Hotel pasión

Capítulo 4 ALFREDO

Alfredo no pudo dejar de sentirse impresionado cuando vio los guantes blancos y el quepis de visera charolada del elegante portero de uniforme impecable que le abrió la puerta del taxi. La sensación de un lujo al que nunca había accedido tan de cerca en su vida, lo apabulló tanto como la imponente mole de los cinco pisos y las dos torres de una blancura deslumbrante del Perla Celeste. Era precioso, y todavía no podía creer que fuera a trabajar allí. Porque ni en sus sueños más atrevidos imaginó que el hijo de un modesto empleado público de clase media sería el nuevo asistente de gerencia del hotel. Era su primer empleo y lo había conseguido apenas un par de semanas después de graduarse de contador en la Universidad del Caribe. Eso sí, con honores. Pero pensó de inmediato en que, si lo descubrían, este podría ser el fracaso más grande de su vida y el estómago se le volvió una piedra dura y pesada que le cortó la respiración mientras entraba.

Cruzó la hermosa puerta de cedro, cristal y bronce, y se vio en medio del lujoso recibidor. Quedó deslumbrado con los pisos de mármol, las filas de columnas que hacían todavía más formidable la estancia y la gigantesca araña de cristal que dominaba el techo con sus cientos de colgantes de vidrio de plomo de Bacará. Entonces, antes de anunciarse en el mostrador de recepción, lo invadió una sensación de cobardía. Se preguntó si sería capaz de cumplir la misión para la que lo contrataron. Pero ya no podía arrepentirse, su familia dependía de él; por la enfermedad, su padre no pudo volver a trabajar, las deudas se acumulaban y era posible que perdieran la casa, el único patrimonio que tenían. Además, estaban sus planes con Adela, los sueños que forjaron juntos. No, debía seguir adelante, pasara lo que pasara.

—Soy Alfredo Cuadros —se anunció—. El señor Márquez me espera.

Después de comunicarse por el moderno teléfono que tenía a su lado, el recepcionista le dijo:

—Don Maximiliano le pide que por favor lo espere un momento, ya viene a encontrarse con usted.

Alfredo quedó desconcertado, imaginaba que sería a él a quien llevarían ante su nuevo jefe. Pero se limitó a asentir y se retiró a un costado. Entonces la vio en frente suyo, también en actitud de espera. Lo primero que le llamó la atención, porque estaba de espaldas, fue lo alta que era. Quizá tendría su misma estatura, y él era un hombre espigado. Pero, cuando se giró y pudo verle el rostro, la impresión fue todavía más fuerte de la que le produjo el Perla Celeste. Sus rasgos exóticos, los pómulos sobresalientes, la boca carnosa, pero sobre todo los ojos, grandes y ovalados, formaban un conjunto inigualable.

Sin embargo, a pesar de lo hermosa que era y de la altivez que mostraba, Alfredo pensó de inmediato que no era una huésped del hotel. Su ropa la delataba. Pero, sobre todo, el color de su piel. Alfredo entonces se sintió mal por prejuicioso. A pesar de que siempre se rebeló contra esos estereotipos racistas y clasistas con los que lo lastró la crianza que le dio su familia, debía reconocer que no había podido librarse del todo de ellos. «¿Por qué en esta ciudad la gente siempre era considerada de un estrato inferior por su color de piel?», se lamentó. Y como lo abochornaba su pensamiento clasista, le sonrió cuando ella lo miró. Por alguna estúpida razón creyó que era una forma de congraciarse con la mujer. Un instante después se dio cuenta de que había sido un atrevimiento de su parte, un gesto descarado que nunca se habría aventurado a hacerle a una desconocida, y se sintió peor. Pero ella no pareció tomárselo mal, y para su sorpresa le devolvió la sonrisa.

De repente, la expresión de la mujer cambió. Alfredo pudo notar la confusión que mostraba su rostro. Por unos momentos la situación se volvió incómoda, ninguno de los dos sabía qué hacer, cómo portarse, hasta que ella balbuceó, nerviosa.

—Perdón. Lo siento, no crea que soy una confianzuda que…

—No, al contrario —dijo él atropelladamente—, perdóneme usted, fui un atrevido. No quería molestarla, lo que pasa es que estoy muy nervioso —. Después agregó en tono de disculpa—. Hoy comienzo a trabajar aquí.

—¿De verdad? Yo vengo a traer unos papeles porque también voy a trabajar acá —dijo ella, más relajada—. Es que el lugar asusta, ¿no? Todo este lujo.

—¿No se siente un poco como mosco en leche?

Ella asintió y ambos soltaron una risita cómplice, llena de alivio. Después él le extendió la mano.

—Mucho gusto, Alfredo Cuadros. Soy el nuevo asistente de gerencia.

—Candelaria López —dijo ella, estrechándosela.

—¿Y vas a ser recepcionista o secretaria?

Candela dudó un instante en contestar. Luego no supo por qué pero mintió.

—Sí. En las oficinas —dijo, y le quedó claro que lo había hecho porque en realidad eso era lo que quería y le daba vergüenza la herencia de la cocina que la perseguía gracias a su madre. Ese estigma que daría cualquier cosa por librarse de él. Sin embargo, después se sintió mal por engañar al muchacho, y como sabía que se seguirían viendo, decidió contarle la verdad. Pero en ese momento apareció Maximiliano, quien fue directo hacia ella y le dio un abrazo cariñoso, como siempre que la veía.

—¡Ahijada! —le dijo muy efusivo y ella pudo ver la expresión de asombro y a la vez de respeto que se dibujó en el rostro de Alfredo.

«Eres un tonto de lo peor», se dijo el muchacho, «esta chica es íntima de tu jefe y acabas de confundirla con una simple secretaria, por prejuicioso y estúpido. ¡Empezamos bien!». Pero se sintió más azorado cuando Márquez se volteó hacia él y lo encaró.




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