Hospital Central

Capitulo 7: El héroe de las nauseas

El aire en el estacionamiento del Hospital Central se volvió denso, cargado con el olor a ozono de las tormentas inminentes y el rancio aroma de la traición. Cristin sentía que el suelo bajo sus pies, ese concreto sólido que representaba su vida profesional, se transformaba en el barro movedizo de su infancia.
Frente a ella, Matías no era solo un hombre; era un fantasma corporizado, una versión distorsionada de sí misma que se había quedado atrapada en el ciclo de violencia del que ella creía haber escapado. Su padre, ese arquitecto de la miseria, no solo les había heredado deudas y enemigos; había sembrado cizaña en el espíritu de su hermano, convenciéndolo de que Cristin, la "estudiada", la "doctorcita", se había llevado el botín familiar para costearse una vida de lujos entre batas blancas.
—Matías, escúchame —dijo Cristin, intentando que su voz de médica, esa que calmaba a pacientes en shock, no temblara—. El viejo te mintió. Siempre lo hizo. Nos usó de escudo a los dos, y ahora te está usando de perro de caza.
Matías soltó una carcajada seca, carente de humor. Dio un paso más, invadiendo el círculo de seguridad de su hermana.
—El viejo está en una celda de dos por dos porque alguien no supo callarse, Cristin. Y vos desapareciste el mismo día del operativo. ¿Con qué pagaste esta carrera? ¿Con qué compraste ese estetoscopio que llevas al cuello? No me vengas con el cuento del esfuerzo. En nuestra familia, el esfuerzo es para los giles.
—¡Lo pagué con guardias de treinta y seis horas! ¡Con becas y con hambre! —gritó ella, señalando el edificio del hospital—. No hay ningún dinero, Matías. Si lo tuviera, ¿crees que viviría en esa pocilga? ¿Crees que andaría en una bicicleta doblada?
Matías dudó un segundo. Sus ojos, idénticos a los de Cristin, recorrieron el ambo manchado de su hermana y su rostro demacrado. Pero el veneno de su padre era profundo. El viejo le había repetido mil veces que Cristin era "astuta", que sabía esconderse tras una fachada de santidad.
—Sos buena actuando, hermanita. Siempre lo fuiste. Pero la gente con la que yo me muevo no acepta devoluciones. O aparece la plata, o el "accidente" de tu bicicleta va a ser un juego de niños comparado con lo que viene.
De repente, la puerta de salida de emergencia del hospital se abrió con un estruendo. Por ella salió el Dr. Santoro, tambaleándose ligeramente, con el rostro aún de un color verde oliva que combinaba de forma desastrosa con sus ojos azules. Se sostenía el estómago con una mano mientras con la otra intentaba mantener la dignidad de su porte de jefe.
—¡Flores! —bramó Santoro, su voz saliendo con un esfuerzo sobrehumano—. Esa... esa "receta familiar" suya... es un arma biológica. Exijo una explicación... y una vía de solución... inmediata.
Santoro se detuvo al ver la escena. Su instinto de protección, mezclado con una paranoia gástrica galopante, lo hizo ponerse alerta. Miró a Matías, evaluando la campera oscura, la capucha caída y la postura de ataque.
—¿Quién es este hombre, Flores? ¿Un paciente insatisfecho? —preguntó Santoro, intentando enderezarse, aunque un retortijón evidente lo hizo encorvarse de nuevo.
Matías miró al cirujano con desprecio.
—¿Este es tu jefe, Cristin? Parece que le falta un hervor. O que se comió algo que no debía.
—Es mi hermano, doctor. Por favor, váyase. No está en condiciones de... de nada —suplicó Cristin, dividida entre el terror por Matías y la comedia absurda de ver a Santoro intoxicado.
Santoro, sin embargo, dio un paso al frente. El "buen médico" resurgió entre las náuseas.
—Si es su hermano, debería saber que la Dra. Flores está bajo mi supervisión. Y que cualquier... asunto personal que interrumpa su labor... —Santoro se detuvo, cerró los ojos con fuerza y tragó saliva—. Disculpen un segundo.
El jefe de cirugía se giró y vomitó discretamente tras un arbusto decorativo del estacionamiento. El momento de tensión dramática se rompió con el sonido más anti-romántico del mundo.
Matías aprovechó la distracción para acercarse al oído de Cristin.
—Tu protector es un payaso, Cristin. Tenés cuarenta y ocho horas. Si la plata no aparece, voy a entrar a ese hospital y voy a contarle a todo el mundo quién es realmente la Dra. Flores. Voy a destruir tu castillito de cristal. Y después... después vamos a hablar en serio.
Sin decir una palabra más, Matías se dio la vuelta y se perdió entre las sombras de los autos, moviéndose con la agilidad de quien nunca ha dejado la calle.
Cristin se quedó allí, inmóvil, mientras el sol finalmente bañaba el estacionamiento con una luz cruda. Santoro se acercó a ella, limpiándose la boca con un pañuelo de seda, luciendo genuinamente preocupado a pesar de su estado.
—Flores... ¿está bien? Ese hombre... no parecía venir a traerle flores, valga la redundancia.
Cristin lo miró. Santoro, el hombre que la volvía loca de rabia, el que se había comido el guiso podrido de un paciente por pura arrogancia, ahora la miraba con una humanidad que la desarmaba.
—Es solo... la familia, doctor. Ya sabe, todos tenemos nuestros "venenos" —respondió ella con una sonrisa triste—. Vaya a enfermería. Pida un antiemético. Y por favor... no vuelva a robarle la comida a los residentes. Es una regla de oro de la integridad médica.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida, dejando a Santoro desconcertado en medio del estacionamiento. Sabía que la tregua con Matías era corta. El veneno de su padre seguía fluyendo, y convencer a un fantasma de que no tienes el tesoro que busca es la cirugía más difícil que jamás tendría que realizar.



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En el texto hay: amor, venganza amor muerte, amor humor

Editado: 11.04.2026

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