—Confía en mí, Conchita, no va a pasar nada, es solo una noche —dijo Maximiliano, que esbozó una sonrisa cordial.
—Pero ¿tú estás seguro de lo que me pides? —balbució la viejita que todavía no podía creer lo que acababa de oír.
Matilde, sentada como ellos en uno de los muebles del balcón, tampoco entendía cuáles eran las intenciones de Maximiliano. Cuando llegó, unos veinte minutos antes, quedó desconcertada por la actitud tan amable que traía. Como además, aparte de la noche anterior que vino obligado por las circunstancias, no les había hecho ninguna visita en los dos meses que llevaban en el hotel, quedó de una pieza cuando escuchó que intercedía con su tía con la intención de que la dejara bajar a la fiesta de esa noche.
—Para que estés tranquila —insistió Maximiliano—, yo me hago responsable de lo que pueda pasar. —Luego miró a Matilde—. Y tú, prométeme que te vas a portar bien, no me vayas a hacer quedar mal, que me la estoy jugando por ti.
La muchacha sonrió algo cortada y dijo:
—Claro que sí, lo prometo.
Conchita tuvo un último momento de duda, pero al final asintió, convencida.
—Está bien —dijo—, baja y diviértete un poco. Al fin y al cabo no eres ninguna criminal que paga una condena.
Unos minutos más tarde, cuando caminaban por el pasillo hacia el ascensor, Matilde le preguntó a Maximiliano:
—¿Por qué está haciendo esto?
—Para demostrarte que no soy tu enemigo —dijo él, y agregó divertido—. Además, así me aseguro de que no vuelvas a sedar a tu tía.
—No me da risa y no le creo nada. Algo trama, estoy segura.
Habían llegado hasta enfrente de la puerta del ascensor, Maximiliano oprimió el botón de llamado y se quedó viéndola. Ella se sintió incómoda, había algo en esa mirada que la turbaba, pero no podía explicar qué era.
—Te juro que no estoy ocultándote nada —dijo Maximiliano—. Ni yo mismo sé por qué lo hago. De pronto es por lo que te conté anoche: que me recuerdas mucho a tu mamá.
El hombre sonrió con una dulzura que Matilde no le había visto antes, lo cual no hizo sino acrecentar lo misterioso que era todo esto para ella.
—¿Qué tipo de relación hay entre ustedes dos? —dijo la muchacha, intrigada.
—¿Irene no te contó? ¿Nunca te habló de mí?
—No. Yo no supe del importante señor Márquez —respondió con sorna—, hasta el momento en que mis papás decidieron mandarme para el hotel.
Maximiliano se quedó en silencio. Matilde percibió cómo, por un instante, perdió el aplomo que lo caracterizaba y un profundo deje de tristeza se apoderó de él. Creyó que le iba a decir algo, pero justo sonaron las campanillas que anunciaban la llegada del ascensor y eso hizo que el hombre volviera a parapetarse detrás de su coraza de contención.
—Un día de estos te cuento toda la historia —dijo, antes de invitarla a entrar.
Se metieron al ascensor y no hablaron más hasta cuando se despidieron a la entrada del salón principal, «El Caribe», donde se celebraba la fiesta tradicional de todos los sábados. Luego él se fue para su oficina porque todavía tenía asuntos que arreglar y Matilde se metió al «Caribe», dispuesta a disfrutar la noche, ahora que podía hacerlo con total libertad.
La fiesta no tenía el mismo encanto que la de fin de año, el ambiente no era tan romántico como el de la piscina y los trajes de la gente, elegantes, pero casuales, no eran tan espectaculares. Sin embargo, los asistentes bailaban bastante animados al son del mambo que tocaba la orquesta; y este sí que era un cambio, pensó Matilde, que comenzó a deambular por el lugar con ganas de encontrar un chico guapo para bailar de inmediato, porque esta noche no pensaba dejar de hacerlo hasta que le dolieran los pies.
Entonces lo descubrió tocando con la orquesta y quedó pasmada por el asombro. Era él, de eso no cabía duda. Se había cortado el pelo, afeitado muy bien y el esmoquin le sentaba de maravilla, lo que lo hacía ver todavía mucho más atractivo que la vez que lo conoció en la playa. «Y que peleaste con él porque es un verdadero cretino», se dijo e intentó ignorarlo, a pesar de todo lo que deseaba volverlo a ver. Pero ya era tarde, él también la había descubierto y no le quitaba los ojos de encima.
Apenas terminó la canción, Rafa puso a un lado su instrumento, y sin importarle nada, fue a bajarse de la tarima.
—¿Pero qué haces? —dijo en un susurro «Chocolate», que lo miraba con asombro mientras comenzaba a dirigir el nuevo número.
—Oye, por cierto, que acabo de terminar por esta noche —dijo Rafa. Sonrió retador y agregó con suficiencia—. Me imagino que no tienes lío con eso. Pero si es así, es problema tuyo.
—No abuses —rezongó el otro desaprobador y encaró de nuevo la orquesta, donde los músicos miraban con rabia a Rafa, que ya se había mezclado con las parejas que bailaban y avanzó por entre ellas hasta llegar donde estaba Matilde.
—Española —la saludó—, mira como nos volvemos a encontrar. —Sin darle tiempo de reaccionar, la agarró por el talle y la llevó hasta el centro de la pista—. ¿Bailamos?
—¡Suéltame, atrevido! —gruñó Matilde.
—Yo pensé que ya se te había quitado el mal genio —dijo él, la soltó y se quedó de pies frente a ella de brazos cruzados, lo que de inmediato causó curiosidad en los otros bailarines, que los miraban desconcertados.