Hotel pasión

Capítulo 14 MATILDE

—¡Me cago en todos mis muertos! —dijo y abrió el grifo para echarse agua en la cara y espantar los últimos vestigios del malestar. Entonces oyó a su tía, que le gritaba escandalizada desde el otro lado de la puerta.

—Hija por Dios, lávate esa boca, que ya pareces un camionero de lo vulgar que te has vuelto.

—No te preocupes, tía, que justo eso voy a hacer —respondió Matilde. Bebió un sorbo de enjuague bucal y lo escupió luego de un buche prolongado.

Al pensar en los mareos de los últimos días, recordó la expresión de inquina de su padre. ¿Entonces iba a resultar cierto lo que dijo, que todo esto que sentía era un castigo divino por el pecado que cometió? ¡Pues que te quede claro, papá: me importa un comino y me lo aguanto, pero no me arrepiento de nada!

Como se sentía más despejada, abrió la puerta y salió del baño. Conchita tejía en una de las poltronas, levantó la cabeza y la miró.

—Si fuera mal pensada —dijo—, juraría que te emborrachaste anoche.

—Pero si eso fue lo que hice, ¿no ves que me bebí hasta el agua de los floreros y por eso estoy devolviendo desde el primer biberón que me tomé?

La otra soltó una de esas carcajadas sonoras y llenas de vida, que eran una de las cosas que Matilde más quería de su tía, por esa alegría que derrochaba siempre a montones, a pesar de lo dura que había sido su vida.

—Vas a decir que soy una rabicaliente —agregó su tía mientras dejaba a un lado la labor—, pero no sabes las ganas que me dieron de bajar contigo. —Le guiñó un ojo y sonrió pícara—. Si quieres, podemos ir de nuevo juntas, a ver si me desentumo un poco y muevo el esqueleto como en mis tiempos. Aunque con estos ritmos de ahora, ya ni sé cómo es que se baila.

El semblante de Matilde cambió de inmediato. Respondió con dureza.

—No pienso volver a salir, y mucho menos bajar a ninguna fiesta del hotel.

—¿Por qué? ¿Te pasó algo malo? Ay, no debí hacerle caso a ese orate de Maximiliano, no sé por qué dejé que me convenciera. Cuenta, por Dios, ¿qué te hicieron?

—Nadie me hizo nada, no te preocupes.

—No me mientas, estoy segura de que pasó algo.

Matilde sabía que su tía era capaz de seguirla interrogando por el próximo par de horas, hasta quedar convencida de que no le ocultaba nada. Como no quería aguantarse esa rémora, decidió aplicar la táctica que siempre resultaba con ella: hacerla pensar en algo que la preocupara lo suficiente como para distraerla.

—Ahora que mencionas a Maximiliano —disparó certera—, nunca me has contado que relación tiene con mi mamá.

La otra cayó de inmediato en la trampa, agarró de nuevo el tejido y contestó mientras hilaba nerviosa.

—La verdad, no lo sé muy bien. Lo único que te puedo decir a ciencia cierta es que se conocieron en La Habana.

—Mamá nunca me contó que hubiera estado en Cuba.

Como se había concentrado de nuevo en el tejido, a Conchita se le escaparon sus pensamientos y le soltó en voz alta, sin medir las consecuencias.

—Ya te digo yo, nadie se imagina que Irene, ahí donde la ves tan seria y bien puestecita, haya cometido tantas locuras durante la guerra.

—¿Como cuáles? —dijo Matilde, cada vez más picada por la curiosidad.

—Ay, hija, ¿de dónde crees que te viene lo descocada? De tu madre, ¿de quién más?

La muchacha bizqueó, a su mamá habría podido imaginársela haciendo cualquier cosa, menos locuras. De modo que comenzó a ametrallar a preguntas a su tía.

—¿Por qué estaba mamá en La Habana? Y lo que me tienes que contar ya mismo, es cómo conoció a Maximiliano y qué relación tuvo con él.

Conchita tomó aire mientras negaba mortificada.

—María de la Concepción Aguirre y Cajal, ¿por qué tienes que ser tan bocona? ¡Por eso es que tu hermano te regaña siempre y nadie en la familia confía en ti para guardar un secreto o encargarte algo que requiera de tacto! Vaya Cristo a saber qué bicho les picó para que aceptaran mandarte a cuidar a esta criatura tan lejos de casa. ¿Y tú qué haces? ¡Le dices cosas que no debería oír nunca!

—Mira, ni creas que te vas a escapar. A ver, suéltalo. Mamá se fue para La Habana y allí conoció a Maximiliano, ¿cierto? Por algo que tenía que ver con la guerra, ¿me equivoco?

—Qué va, si el que estaba en Cuba recogiendo fondos para el generalísimo era tu papá —dijo la otra antes de taparse la boca, escandalizada por la nueva revelación que acababa de hacer.

Matilde reculó, habría pensado en cualquier cosa, menos en que su padre estuviera involucrado en el asunto.

—¿Mamá también conoció a papá en La Habana? —dijo sorprendida—. A ver, cuéntame: ¿cómo es eso de que él estaba recogiendo dinero para Franco? ¿Iba a comprar armas y todo eso? —Negó, divertida. —¡Esta sí es buena, ahora resulta que el «intachable» don Arturo fue un vulgar contrabandista!

Su tía, azorada, dejó a un lado el tejido, se levantó de la silla y trató de poner distancia, pero Matilde la siguió.

—Ya abriste la boca, de modo que suelta todo el chisme.

—Es que estas cosas no te las debo contar. Niña, no me hagas esto, ¿sí? Mira, lo mejor es que te esperes y hables con tu mamá cuando volvamos.




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