Hospital Central

CApitulo 8: un poco de compasión

El estacionamiento del Hospital Central se había convertido en un escenario surrealista. Por un lado, la sombra amenazante de Matías se perdía entre los coches, dejando una estela de promesas rotas y deudas de sangre. Por otro, el imponente Dr. Santoro, el hombre que caminaba por los quirófanos como si el suelo fuera una alfombra roja puesta para él, estaba doblado a la mitad, sujetándose de un cantero con los nudillos blancos.
Cristin sintió que el mundo se detenía. La rabia que sentía por el acoso de su hermano fue desplazada por una punzada de culpa profesional. La broma del guiso de contrabando del Sr. Domínguez —un brebaje que llevaba más tiempo fermentándose que un experimento biológico— había escalado de una travesura de pasillo a una emergencia médica real.
Santoro intentó erguirse, pero su rostro ya no era blanco; tenía un matiz grisáceo que a Cristin, como médica, le encendió todas las alarmas. Sus ojos azules, usualmente frios y analíticos, estaban vidriosos y desenfocados.

Se acerco a él colgandolo de su cuerpo. No podía irse y dejarlo retorciendose apoyado en un cantero.
—Flores... —susurró él, y el hecho de que no usara su tono de barítono autoritario la asustó de verdad—. Creo que... el sistema digestivo... no está respetando la jerarquía.
—Dios mío, doctor. Está ardiendo en fiebre —dijo Cristin, acercándose y poniendo la palma de su mano en la frente de su jefe. La piel de Santoro quemaba—. No es solo una indigestión. Ese guiso debía tener una colonia de estafilococos planeando una invasión mundial.
—Puedo... caminar... —insistió él, dando un paso en falso que lo habría llevado directo al asfalto si Cristin no lo hubiera atajado.
El peso de Santoro cayó sobre ella. Era un hombre alto, de hombros anchos y fibra atlética, y Cristin tuvo que plantar bien los pies para no irse al suelo con él. El aroma de su perfume caro ahora se mezclaba con el olor acre del sudor de la enfermedad.
—Claro que sí, Adonis. Y yo soy la jefa de cirugía —ironizó ella, pasando el brazo de él sobre sus hombros—. Necesita una vía, hidratación y antibióticos endovenosos ahora mismo. Si lo dejo así, va a terminar con una deshidratación severa en menos de una hora.
—No... a la guardia no —balbuceó él, con el orgullo todavía dando coletazos—. El Dr. Escalante... se va a burlar... de mi diagnóstico de "intoxicación por comida de contrabando". Sería el fin... de mi reputación.
Cristin suspiró, arrastrándolo pesadamente hacia la entrada lateral de enfermería, lejos de las miradas curiosas de la guardia principal.
—Su reputación me importa bastante menos que su riñón derecho, doctor. Así que cállese y camine. Considerelo una orden de su "capaz" residente.
Mientras lo ayudaba a avanzar, Cristin miró por encima del hombro hacia la oscuridad donde había desaparecido su hermano. La dicotomía de su vida era casi insoportable: en una mano sostenía al hombre que representaba su futuro y su redención profesional, y en la otra cargaba con el peso de una familia criminal que no la dejaría en paz hasta verla caer.

Cristin se detuvo en seco en medio del pasillo técnico, con el peso muerto de Santoro colgando de su hombro como un piano de cola envuelto en seda. Un pensamiento helado le recorrió la nuca, compitiendo con el terror que le había dejado el encuentro con Matías: el orgullo de Ezequiel Santoro era más peligroso que una sepsis.
Si lo metía por la puerta principal de la guardia, el espectáculo sería dantesco. El "Adonis del Quirófano", el hombre que levitaba sobre los mortales con su estetoscopio de titanio, entrando a rastras, pálido y con náuseas por culpa de un guiso clandestino. Mañana, la anécdota recorrería el hospital más rápido que un brote de gripe. Escalante haría chistes en el buffet, las enfermeras se reirían por lo bajo y, lo peor de todo, él nunca se lo perdonaría. Santoro, herido en su ego, era mas peligroso que todo su pasado criminal. En cuanto recuperara el color y la hidratación, se encargaría de que la vida de Cristin fuera un infierno burocrático. La culparía de intento de homicidio culinario o, peor aún, de negligencia por no haberlo "detenido" a tiempo.
—No, no, no... a la guardia oficial ni loca —susurró Cristin, cambiando el rumbo hacia el área de depósitos y vestuarios médicos—. Si te ven así, me crucificas antes de que termine el suero.
—Flores... —balbuceó él, con los ojos entreabiertos y la frente perlada de un sudor que ya rozaba lo alarmante—. ¿A dónde... vamos? Siento que el pasillo se mueve... como un barco.

Llevarlo de vuelta al hospital era un suicidio profesional, y dejarlo en un box clandestino era arriesgarse a que una enfermera chismosa lo encontrara babeando sobre una camilla de depósito. Cristin tomó una decisión que desafiaba toda lógica académica pero obedecía a su instinto de supervivencia: lo llevaría a su territorio.
Con un esfuerzo hercúleo, y rezando para que el vigilante de la salida estuviera más concentrado en su sándwich que en las cámaras, Cristin ayudó a Santoro a subir a la inmensa camioneta negra. Él apenas era consciente de sus movimientos; el "Adonis" ahora era un fardo de músculos lánguidos y quejidos apagados.
—Aguante, doctor. Vamos a mi "clínica privada" —masculló ella mientras arrancaba el motor.

Manejar ese tanque de lujo por las calles bacheadas de su barrio fue toda una experiencia, pero finalmente estacionó frente a su edificio.
El departamento de Cristin era pequeño, olía a café viejo y a libros de medicina usados, pero tenía un rincón que era su verdadero tesoro: un armario metálico con llave donde guardaba el "botín" del hospital. Durante meses, Cristin había recolectado sachet de suero, guantes, guías de suero y ampollas de antieméticos que daban por "perdidos" en los inventarios.
Era su negocio paralelo. En un barrio donde la ley se ausentaba y el alcohol abundaba, Cristin se había ganado una reputación silenciosa. Los vecinos acudían a ella los domingos por la mañana, arrastrando resacas monumentales, buscando la "magia endovenosa" que los devolviera a la vida por unos cuantos billetes. Ese dinero extra era lo que mantenía su bicicleta funcionando y sus apuntes al día.
—Bueno, jefe, bienvenido al bajo mundo —dijo Cristin mientras arrastraba a Santoro hasta su cama, la única superficie plana y digna del lugar.
Él se desplomó sobre las sábanas de algodón gastado. Su presencia allí era casi insultante; un hombre que vestía trajes de tres piezas y operaba con tecnología láser, ahora yacía en un ambiente donde el cuadro más caro era un calendario de una farmacia local.
Cristin se movió con una eficiencia que ni el mismo Santoro podría haber criticado. Colgó el sachet de Ringer Lactato de un clavo en la pared que normalmente sostenía un espejo roto.
—Esto le va a doler un poco más que a mis vecinos borrachos, porque usted tiene la sangre más espesa por la deshidratación —le advirtió ella mientras buscaba la vena.
—Flores... ¿dónde... estamos? —preguntó él con voz pastosa, abriendo los ojos y topándose con un póster de anatomía pegado con cinta adhesiva—. Esto no es... el Central.
—Es el "Centro Médico Cristin", doctor. Shhh. Menos charla y más hidratación.
Pinchó con maestría. Al conectar la vía, Santoro soltó un suspiro de alivio casi erótico cuando el líquido frío empezó a diluir las toxinas del guiso del Sr. Domínguez. Cristin le inyectó una combinación de protector gástrico y un potente antiemético.
—En una hora va a empezar a sentirse humano de nuevo. Por ahora, duerma.
Mientras el suero goteaba rítmicamente, Cristin se sentó en el suelo, apoyada contra la pared, vigilando a su paciente. El contraste era absoluto: Santoro, el hombre de la élite, ocupando su humilde cama, mientras afuera el barrio empezaba a despertar con el sonido de motores viejos y gritos de vendedores ambulantes.
De repente, un movimiento en la calle la hizo ponerse alerta. Se asomó por la rendija de la cortina deshilachada. Un auto oscuro estaba estacionado en la esquina, con el motor encendido. No era un auto de vecino. Cristin sintió un escalofrío: Matías. Su hermano no iba a esperar las cuarenta y ocho horas sentado en su casa. Estaba allí, marcando el territorio, recordándole que no importaba cuántas vidas salvara o a cuántos jefes de cirugía atendiera, ella seguía siendo la hija del hombre que les debía una fortuna a los fantasmas.
Miró a Santoro, que ahora dormía con una expresión más relajada, ajeno a que estaba en el epicentro de una guerra familiar. Cristin acarició el mango de su estetoscopio, sintiendo el peso de su doble vida. Tenía al médico más brillante del país en su cama y al delincuente más peligroso de su pasado en su puerta.
—Si sobrevivimos a esto, doctor —susurró para sí misma—, juro que le pido un aumento. O que me deje de gritar por llegar tarde.
El goteo del suero seguía marcando el paso del tiempo, un tiempo que se agotaba para ambos por razones muy distintas. El "Guiso de la Venganza" era solo el comienzo de una intoxicación mucho más profunda que estaba por estallar.



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En el texto hay: amor, venganza amor muerte, amor humor

Editado: 11.04.2026

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