Lila apretó con fuerza los muslos para obligarlo a permanecer dentro de ella, mientras sus cuerpos se estremecían en un coito salvaje. Ella sabía que aquello era una de las cosas que más le gustaban a Clavijo cuando tenían sexo. Conocía tan bien a ese hombre y lo que quería en la cama, que gracias a eso tenía una influencia enorme sobre el amo y señor del hampa de la ciudad. Algo que resultaba bastante conveniente, pero a la vez demasiado peligroso. Una espada de doble filo que Lila manejaba con destreza, ya que sabía bien cómo tratar a los hombres desde que estuvo con el primero, a los trece años, cuando la tía borracha que la crio le vendió su virginidad a un contrabandista antillano que a veces se hospedaba en la pensión miserable en la que vivían. A partir de entonces, Lila aprendió a valerse de ellos, a ser más astuta y a ir un paso por delante, aprovechándose de todos los que la buscaban para usarla.
—Eres el mejor —le dijo a Clavijo que se estiró complacido a su lado, apartando las sábanas empapadas de sudor.
—Máximo viene para acá —dijo Clavijo mientras encendía uno de los cigarrillos de marihuana a los que se había aficionado durante su estadía en una cárcel de Jamaica—. Ya sé lo que me va a pedir, así que prepárate porque te voy a dar lo que tanto me has pedido.
Lila se incorporó emocionada, mientras los ojos brillaban de satisfacción.
—¡¡¿Lo dices en serio?!!
—Claro que sí —sonrío Clavijo y agregó juguetón—. ¿Qué me vas a dar a cambio de que le exija que te contrate como la cantante principal de la orquesta del hotel?
—El cielo, mi amor. Y mira el anticipo que te doy.
Luego se acaballó sobre él y Clavijo gimió complacido cuando sintió que entraba en ella.
Maximiliano encendió un cigarrillo mientras esperaba y echó una rápida mirada alrededor. Esa noche el garito de Clavijo estaba a reventar. Los jugadores de todas las clases: ricos de las grandes familias de la ciudad o miserables estibadores del puerto, se confundían en medio de ese gentío arrastrado por la pasión por el juego. La misma que también lo consumía a él. Pero hoy había venido a jugar uno mucho más peligroso, en el que podía perderlo todo.
«¡Hermanito!», oyó la inconfundible voz nasal de Clavijo que lo llamó y giró para descubrirlo. El hombre venía fresco y sonriente, se notaba recién bañado, con su calva lustrosa. La mujer que lo acompañaba traía su misma sonrisa de satisfacción desvergonzada. Después de un abrazo cariñoso, Clavijo invitó a Maximiliano a su mesa, que dominaba el lugar. Apenas se sentaron, y mientras les servían el ron que les encantaba a ambos y que preferían a los costosos tragos que se podían permitir ahora, le dijo:
—Ya sé a qué viniste
—Entonces dime qué me vas a pedir a cambio y no perdamos tiempo —respondió Maximiliano dándole una calada a su cigarro.
—Quiero que confíes en mí. —Maximiliano, un tahúr curtido en ese tipo de juegos con Clavijo, no movió ni un músculo del rostro y esperó a que continuara. —¿Hace cuánto nos conocemos, mi hermano? ¿Cuarenta años? Y nunca nos hemos hecho una mala pasada, ¿cierto? Crecimos en el mercado, nos hicimos hombres en la calle, los dos sabemos lo que significa ser el más fuerte para sobrevivir, y ahora, gracias a eso, cada uno es el dueño de la ciudad en lo que hace.
—Ya quisiera yo el poder que tienes. Si fuera como el gran Joel Clavijo, no tendría que aguantarme que mis socios me jodan tanto la vida.
—Eso es un mal que te buscaste tú solito. Si me la hubieras pedido a mí antes que a ellos, te habría dado la plata que necesitabas para terminar el hotel y ahora no andarías metido en tantos problemas.
—Tú sabes que las cosas no funcionan así. Y menos en esta ciudad. Si le preguntas al que sea en Cartagena, te va a decir que tú tienes mucho más billete que cualquiera de esos idiotas de las grandes familias, pero tu dinero no vale lo mismo que el de ellos.
—La plata es la plata, punto. La mía puede que esté más sucia, pero a ti te va a servir igual. Dime, ¿cuánto necesitas?
Maximiliano sacó un papel del bolsillo de su chaqueta y se lo extendió. Clavijo lo tomó y dio un silbido de admiración.
—¿Es mucho para ti? —dijo Maximiliano con sorna.
—Te puedo dar el doble sin problema. La vaina es si podrías devolvérmelo. Y así yo quiera mucho a mis amigos, me gusta más que no se me pierda la platica. De modo que si no me pagas me tocará matarte, y eso me jodería mucho. Pero todo tiene solución en la vida, mi hermano, y te voy a proponer algo, para que quedemos contentos.
—¿Vas a insistir con lo del casino?
—Ambos sabemos que es lo único que tienes para negociar, y que si viniste a buscarme es porque estás tan desesperado que piensas aceptar que ponga un casino en tu hotel a cambio de lo que te voy a prestar.
—Todavía no estoy en ese punto. De pronto en seis meses, pero ahora solo vine a ofrecerte que te devuelvo el dinero que me prestes con los intereses que me pidas.
—¿Y si no puedes pagarme en seis meses? Ya te dije que matarte no me sirve de nada.
Maximiliano tomó aire, tuvo un momento de duda y por fin dijo.
—Si no te pago en ese tiempo, podrás poner el casino en el Perla Celeste.
Clavijo soltó una carcajada llena de júbilo y le hizo un gesto a Lila, que esperaba en la mesa vecina. Ella se acercó, Clavijo la tomó de la cintura y pegó su cara a sus caderas mientras miraba a Maximiliano.