Hotel pasión

Capítulo 9 CANDELARIA

Candelaria no había visto una cocina tan imponente, lo que hizo que se enojara todavía más por tener que trabajar allí. El lugar bullía con un hormigueo de hombres enfundados en sus uniformes blancos y sus gorros de cocinero, pero no había mujeres, a excepción de su mamá y ella, que esperaban junto a la puerta.

—Déjame hablar a mí —le dijo Petra para tranquilizarla.

Candelaria no estaba preocupada. Molesta, sí, pero no tenía opción. No sólo había prometido ayudarle a su mamá, sino que también se comprometió con Máximo y no podía defraudarlo. Un par de hombres se acercaron con actitud prepotente. No podían ser más distintos el uno del otro. El que parecía el jefe era bajo y rechoncho, con grandes mejillas mofletudas y una abultada nariz que siempre estaba roja. Pero tenía unos ojos preciosos, pensó Candelaria. Eran de un azul cristalino y proyectaban una sensación de dulzura que era difícil de disimular, a pesar del gesto de contrariedad que mostraba el resto de su cara. El otro, por el contrario, era muy desagradable; no por su delgadez extrema que le daba un aspecto de estar enfermo, o por su rostro cadavérico, con sus labios chupados y los ojos hundidos en las cuencas. No. Era porque se sentía como un animal que acechaba para atacar a la primera oportunidad.

—De modo que son las nuevas cocineras —dijo el gordo con un acento extranjero que remarcaba la erre—. Quiero que les quede claro que no las necesitamos, y que si las acepté en mi cocina fue porque Maximiliano me obligó. Pero, a la menor falta que cometan, saldrán por esa puerta.

—Aquí no tenemos lugar para aficionados chapuceros —agregó el flaco, despectivo; este sí con un acento local que trataba de disimular, sin éxito, un origen bastante humilde.

—Yo no soy ninguna aficionada —reviró Petra ofendida—, y llevo más de treinta años manejando mi propio restaurante.

—En el mercado —dijo el flaco y arrugó la nariz con desprecio—. Ubiquémonos, esta es la cocina más importante de la ciudad.

—Donde sólo preparamos cocina internacional —añadió el gordo—. Pero ahora a Maximiliano se le ocurrió esta loca idea de servir platos de la región. ¡Qué estupidez! Como si los clientes quisieran pagar por cochinadas que pueden encontrar en cualquier fonda barata.

—¡Mi mamá no prepara cochinadas! —estalló Candelaria indignada—. Y ubíquense ustedes porque, por muy chefs internacionales que sean, si Maximiliano les ordena preparar la comida de mi mamá, se lo tragan y obedecen.

La nariz del gordo se puso todavía más roja y el tinte se le extendió a toda la cara.

—¡¿Pero qué se ha creído?!—dijo.

—¡Al chef Gerard nadie le habla así y menos en su cocina! —agregó el flaco.

—Candelaria, te callas ya mismo, deja de ser grosera —intervino Petra.

—No, mamá. Por bajar la cabeza siempre es que trapean el piso con nosotras. —Candelaria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas—. ¡Y es por culpa suya! ¡Siempre es lo mismo, toda la vida voy a ser una miserable cocinera a la que cualquiera puede tratar como le dé la gana!

Candelaria alcanzó a ver la puerta y corrió hacia ella, mientras ignoraba los gritos destemplados de su mamá. Salió de la cocina y comenzó a deambular por los pasillos del hotel hasta que, sin saber cómo, terminó sentada en una de las sillas de hierro del jardín interior.

No supo cuánto tiempo pasó allí, rumiando su rabia y su frustración. Tampoco se dio cuenta de en qué momento él se había acercado. Solo reaccionó cuando escuchó su voz.

—¿Tomándote un descansito?

Era él, y ahora que lo veía de nuevo sintió que le gustaba más.

—¿Te acuerdas de mí? —insistió el muchacho—. Alfredo…

—Sí, claro que sí —dijo ella, recomponiéndose—. El nuevo asistente de gerencia.

—Sí. Al final nunca me contaste en qué trabajas.

Candelaria decidió que no era el momento de confesarle que era una miserable ayudante de cocina que acababa de ser vapuleada por su nuevo jefe.

—Lo que pasa es que Máximo todavía no sabe qué puesto darme, porque me recibió en el hotel para hacerle un favor a mi mamá. Creo que quiere que empiece desde abajo y conozca cómo funciona todo.

—Sí, entiendo. Pues entonces te tengo el trabajo. En contabilidad necesitan una asistente —y agregó en broma—, ¿eso es lo bastante abajo para la señorita?

«Ay, si supieras», se lamentó Candelaria recordando su verdadero trabajo. Pero casi que de inmediato una lucecita se encendió en su cabeza. De solo pensarlo, sintió que todo le daba vueltas.

—¿Y qué tendría que hacer para conseguirlo?

—Niña, eso es muy fácil: dile a don Maximiliano. Tan sencillo como eso, si él lo ordena, el trabajo es tuyo.

—No, Máximo no puede… —alcanzó a soltar Candelaria, pero se contuvo a tiempo. Lo meditó un momento, luego mintió con descaro—. Lo que quiero decir es que no me gustaría que se sintiera como si él me impuso. Tú sabes que eso crea mal ambiente con los compañeros de trabajo.

—Sí, tienes toda la razón.

—¿Y no será que tú puedes ayudarme? —se le ocurrió a Candelaria de improviso.

—¿Yo? —dijo Alfredo, desconcertado.




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