Hotel pasión

Capítulo 5 RAFA

Acuchilló la pared con la espátula, gozando cada uno de los chirridos que hacía al rasgar el cemento. «¡Señor, estamos ensayando!», oyó que le gritaban y se dio vuelta para ver lo contrariado que estaba el enano medio calvo que le hablaba, mientras los músicos de la orquesta esperaban con sus instrumentos listos. Fue lo mejor que le había ocurrido en muchos días.

—Disculpe, patrón —le respondió—, me toca raspar este muro antes del medio día o no se imagina el regaño que me pegan.

Volteó de nuevo hacia la pared y rastrilló con más fuerza. Odiaba a ese montón de chiflamicas que no le llegaban ni a los talones como intérpretes, desde que supo que para conformar la orquesta solo habían contratado músicos traídos del interior del país dizque porque eran los mejores. A él nunca le dieron la oportunidad, por la fama de indisciplinado y pendenciero que tan bien ganada tenía entre el gremio, y ahora le tocaba hacer trabajos de albañilería en el hotel para sacarse unos pesos, mientras que los mediocres esos eran los bien pagados miembros de la orquesta.

—¡Esto es intolerable! —tartamudeó el maestro Contreras porque la rabia casi no lo dejaba hablar—. Que alguien llame a Maximiliano, no pienso aguantar ni un minuto más este insulto.

Rafa alcanzó a ver de reojo que uno de los músicos corrió hacia la puerta, justo cuando apareció un cuarentón bastante apuesto y muy bien vestido, con aspecto de persona importante y que él creyó reconocer de algún lado, pero no supo de dónde. Con el hombre venían una mulata alta y un muchacho.

—¿Pero qué es todo este escándalo? —dijo el cuarentón y Contreras se le acercó con aire ofendido.

—¡Max, esto es indignante!—dijo—. Exijo una disculpa de la administración por programar trabajos de albañilería mientras ensayo y que despidan en el acto a ese patán. Ya estoy cansado del irrespeto. Si no le pones fin a estas situaciones, no creo que pueda dirigir más la orquesta.

—Estoy de acuerdo con usted, maestro. Dígame si va a empezar a tocar las canciones de la lista que le pasé o está despedido.

—¡No sé cuántas veces tengo que repetirte que en una orquesta que yo dirija jamás se tocará esa música de negros! Y con respecto a lo de mi despido, ¿no crees que primero debes consultarlo con la junta de accionistas?

—Soy el gerente del hotel y no necesito consultar con nadie. Hasta hoy trabaja aquí—. Contreras, temblando de la ira, abrió la boca para protestar pero Maximiliano no lo dejó, encaró tranquilo al resto de la orquesta y dijo—. Señores, ustedes son los mejores músicos del país, ¿quien quiere dirigir la orquesta? Y le voy a aumentar el diez por ciento del sueldo, con la condición de que toque la música que le pida.

Un murmullo de admiración se extendió entre el grupo. Los músicos se miraron sin poderlo creer. Una propuesta así era el sueño de cualquiera de ellos. Pero, cuando voltearon a ver a Conteras, se produjo un silencio incómodo. El maestro sonrió satisfecho, sabía que ninguno se atrevería a tomar su lugar por miedo al poder que tenía. Entonces escuchó los acordes de una melodía que comenzó a sonar con brío. Volteó a ver quién la interpretaba y descubrió, estupefacto, que era el albañil que minutos antes lo molestara y que ahora tocaba como los dioses.

Los demás también miraban a Rafa con la boca abierta y esto lo animó a despacharse con otro solo. Unos momentos antes, cuando escuchó la propuesta de Maximiliano, decidió jugársela al ver que ninguno de los músicos decía nada, sabía que no tendría una mejor oportunidad para demostrar lo que valía. Como era igual de bueno con la mayoría, cogió el primer instrumento que tenía a la mano y ahora, que los tenía fascinados, cambió a un violín, que comenzó a tocar con virtuosismo. Después, para asegurarse de impresionarlos al máximo, cambió dos veces más de instrumento y por último se sentó al piano, donde interpretó un final digno de una sala de conciertos.

Los únicos que aplaudieron fueron el par de muchachos que acompañaban al gerente, mientras que en la cara de los músicos y del maestro solo vio envidia y resentimiento. Pero a Rafa sólo le interesaba lo que dijera el gerente del hotel.

—Usted tiene «Oído absoluto», ¿me equivoco? —dijo Maximiliano.

Rafa asintió orgulloso, gracias a esa condición era un superdotado para la música desde que tuvo memoria. Esta le permitía, entre otras cosas, identificar las notas de forma aislada o simultánea, y reproducir a la perfección una melodía escuchada por primera vez sin necesidad de una partitura. Como Mozart —quien también tenía «Oído absoluto» al igual que otros grandes músicos—, Rafa había sido un niño prodigio al que sus maestros le auguraban un futuro prometedor. Pero este no llegó a materializarse por un temperamento explosivo que tarde o temprano saboteaba sus sueños. Sin embargo, ahora era posible que estuviera frente a la oportunidad que siempre buscó.

—También soy compositor y fusiono ritmos del caribe con… —se apresuró a agregar Rafa, pero Maximiliano no lo dejó hablar.

—Lo felicito —dijo—. Pero para ser el director de la orquesta del Perla Celeste se necesita más que su espectáculo barato para impresionar turistas en la playa.

Luego sacó unos billetes que dejó sobre el piano. Rafa sintió la humillación corriéndole por la sangre hasta hacerle hervir todo el cuerpo. Se levantó de la silla, tiró el dinero al suelo de un manotón y estuvo a punto de golpearlo; pero decidió que no valía la pena pasar unos días en la cárcel por culpa de ese fantoche y se dirigió hacia la salida. Antes de irse, oyó cómo Maximiliano levantaba la voz para volver a hacerle la propuesta a los músicos: «Ofrezco el doble del sueldo a quien se decida», dijo, mientras Rafa salía, llevándose consigo la amargura de que, de nuevo, la oportunidad no hubiera sido para él. Como siempre, como con la española.




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