Después de dejar el hotel, Matilde caminó por una amplia avenida bordeada de palmeras. Al fondo se alcanzaban a ver las portentosas murallas recortadas a la luz de la luna, con sus baluartes imponentes que de inmediato la transportaron a otro tiempo lleno de magia y de leyenda. Cartagena de Indias… ¡Qué lejos estaba de casa!, pensó. En este momento, en Madrid, ya debería estar amaneciendo y cayó en la cuenta de que, por primera vez en su vida, no había seguido la tradición de ir todos los años con su familia a La Puerta de Sol, a despedir el año viejo junto al oso y el madroño.
La gente pasaba cantando y bebiendo mientras reían. En el cielo estallaban luces de colores y se sentía por todos lados un ambiente de carnaval que la animó de inmediato. En una esquina vio a un grupo de muchachos descalzos, en bermudas y muchos sin camisa, que iban a prenderle fuego a un monigote relleno de aserrín. El espantajo, que pretendía tener forma humana, vestía ropa vieja. Le habían encasquetado un sombrero de paja en lo que parecía ser la cabeza y tenía colgado del pecho un cartel pintado a mano con trazos fuertes donde sólo se leía: 1957. El muñeco estaba sentado en una silla destartalada; a su lado, un hombre vestido de mujer fingía llorar dando alaridos y quejándose porque pronto quedaría “viuda”.
Intrigada, Matilde se acercó a uno de los muchachos, y le preguntó divertida.
—¿Pero qué hacéis?
—Vamos a quemar el año viejo, seño —respondió el chico. Como vio que ella no entendió y dedujo por su acento que era extranjera, se apresuró a aclarar—. Para que se vaya todo lo malo de este año y empezar felices el que llega.
En ese momento, un estallido la sobresaltó. Otro de los chicos había encendido el muñeco con una antorcha improvisada y de este comenzaron a salir chispas y voladores silbando, mientras que los volcanes de colores con los que habían rellenado sus entrañas reventaban festivos. De inmediato, Matilde y los muchachos corrieron a apartarse entre risas, huyendo de la pólvora que explotaba. Ella se sintió entonces como cuando era niña e iba a las fiestas y comenzó a reír sola y emocionada, porque experimentó algo que hacía muchos meses tenía relegado: felicidad. Por eso decidió que esta noche iba a olvidarse de lo ocurrido, de cómo su vida se había transformado de un momento a otro y todas las certezas que tuvo alguna vez se esfumaron en un instante. «A disfrutar, Mati», se dijo, «vamos a gozar porque está a punto de empezar el mejor año de tu vida, mujer».
Se quedó unos momentos más para mirar arder el Año Viejo. Luego descubrió que al otro lado de la calle estaba la playa. Se oía música en directo y unas siluetas bailaban alrededor de una fogata. Decidió que allá era donde quería estar, que esa era la fiesta que buscaba desde que escapó de la habitación.
Cruzó la avenida, mientras se acercaba podía ver con más claridad el grupo alrededor del fuego. Lo primero que le llamó la atención fue él. Después, no pudo quitarle los ojos de encima, era de esos hombres que no pasaban desapercibidos. Vestía solo una camiseta esqueleto que dejaba al descubierto sus brazos firmes y unas bermudas que se pegaban sugerentes a sus muslos. Su piel, tostada por el sol, tenía un hermoso tono que se hacía más cálido con la luz de la hoguera. Su pecho, amplio y bien definido, se expandía todavía más cuando soplaba el saxofón, cuyas teclas acariciaba con destreza con sus manos grandes pero de dedos hermosos y delicados.
¡Qué-espec-táculo-de-hombre!, pensó Matilde, y por la mirada embelesada de las demás mujeres que lo rodeaban, se dio cuenta de que ellas opinaban lo mismo. Tu madre tiene razón, eres de lo peor. ¿Cómo puedes estar derritiéndote por un tipo ahora? Pero si los ojos son para ver y mirar no es pecado, así su confesor, el padre Cayetano, se empeñara en contradecirla siempre. Como sea, que con admirarlo no le hacía mal a nadie, y si tocaba arrepentirse después, se rezaba un par de padrenuestros y ya está. Pero entonces descubrió que él tampoco apartaba sus ojos de ella, y se azoró toda porque sintió como si la hubieran pillado en una falta.
El hombre terminó el tema con un solo prodigioso, luego recibió con modestia los aplausos de la gente, pero ni por un momento dejó de mirarla. Entonces, cuando él le sonrió, mostrando sus dientes perfectos que resplandecían en su rostro bronceado, Matilde creyó que se había quedado sin piernas, y por ahí derecho sin cuerpo también y que en cualquier momento se vería reducida a un montoncito de polvo que se llevaría el viento. ¡Las tonterías que te pones a pensar, hija!, se dijo. Eres una cursi y por eso es que siempre metes la pata. Y se dio cuenta de que justo eso era lo que hacía, porque él le hablaba y le hablaba, pero ella no lograba entender nada de lo que decía. Por eso solamente pudo balbucir, atolondrada:
—¿Qué?
—Qué quieres que te toque —dijo él, sonriéndole de nuevo.
¿A mí? ¡A mí tócame todo, guapo! Pero Matilde ponte seria, por Dios. Que además, con la cara que debes tener en este momento, no solo va a creer que eres una idiota, sino que seguro se está dando cuenta de las cochinadas que estás pensando. Se recompuso como pudo y dijo con la voz más templada que pudo sacar y con el acento más duro y seco de su cerrera estirpe castellana:
—Pues toca lo que te apetezca, chaval, que ya me dirás tú si estoy yo para saber qué canciones te sabes.
—Ah, española —dijo él y a Matilde, por el tono en que lo pronunció, le sonó como si la hubiera llamado con el nombre de una diosa—. Entonces esto va para ti.