—Quiero que se den la mano y olvidemos todo el asunto —dijo Maximiliano. Al ver que ni Candelaria ni Gerard se decidían, insistió—. Necesito que queden arreglados los problemas que tienen entre ustedes, y que comiencen a trabajar juntos y en paz. Lo mismo va para ti, Petra. Tenemos mucho que hacer si queremos lucirnos con el evento y no nos sobra el tiempo porque, a partir de hoy, contamos con menos de una semana para prepararlo todo.
—El que quiere lucirse eres tú —replicó Gerard altanero. Luego comenzó a recorrer los mesones, haciéndose el que revisaba los ingredientes que había sobre ellos, pero en realidad con la intención de ignorar a los otros.
Maximiliano respiró hondo, armándose de paciencia porque no quería meterse en una discusión en este momento con el porfiado francés. Por eso fue tras él y le dijo lo más calmado que pudo:
—Si no lo haces por mí, hazlo por el hotel.
—¿Por el hotel? ¡Ja! —reviró Gerard.
—Sí, por él. A todos nos conviene asegurar un cliente tan importante como la alcaldía. Si logramos el contrato para organizar los eventos que haga de ahora en adelante la municipalidad, te aseguro que eso se verá reflejado en tu sueldo.
Gerard se detuvo y volteó hacia él, encarándolo de mal genio.
—Pero es que no lo vamos a conseguir si servimos las porquerías que prepara esta mujer —dijo mirando a Petra que venía detrás de Maximiliano—. No sé por qué sigues empeñado en semejante locura.
Ella le devolvió el desplante, fulminándolo con una expresión de odio recargado.
—Lo que no entiendo —dijo burlona—, es porque si mi comida le parece tan poca cosa, le da tanto miedo que la sirvamos. Al fin de cuentas, si es tan horrorosa como dice, don Gerardo, la que va a quedar mal soy yo, no usted.
—Primero que todo —dijo el aludido—, me llamo Gerard, no Gerardo. Y, segundo, cualquier plato que salga de estas cocinas es mi responsabilidad. Yo soy el chef del Perla Celeste y mi prestigio se asocia al buen nombre del hotel. De modo que si la comida es espantosa, la gente no va a pensar que es porque la preparó una cocinera de quinta, sino que van a decir que Gerard, el gran Gerard, perdió su toque.
—¿Puedo hacer una sugerencia? —levantó la voz Candelaria, desde el sitio donde se había quedado sin perder detalle de la discusión.
Todos voltearon hacia ella, que se acercó con tranquilidad.
—Por supuesto —dijo Maximiliano, que ya comenzaba a cansarse del asunto—. A ver si logramos salir de este berenjenal de una vez para siempre.
—Lo que se me ocurre para que el señor quede tranquilo —dijo Candelaria mirando a Gerard—, es que en el menú de ese día pongan, en letras bien grandes, que los platos son de la autoría de mi mamá. Así nadie se va a confundir y el prestigio del chef quedará intacto si algo sale mal o la comida no le gusta a los asistentes.
—Me parece una excelente idea —exclamó Maximiliano, que posó también la mirada en Gerard para calibrar su reacción.
Este no dijo nada, disfrutaba ser el centro de atención y tenerlos en vilo en espera de su respuesta, por lo que Petra no pudo resistir la tentación de lanzar otra de sus puyas.
—¿O será que al cocinero este lo que le da miedo es que mi comida sea mejor que la suya, y que a la gente le guste tanto que termine yo como la mandamás de la cocina del hotel en lugar de él?
—¡Ja, ja y ja! —explotó Gerard—. ¡Qué va a tener un chef, de mi experiencia y mi categoría, miedo de una aficionada que solo sabe preparar pescado frito y sopas malolientes! ¡Déjeme que me ría, señora! —Volteó hacia Maximiliano y dijo decidido—. Está bien, acepto, que hagan lo que dice la muchacha esa y pongan claro en el menú que yo no tengo nada que ver con la grosería que van a servir —. Finalizó agitando su índice amenazador delante de Maximiliano—. ¡Y que caiga sobre ti la responsabilidad del desastre que ese evento va a significar para la reputación de este hotel!
Maximiliano asintió, complacido. Había vuelto a salirse con la suya.
—No te angusties —dijo—, la responsabilidad va a ser mía por completo —. Después agarró de gancho a Candelaria y la llevó sonriente hacia la puerta de salida de las cocinas—. Gracias —le dijo cuando ya estaban en el pasillo—, te debo una. Dime cómo quieres que te pague, ¿qué puedo hacer por ti?
Candelaria se vio tentada de pedirle lo que más deseaba en ese momento en la vida: que le diera el puesto de asistente comercial del que le había contado Alfredo. Pero sabía que era una tontería siquiera pensarlo.
—No te preocupes, no fue nada —dijo sonriente.
Maximiliano le estampó un beso cariñoso en la frente.
—Eres un ángel, Candela —agregó—. Y ahora necesito que me hagas otro favor igual de grande.
—Claro, lo que digas.
—Prométeme que vas a estar todo el tiempo muy pendiente de lo que pase en esa cocina, que te vas a convertir en mi mano derecha y no vas a permitir que nada salga mal —. Luego le dijo con una seriedad que ella no estaba acostumbrada a ver en él y por eso la impresionó tanto—. No te imaginas lo importante que es para mí que ese evento funcione. De eso dependen muchas cosas, Candela.
—Sabes que siempre puedes contar conmigo.