Hotel pasión

Capítulo 8 RAFA

El barullo se oía desde la esquina, lo que hacía que en realidad el garito de Clavijo tuviera poco de clandestino. Podía mantener esa condición, gracias a los jugosos sobornos que el gánster le pagaba a toda una cadena de funcionarios que, según algunos, incluía a personajes que iban desde el alcalde y el comandante de policía, hasta los más modestos patrulleros.

Rafa, de pies en la mitad de la cuadra, dejó sobre el suelo la vieja maleta donde cargaba sus instrumentos. La noche había sido mala. Era mitad de enero y de la montonera de turistas que traía la temporada de fin de año ya quedaban pocos, por lo que las propinas que necesitaba para sobrevivir eran casi inexistentes. De repeso, el incidente de la mañana en el hotel lo había dejado sin poderse ganar ese dinero extra con el que habría podido resistir el desierto del mes que tenía por delante. Pero lo peor era que había perdido las esperanzas de volver a ver a la española, quien seguro se había marchado con el resto de turistas sin que él pudiera olvidarla. Por todo eso fue que terminó, casi que sin pensarlo, a las puertas del garito. Si la suerte le sonreía esta noche, muchos de sus problemas quedarían solucionados de inmediato. Al menos los materiales. Quizá hasta podría darse algunos «lujos» que necesitaba con urgencia: ropa y zapatos nuevos; el arreglo de varios instrumentos que ya estaban en las últimas; y ¿por qué no?, una buena comida en un restaurante de lujo y un par de noches en un hotel decente, con sábanas limpias y sin ratas que apostaban carreras en el cielorraso.

El problema era que la suerte no le sonreía desde hacía mucho. Y si entraba al garito y no lograba convencer a Clavijo de que le volviera a dar crédito, terminaría con las piernas rotas cuando este cumpliera la amenaza que le hizo la última vez que se vieron por la deuda de juego que tenía con él.

«¡Qué carajo!», se dijo, «El mundo es de los valientes», y alcanzó a dar un par de pasos en dirección del local cuando escuchó una voz que lo llamó.

—Músico, espera. Te he buscado toda la noche. ¡No joda, tú sí paseas más que alma en pena! Pero ya te encontré, y si te vienes a tomar una cerveza conmigo así no me conozcas, te voy a hacer una propuesta que te cambiará la vida.

La cerveza fue acompañada de una posta de pescado frito con arroz y patacón, que Rafa devoró con ganas por el hambre acumulada. Mientras comía, detallaba al hombre sentado frente a él. Marquitos «Chocolate» Aguirre le había dicho que se llamaba. Era un mulato de aspecto vivaracho, con la cabeza muy redonda y el pelito churrusco pegado al cráneo; los ojos vivaces, con la pupila blanquísima. Lo mismo que sus dientes, grandes y un poco salidos.

«Chocolate», como le dijo a Rafa que lo llamara, fumaba con calma un alargado Montecristo, mientras esperaba a que este terminara de comer. No se acordaba de haberlo visto en la mañana, en el desafortunado incidente del ensayo, pero la verdad no se había fijado mucho en los músicos. Por eso le pareció raro cuando se presentó como miembro de la orquesta del Perla Celeste. Según creía, en esta no habían contratado músicos costeños. Sin embargo, «Chocolate», que era barranquillero, le aclaró que fue el único que logró que Contreras lo escogiera, a pesar de sus prejuicios en contra de los músicos locales, lo que significaba que era bastante bueno y que se había impuesto por su calidad. «Pero no soy ni la mitad de bueno que tú», le dijo «Chocolate» cuando entraron al restaurante, «por eso es que te busco». Mientras esperaban que sirvieran la comida, le confesó que lo conocía bastante bien gracias a las referencias que le dieron varios músicos amigos suyos. Estos le contaron del experimento que hacía Rafa al fusionar ritmos modernos, como el jazz, el mambo y la guaracha, con las cumbias y los porros locales.

—Ese es el tipo de música que el patrón busca —dijo «Chocolate» mientras Rafa apartaba el plato vacío y bebía satisfecho un sorbo de cerveza.

—¿Y quién es el patrón? —dijo Rafa sin comprender.

—Pues don Maximiliano, el gerente del hotel.

—No quiero saber nada de ese tipo. ¡Qué tal, que dizque no tengo lo que se necesita para remplazar a un payaso como Contreras!

—Perdóname que te lo diga, mi hermano, pero tengo que darle la razón al hombre. Tú no eres el gallo para dirigir una orquesta como la del Perla Celeste.

—¡Por favor! A ese circo lo puede manejar hasta uno de esos micos de juguete que hacen música golpeando unos platillos.

—Pues si lo dices para insultarme porque me parezco a un monito de cuerda, te fregaste. Estoy acostumbrado a esa clase de ofensas y me resbalan.

—No me digas que fuiste tú el que aceptó la propuesta del cretino.

—¿Y entonces por qué crees que te busqué? Quiero que te vengas a trabajar conmigo como músico titular. Pero no solo eso. ¿Sabes qué es lo que necesito de ti? Que pongas a bailar a los encopetados de esta ciudad con esos ritmos nuevos que creaste.

—¿Y tú por qué me sales con esas, si nunca has oído ninguna de mis canciones? —dijo Rafa, que seguía de sorpresa en sorpresa.

—¿Quién te dijo que no? ¿Cómo piensas que te reconocí esta mañana cuando hiciste tu numerito delante de don Maximiliano? Que, aprovecho para decirte, estuvo muy bueno, me quito el sombrero. Apenas oí esa melodía me dije: esto lo conozco, pero ¿de dónde?, hasta que me acordé de unos arreglos que me había mostrado Salcedito.

Rafa movió la cabeza mientras sonreía.




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