El reflejo de la luna parecía bailar sobre el mar, al compás de esa música ensoñadora que le llegaba por ráfagas, traída por un viento perfumado de jazmines y olor a brisa de mar. Sola, en la mitad del inmenso balcón, Matilde se consolaba pensando que estaba en la suite de un hotel del caribe y vivía uno de sus grandes sueños románticos. Pero no era cierto. Sabía que, a unos cuantos metros, las parejas bailaban felices y celebraban el fin de año, mientras que ella seguía condenada en su jaula de oro. «¡Es un crimen!» le gritaban sus diecisiete años que se morían por bailar, «no puedo seguir encerrada, no es justo», se dijo, vistiéndose a la carrera y en silencio después de entrar de nuevo a la habitación. Cuando agarró los zapatos, uno de los tacones golpeó el borde de una silla. Se quedó muy quieta y miró hacia una de las camas. Suspiró aliviada al ver que su tía seguía roncando, después se dirigió en puntillas hacia la puerta, con los zapatos en la mano. La abrió y dudó por un momento. ¿Y si Conchita no había tomado sus somníferos como todas las noches? Si llegaba a despertarse antes de que volviera, sería una catástrofe; era consciente de que todo podía empeorar, de que el encierro en el hotel, a pesar de ser un castigo insoportable, no era ni de lejos lo peor que le podría pasar. «¡Ay hija, ¿por qué siempre tienes que andar buscándote problemas?!», pensó mientras cerraba la puerta con cuidado y luego, acomodándose el pelo, caminó decidida hacia donde se escuchaba la música.
A un costado de la espectacular piscina rodeada de palmeras iluminadas con luces de colores, vio una Big Band, como las de las películas. Los músicos, enfundados en sus esmóquines blancos, ponían a bailar a las parejas que se dejaban llevar por la sensualidad que traía la cercanía del mar. Era un cuadro de ensueño y Matilde se quedó hechizada con el ondular de las amplias faldas de los vestidos de reloj de arena y las cinturas de avispa de las mujeres. El rojo de los labiales de ellas se mezclaba con el brillo de la gomina de los peinados perfectos de ellos y el olor a Channel 5 y L’Air du temps le llegaba a raudales. Era la fiesta en la que siempre soñó estar y no pensaba perdérsela. Cuando intentó mezclarse entre los invitados, lo descubrió bebiendo una copa de champán y tuvo que devolverse hacia los arbustos. Se regañó por ser tan idiota de no calcular que él estaría allí. Era el gerente del hotel, era la fiesta de fin de año, la crema y nata de la ciudad celebraba, por supuesto que no iba a faltar. ¡Maldita sea, con las ganas que tenía de bailar! Pero no se movió de su sitio. «¡Matilde, no tienes arreglo!», le pareció oír la voz de su madre, riñéndole como siempre, a pesar de los ocho mil kilómetros que las separaban. Sí, mamá, tienes razón, y por eso se quedó en su sitio, sin la menor intención de irse.
En el otro extremo, Maximiliano apuró de un trago su copa y caminó decidido hacia la tarima de la orquesta. Su figura destacaba por encima de la multitud. A pesar de que ya estaba en la mitad de sus cuarentas mantenía un aire juvenil que a él le gustaba resaltar con sus trajes cortados a la medida; por algo tenía fama de ser uno de los hombres más elegantes de la ciudad. Cuando llegó a unos pasos del maestro Contreras se detuvo y esperó paciente a que terminara la pieza que este dirigía con virtuosismo, marcando el ritmo con la preciosa batuta de marfil con puntera de oro que el propio Maximiliano le regaló cuando lo contrató para dirigir la orquesta del Perla Celeste.
—Maestro, necesito que en la próxima tanda me haga el favor que le pedí —dijo Maximiliano con autoridad después de que Contreras agradeciera los aplausos que marcaron el final de la primera presentación de la noche de la orquesta.
—Max, querido, creo que fui lo bastante claro contigo —dijo el maestro con voz untuosa y se secó con su pañuelo la amplia frente que le dejaba al descubierto su incipiente calvicie; que todavía guardaba la esperanza de ocultar con los cuatro mechones que le quedaban—. Mientras yo sea el director de esta orquesta y los socios me respalden, jamás, ¿me entiendes?, jamás se tocará esa «música de negros» en las fiestas del hotel.
Luego, muy digno, fue hacia la mesa que tenía reservada para los intermedios, sin darle a Maximiliano la oportunidad de replicar. ¡Música de negros!, repitió Maximiliano para sus adentros, furioso. Odiaba ese prejuicio tan extendido entre las élites cartageneras de considerar los ritmos tropicales como música no digna de los grandes salones, que era justo a donde él la quería llevar. Desde que tuvo la idea de construir el hotel juró que en sus fiestas se tocarían rumbas, chachachás, mambos, cumbias y guarachas, como lo había visto en los hoteles de La Habana, que fueron su inspiración.
Pero ya arreglaría después las cuentas con el pretencioso de Contreras, ahora debía ver cómo se salía con la suya. Como siempre. Fue resuelto hacia la cabina de sonido, donde Jaimito, el viejo mulato encargado de la parte técnica, amenizaba el intermedio con temas de Big Bands norteamericanas, para no desentonar.
—Jaimito quita eso —dijo Maximiliano.
—¿Qué pasó, don Máximo? —replicó Jaimito, asustado—. ¿Tiene algo malo la canción?
—Nada. No te preocupes. Pero ahora quiero que pongas uno de los discos que mandé traer de Cuba, ¿te acuerdas? Algo de Celia Cruz, o de la Sonora Matancera. —Lo pensó un momento y agregó mientras los ojos le brillaban con picardía—: Pon un mambo de Pérez Prado, el más movido que se te ocurra.
Jaimito parpadeó, desconcertado.
—Señor, usted sabe que… —intentó replicar.
—¡Ponlo, yo asumo las consecuencias!