconoció de inmediato en su ADN.
El hombre se detuvo a tres metros de ella. Lentamente, se bajó la capucha.
—¿Buscando la plata, hermanita? O buscando cómo escapar de mí —dijo la voz, una versión masculina y más áspera de la suya.
Cristin sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Era él. Su hermano, el niño con el que había compartido el miedo en aquel colchón sucio, ahora convertido en el hombre que la acechaba. Sus ojos eran idénticos a los de ella, pero carecían de cualquier rastro de piedad.
—¿Matías? —susurró ella, retrocediendo un paso.
—El mismo. El viejo dice que tenés lo que es mío, Cristin. Y yo no soy tan paciente como tu Jefe ni tan idiota como Pasta.
En ese momento, Cristin comprendió que su jefe intoxicado en el baño era el menor de sus problemas. La guerra ya no estaba en los pasillos del hospital; estaba frente a ella, con el rostro de su propia sangre y la promesa de una deuda que ella nunca contrajo, pero que estaba destinada a pagar. El suspenso se volvió un nudo ciego en su garganta mientras Matías daba un paso hacia ella, cerrando la distancia entre el pasado que intentaba olvidar y el presente que amenazaba con devorarla.



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Editado: 11.04.2026

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