Hotel pasión

Capítulo 3 CANDELARIA

—¡Miserable, ladrón, aprovechado! —gritó Candelaria y se lanzó sobre el hombrecito, que no pudo esquivarla.

Los casi uno ochenta y los 67 kilos de la muchacha hicieron estragos en la enclenque humanidad del abogaducho. Era como si una tromba de ébano embistiera un papalote. Los curiosos, arremolinados alrededor de la pareja, disfrutaban el espectáculo y la animaban a los gritos. Pero Petra, a pesar de su gordura, corrió aterrada a tratar de separarlos.

—¡Mija, no más, déjalo ya! —dijo mientras intentaba agarrarla de donde pudiera del floreado vestido de colores encendidos—. Suéltalo, no empeores las cosas.

Pero Candelaria no la escuchaba. Estaba furiosa. No era justo lo que le iban a hacer a su mamá, no podían quedarse con su restaurante, con el negocio al que le había dedicado casi toda su vida. Era cierto que lo odiaba con el alma desde que era una niña, que siempre deseó que desapareciera para no tener que pasarse allí los días enteros atendiendo las mesas, barriendo el local, lavando platos y oliendo a pescado y a fritura, pero otra cosa era permitir que este agiotista se fuera a quedar con él, con lo único que tenía su pobre vieja. Y todo por culpa del caradura de su hermano, por la deuda que contrajo su mamá para tratar de sacarlo de la cárcel.

Los curiosos seguían con su gritería. Por un momento, la rutina del mercado de Getsemaní se rompió con el incidente. De los puestos cercanos a la pequeña enramada, que era el restaurante de Petra, llegaban cada vez más chismosos atraídos por el escándalo. Era casi mediodía y hacía un calor insoportable que acrecentaba el olor a marisco que caracterizaba al mercado. El bullicio aumentaba, mientras los cuerpos se revolcaban en la tierra. Entonces, en medio de la pelea, Candelaria sintió que la halaban con fuerza, luego se vio sujetada entre un par de policías.

—¡Suéltenme, carajo! —les gritó mientras se revolvía con ganas de tirársele encima de nuevo al tinterillo.

—Señorita, cálmese o nos la llevamos detenida —dijo uno de los policías.

El hombrecito, que había corrido a ponerse a una distancia segura, se quejó:

—Encierren esa loca —y trató de arreglarse lo mejor que pudo el terno de lino carmelita, para recuperar algo de su maltrecha dignidad—. Juro que la voy a denunciar por agresión y lesiones personales. Esto le va a salir muy caro.

De inmediato, Petra se paró en frente de él y comenzó a gimotear.

—Doctor Mendoza se lo suplico —dijo—, no perjudique a mi niña.

—Su niña casi me mata y va a pagar por eso —replicó el otro, altanero.

—No, por favor, por lo que más quiera. Mire, yo le firmo ya esos papeles y olvidémonos de todo. ¿Le parece?

El abogado, como sabía que controlaba la situación, asumió una actitud despótica.

—Ahora sí queremos colaborar, ¿no? —dijo—. Pero bueno, para que no diga que soy rencoroso, cédame también el resto del menaje que no se incluyó en el embargo y quedamos a mano.

—Sí, sí, le firmo lo que quiera.

—No mamá, no haga eso —dijo Candelaria que seguía retenida por los policías—. No deje que este infeliz se aproveche todavía más de nosotras.

—Cállate mija, déjame arreglar esto a mí —dijo Petra y luego encaró a Mendoza—. ¿Dónde le firmo?

El filipichín comenzó a buscar en su cartera de cuero con una sonrisa de satisfacción que no se molestó en ocultar. Pero entonces se escuchó una voz fuerte y autoritaria que se elevó por encima del barullo del mercado.

—Petra, tú no vas a firmar nada.

De inmediato la muchedumbre giró a mirar al recién llegado. Maximiliano avanzó determinado por en medio del callejón que le abrieron los curiosos. En Getsemaní nadie ignoraba quién era y hasta dónde había llegado. Por eso, el respeto que infundía era tan grande como el que podía tener Clavijo, el matón que con su banda de malhechores controlaba el mercado. Y, por esa misma razón, el leguleyo de Mendoza comenzó a temblar cuando Maximiliano se paró frente a él.

—¿Cuánto le debe la señora? —le dijo—. Deme la cifra, que yo se la pago.

Mientras recogía el par de calderos que pertenecieron a su abuela, que fue lo único que quiso llevarse, Petra se detuvo a mirar la vieja cocina renegrida de hollín. Allí había vivido los momentos más felices de su vida y ahora iba a abandonarla, quizá para siempre.

—No tienes por qué hacerlo —dijo Maximiliano desde la puerta—. De verdad. La deuda quedó saldada, el restaurante sigue siendo tuyo.

—Ahora la tengo contigo —dijo Petra—, y te la voy a pagar haciendo lo que me pediste. ¿No es lo que necesitas?

—Sí. Pero tú sabes que no lo hice por eso. Además, a ti te debo mucho más.

—No digas bobadas.

—Nunca olvidaré que fuiste tú la que no dejó que me muriera de hambre cuando quedé huérfano.

—No comiences ahora con tus cuentos viejos. El pasado siempre es mejor dejarlo atrás. —La mujer miró alrededor y frunció los labios —. Ahora esto es pasado —concluyó lapidaria.

Luego Petra fue hasta donde estaba Maximiliano, se detuvo a su lado, lo miró fijo y dijo con ese tono de madre preocupada con el que siempre lo regañó cuando hacía travesuras:




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