Hotel pasión

Capítulo 10 ALFREDO

Esa la noche, mientras comía en compañía de su familia y de Adela, seguía pensando en ese beso. En realidad no había sido mayor cosa, se decía a sí mismo para tratar de minimizar esa sensación incómoda, pero a la vez placentera que tuvo durante todo el día. Buscó sentirse menos culpable convenciéndose de que fue algo bastante casto: un simple beso en la mejilla. Pero no podía quitarse de encima esa impresión de haber sido desleal con Adela.

—Mija, no te olvides, como te enseñé: primero los señores —dijo doña Sofía, repantigada en su silla, abanicándose para aliviar el sofoco permanente en que la mantenía su sobrepeso; y con esa actitud de gran dama presidiendo un banquete que asumía siempre que hacían cualquier comida dizque especial en la casa.

Finita, la esmirriada criada, a la que le había hecho poner delantal y cofia para la ocasión, avanzó temblorosa con la bandeja y se detuvo al lado de don Chepe, quien comenzó a servirse con ademanes grandilocuentes, a tono con los aires que se daba su mujer.

—Posta cartagenera —dijo don Chepe—, esto sí es digno de una celebración.

—Pero cómo no —dijo doña Sofía—, si lo que tenemos son motivos de sobra —. Miró orgullosa a Alfredo—. Gracias a ti vamos a recuperar el lugar que nos merecemos. Porque este es solo el principio, créeme mijo, te esperan grandes cosas.

Alfredo se limitó a esbozar una rápida sonrisa. ¡Cómo odiaba esa solemnidad tan teatral que siempre reinó en su casa! Ese considerarse mejores que los demás, ese arribismo tan de clase media en el que se crio y que lo asfixiaba desde que tuvo memoria.

—Pero hay otro motivo todavía más importante para celebrar —agregó doña Sofía y le guiñó el ojo a Adela, la muchacha pálida y de figura estilizada que estaba frente a ella y mantenía esa postura erguida, con la espalda tan recta y el cuello tan estirado, que la hacía parecer como si estuviera tensa siempre—. Porque con ese sueldo de asistente de gerente que se va a ganar Alfredito, ya no hay excusa para no fijar la fecha de la boda, ¿cierto?

Adela giró a mirar a Alfredo, y abrió mucho los ojos con un gesto de interrogación que pretendía ser gracioso. Pero, en el fondo, él percibió algo turbio de amenaza.

—Pues eso lo debe decir el señor —dijo—. Si ya con doce años que llevamos de noviazgo es suficiente o toca esperar todavía más.

Alfredo se sintió atrapado por completo en la telaraña contra la que acababa de darse cuenta de que se había estrellado. Alcanzó a pensar por un instante en el beso de esa mañana, pero supo de inmediato que era otra de esas cosas que no tenían cabida en esa vida que le habían delimitado hasta que exhalara su último suspiro. Por lo que dijo, fingiendo una emoción que estaba lejos de sentir:

—Claro, nos casamos cuando ustedes digan.

No era la propuesta de matrimonio más romántica que una chica pudiera desear, se consoló Adela, pero la había hecho, y después de casi media vida de eterno noviazgo, con eso le bastaba.

—Yo creo que para las fiestas de Corpus Cristi estaría bien fijar la fecha —dijo doña Sofía—. Eso nos daría casi seis meses para organizarlo todo, lo que me parece un tiempo más que suficiente.

Adela intentó decir algo, pero doña Sofía no se lo permitió porque hablaba desbocada de los preparativos. La iglesia, que debía ser lo bastante grande como para alojar a todos los invitados; además, la señora daba por descontado que la recepción se haría en uno de los salones del hotel, por el cual tendrían un descuento por el cargo de su hijo; y, por supuesto, se serviría solo lo mejor de lo mejor.

Adela, prudente como siempre, no se opuso a ninguna de las propuestas de su suegra. Todos estos años le habían enseñado que lo mejor era no llevarle la contraria y por eso siempre tuvieron una excelente relación, en la que ella pudo apoyarse para, entre ambas, manejar a su antojo a Alfredo. Don Chepe, por su parte, se limitaba a decir a todo que sí, mientras devoraba con gula la comida que había pasado a un segundo plano para su esposa y su futura nuera. Mientras tanto, Alfredo no podía dejar de sentir una profunda tristeza dentro de sí. Siempre creyó que el día en que por fin se pudiera casar con Adela iba a ser uno de los más felices de su vida. Desde que empezaron su noviazgo, cuando apenas eran unos niños, había visionado pasar el resto de sus días con ella. Pero ¿la amaba o ya era solo la costumbre de tantos años juntos?, hurgó en su interior. ¿Quería una familia, los hijos que pensaron tener, la casa en Manga que era el sueño de ella? Si las cosas salían bien podrían disfrutar todo eso y mucho más.

«Si las cosas salían bien» se repetía cuando apareció Finita mientras tomaban la sobremesa y anunció:

—Joven Alfredo, en la puerta está el chofer de don Antonio Román que vino a recogerlo.

De inmediato hubo un intercambio de miradas nerviosas entre todos.

—No nos habías contado que tenías una cita con don Antonio —dijo doña Sofía.

—No la tengo —dijo Alfredo mientras se levantaba casi que por reflejo y se limpiaba con la servilleta.

—Si te mandó a recoger es porque necesita hablar contigo —dijo don Chepe—. Algo importante será, ve a ver qué quiere.

—Sí, no lo hagas esperar —dijo doña Sofía—. Le debemos tanto a ese señor, de no ser por él no estaríamos celebrando hoy.

Alfredo le dio un beso apresurado a Adela, luego fue a encontrarse con el chofer de don Toño y disimuló lo mejor que pudo la ansiedad que sentía.




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