Hotel pasión

Capítulo 13 RAFA

Tienes que concentrarte en el ensayo y olvidarte de esa mujer, pensó Rafa. Lo sucedido la noche anterior todavía lo tenía mal y estaba seguro de que iba a continuar así por mucho tiempo. De verdad que esa española había hecho estragos en su corazón. Intentó animarse pensando en que justo ocurría lo que quiso siempre: que una orquesta de verdad y tan importante como la del Perla Celeste, fuera a tocar su música. Ahora la gente la conocerá y todo el mundo la va a bailar, se dijo. Pero de inmediato surgió el desánimo: ¿Y de qué te va a servir si nadie sabrá que es tuya? Miró con rabia a «Chocolate» que terminaba de acomodar la partitura con los arreglos en el atril que tenía frente a él. Farsante, te vas a llevar todo el crédito por algo que jamás serías capaz de componer, así vivieras mil años. Luego vio cómo los músicos revisaban las composiciones y comentaban entre ellos, admirados por las notas que veían en los pentagramas.

¿Pero de qué te quejas?, se dijo, tú aceptaste el acuerdo: él hace pasar los temas como suyos y a cambio te da la mitad del sueldo que le pagan, que es un billete grande. En eso fue en lo que quedaron, nadie te puso un revólver en la cabeza para obligarte a aceptarlo, lo hiciste por tu propia voluntad. ¿Y cómo me negaba si estoy muerto de hambre?, reflexionó, molesto. Pero, lo que más le dolía era que el maldito tenía razón. Los argumentos que le dio eran inobjetables: ¿cuánto tiempo le iba a tocar insistir a un músico de playa como él, al que nadie respetaba en esta ciudad y que tenía una fama de lo peor entre sus colegas, para que alguien se dignara por lo menos a escuchar alguna de sus composiciones? Hasta entonces nadie había querido hacerlo. Pero, en cambio, «Chocolate» ahora era el Maestro, así, con mayúsculas, el sucesor nada menos que de Contreras, uno de los músicos más importantes del país. Sí, ese currutaquito deslenguado se había convertido en el director de una orquesta de prestigio, y por eso podía conseguir en una noche lo que a Rafa le llevaría quien sabe cuánto tiempo más, si es que alguna vez lo lograba. Cosa que comenzaba a dudar y que fue al fin de cuentas lo que terminó decidiéndolo a aceptar la propuesta. Unas por otras.

—Señores, ¿qué les parece? —dijo «Chocolate» con un brillo de satisfacción en la mirada.

De inmediato los músicos se deshicieron en halagos hacia las composiciones, lo que terminó de dañarle el genio a Rafa. Esos elogios eran para él, era él quien los merecía. Pero a cambio tenía que ver cómo «Chocolate» sacaba pecho y luego, mientras asumía un tono de fingida modestia —que en realidad no lo era, porque no tenía nada de que enorgullecerse—, levantó la batuta y dio la orden de que la orquesta comenzara a tocar.

Rafa estuvo a punto de echarse a llorar. Jamás había escuchado su música interpretada de esa forma. Para ser justos, hasta ese día solo pudo oírla en su cabeza, y en los pocos acordes que tocaba antes de poner las notas en el papel mientras componía. Pero, poder disfrutarla de ese modo era una experiencia única e inigualable. Cruzó una mirada con «Chocolate» y, a pesar de todo, sintió un profundo agradecimiento hacia él, por lo que no pudo evitar sonreírle. Por un momento, la alegría lo desbordó de tal manera que se olvidó de Matilde. Y eso era algo que no tenía precio, así fuera apenas por el tiempo que durara la canción. Si pudiera hacerlo para siempre, pensó, la dicha sería completa.

A mitad del ensayo se abrió una puerta del otro lado del salón y Rafa pudo ver como Maximiliano entraba con cuidado, acompañado de una mulata espectacular. El muchacho, que en ese momento atacaba un arpegio brillante con su saxofón, casi se quedó sin aire por el deslumbramiento que le produjo el porte de la mujer. ¡Qué hembra!, pensó, y durante todo el resto de la canción no pudo quitarle los ojos de encima a esas caderas exuberantes, a esa cintura de avispa y a esos senos voluptuosos que lo hicieron desearla con una fuerza que quizá solo explicara el estado en el que estaba por culpa de la española. Con una de esas se me cura todo, se dijo y atacó un solo impetuoso para llamar su atención. Pero lo mejor vino luego, porque ella, después de hacer un rápido barrido sobre la orquesta, posó sus ojos de gata en él y el encuentro de esas miradas fue como si una descarga de energía, violenta y arrolladora, hubiera azotado el lugar. Aunque solo la sintieron ellos dos. Por lo que unos minutos más tarde, cuando Maximiliano la presentó ante todos como Lila Laverde, la nueva cantante de la orquesta, y ninguno de los dos podía quitar sus ojos del otro, Rafa supo que estaba a punto de embarcarse en algo que quien sabe qué dolores de cabeza le habría de traer. Pero no le importaba.

Recorrió con lentitud sus nalgas, mientras palpaba con sus dedos la suavidad de su piel y sentía la firmeza de sus carnes jóvenes y turgentes. Ahora que la tenía a su lado, tan desnuda como él, había podido comprobar que la promesa de ese cuerpo perfecto que se adivinaba bajo la ropa era real, y mucho más sensual de lo que pudo imaginar. El sexo que acababan de tener también fue tan satisfactorio como lo esperó. La mujer era dueña de una experticia que pocas de sus amantes habían demostrado tener. Y, sin embargo, después del ajetreo irrefrenable que acababan de disfrutar, descubrió que el vacío seguía ahí, que no había podido librarse de esa tristeza que venía atormentándolo desde que Matilde se burló de él con esa crueldad que nunca esperó.

—¿Qué pasa? —preguntó Lila con su voz cálida, que sintió como una caricia dulce cuando se acercó a hablarle casi que al oído—. ¿No te gustó?

—Me encantó —dijo Rafa mordiéndole los labios y atrapándola luego con un beso con el que intentó que se manifestara una pasión que estaba lejos de sentir. Maldita española, se quejó para sus adentros, tenía que sacársela de la cabeza como fuera.




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