Hotel pasión

Capítulo 7 MATILDE

«¡La mataste, Matilde!». Se acercó un poco más a mirar a la anciana, desde hacía unos segundos tenía la sensación de que ya no respiraba. Pero comprobó con alivio que las aletas de su nariz se expandían y contraían con regularidad. ¿Y si había armado todo este alboroto por nada?

—¡Abra, déjenos entrar, por favor! —escuchó que gritaban desde el pasillo mientras volvían a empujar la puerta. Pero la cadena interior y el mueble que había atravesado delante de ella seguían firmes.

—No. Ya les dije que hasta que no llegue el señor Márquez nadie va a entrar —replicó con seguridad.

«Cuando aparezca, ahí sí que se va a armar la de Dios es Cristo, mujer», pensó, «le vas a tener que contar lo que hiciste y él sí que te va a matar».

—Reacciona Conchita, por favor —dijo con desespero mientras zarandeaba el cuerpo de la mujer que continuaba desmadejado sobre la cama. Pero de nuevo nada.

Comenzó a pasearse ansiosa. Si de verdad su tía estaba grave, lo mejor sería que la atendieran rápido. No sabía si había tomado una dosis adicional a la que ella le había disuelto en le café para poder escaparse esa noche. Y una sobredosis de somníferos podía ser fatal.

En ese momento volvieron a tocar y escuchó la voz de Maximiliano que dijo, autoritario.

—Matilde, soy yo, abre.

Corrió hacia la puerta y exigió antes de abrir:

—Pero solo entra usted.

Después corrió el mueble, destrabó la cadenita y en un instante Maximiliano ya estaba dentro, mientras miraba inquisitivo hacia todas partes.

—¿Qué pasó? —dijo—. ¿Qué tiene tu tía? —. Fue hasta la cama, mientras Matilde lo seguía.

—No sé. Desde hace rato que intento despertarla pero no reacciona. Creo que tomó más somníferos de la cuenta.

Maximiliano le sintió el pulso, luego agarró el auricular del teléfono de la mesita de noche y esperó a que le contestaran.

—Soy Máximo. Necesito que manden de inmediato el médico del hotel a la suite Calamarí —. Colgó y miró a Matilde—. No te preocupes, todo va a estar bien.

«¿Y si no? Si se muere va a ser por tu culpa» le susurró una vocecita en su interior y como Matilde sabía que era cierto, comenzó a llorar.

—¿Toca llevarla al hospital? —le preguntó Maximiliano al médico que acababa de terminar su examen.

—No hace falta. Por lo visto no tomó una dosis muy grande.

—¿Entonces solo está dormida? —intervino Matilde.

—Sí. Lo estará hasta mañana. Pero no hay nada de que preocuparse, sus signos están estables y no presenta ningún síntoma respiratorio anormal.

—Gracias, doctor —dijo Maximiliano. Luego lo acompañó a la puerta.

Matilde vio que cruzaron unas palabras que no alcanzó a escuchar y después el médico salió. Entonces él caminó hasta donde estaba sentada, se dejó caer en la silla que había enfrente y le dijo mientras encendía un cigarrillo.

—Ahora sí me vas a contar qué fue lo que pasó.

—Me imagino que Conchita se debió confundir y… —comenzó a decir Matilde, cuando él la interrumpió.

—Quiero la verdad. Tú y yo sabemos que aquí pasó algo más. Si no fuera así, no tendrías tanto miedo.

—¡Pero cómo no me voy a asustar! ¡Si creí que se moría!

—Porque pensaste que se te había ido la mano con los somníferos que le diste para poder salir.

Matilde no fue capaz de revirar. Maximiliano se limitó a exhalar el humo y siguió hablando muy tranquilo.

—Desde hace más o menos una semana sé que sales todas las noches del hotel. En el Perla Celeste no pasa nada sin que me entere. —«Pero, si lo sabías, ¿por qué me dejaste hacerlo?», pensó Matilde. Él continúo, como si la hubiera escuchado. —Te estás preguntando porqué no paré la vaina. Mira, yo sé que supones que soy tu enemigo, que te tengo encerrada en contra de tu voluntad y no voy a permitir que te comuniques con ese novio del que quieren separarte tus padres. Pero yo solo le estoy haciendo un favor a tu mamá dejándolas quedar aquí porque la estimo, la que debe responder por tus salidas es tu tía.

—¿Entonces no le va a contar a mis papás?

—No, si me prometes que no vuelves a darle somníferos a Conchita para escaparte. Hoy tuviste suerte, pero esto pudo terminar en una tragedia.

—Tiene razón, perdóneme. —Matilde se secó las lágrimas que le habían comenzado a rodar por las mejillas—. Soy una idiota.

—No. Eres todavía una niña que está convencida de ser una mujer que sabe lo que hace, y no es así. Te voy a dar un consejo que no me has pedido, de pronto porque me recuerdas tanto a tu madre cuando tenía tu edad. Yo sé que crees que ese muchacho es el hombre de tu vida, que debes luchar contra todo y contra todos por estar a su lado y por eso te escapaste para tratar de comunicarte con él y decirle donde estás. No lo niegues, te he hecho seguir del detective del hotel. Pero, más temprano que tarde, te vas a dar cuenta de que las cosas no son como piensas. Solo espero que para entonces no hayas hecho algo de lo que de verdad tengas que arrepentirte por el resto de tu vida.

Luego se levantó, apagó el cigarrillo en el cenicero y salió en silencio, dejándola con la sensación de que le había hablado como un padre. Como nunca lo hizo el suyo.




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