Las manos abrieron nerviosas el archivador y buscaron con prisa entre los documentos perfectamente ordenados en legajadores. Desde que empezó a espiarlo, le había llamado la atención lo puntilloso y metódico que era ese hombre; lo que le hacía temer que sería casi imposible descubrir algo que lo incriminara. Llevaba días esculcando sin éxito en cuanto recibo, factura e ingreso de caja por más mínimo que fuera, para tratar de seguir una línea que lo llevara a encontrar el método que usaba su jefe para encubrir el dinero que le entregaba Joel Clavijo.
De todos modos, tampoco era que ayudara mucho el pánico que sentía Alfredo cada vez que debía hacerlo. Si de algo lo había convencido su incursión en aquel sórdido asunto, era que no servía para esto. Siempre, mientras buscaba cualquier información, temía que Maximiliano apareciera de un momento a otro. Tenía la certeza de que no sería capaz de inventarse una mentira convincente para justificarse y este terminaría descubriéndolo todo. Después, quién sabe lo que pasaría. Su jefe podía ser un caballero, pero con el gánster de Clavijo las cosas serían a otro precio. Y entonces, por andar tan embebido en sus pensamientos, no se dio cuenta de que estaba a punto de ocurrir lo que tanto lo inquietaba.
—¿Qué hace? —oyó la voz firme de Maximiliano a sus espaldas.
Alfredo se giró lívido para mirarlo y descubrió que venía decidido hacia él.
—Le hice una pregunta, Cuadros, responda.
Pero el muchacho seguía sin poder hablar. Cuando por fin reaccionó y trató de darle una respuesta, el otro no lo dejó.
—No se moleste —dijo—, yo sé lo que hace, me está espiando, ¿cierto?
Alfredo sintió primero que el mundo se le venía encima, pero casi de inmediato una sensación de alivio se apoderó de él: ya no tendría que seguir con toda esta farsa, y le dieron unas ganas enormes de echarse a llorar.
Maximiliano se paró en frente suyo, sonriendo con un deje de picardía que Alfredo no pudo comprender.
—Le ofrezco el doble de lo que le pagan para que se ponga de mi lado —dijo.
—Don Maximiliano, yo no… —balbuceó el muchacho.
La carcajada que soltó el otro terminó por desconcertarlo.
—Si pudiera verse la cara, Cuadros, es toda una tragedia. A ver, hombre, tranquilícese que le estoy mamando gallo, solo bromeaba. ¿Por qué iba a creer que alguien lo puso a espiarme? ¿Para qué carajos?
No sabía muy bien por qué, pero algo le decía a Alfredo que su jefe no era sincero. Lo vio ir hacia el bar que tenía en uno de los costados de la oficina y comenzar a servir un trago con aire despreocupado, mientras continuó diciendo:
—¿Sabe que ese es su problema más grave? Usted es demasiado serio. ¿Cuántos años tiene? ¿Veintitrés, veinticuatro?
—Veintiuno —dijo Alfredo, a quien ya le había vuelto el color al rostro.
—¿Apenas? ¿Sí ve?, parece mucho mayor. ¿Y por qué? Por andar siempre tan serio. Pero tranquilo, eso se arregla fácil. Yo también era así, me preocupaba por todo, y es justo por eso que me recuerda tanto a mí cuando tenía su edad.
Maximiliano caminó hacia él y le ofreció uno de los dos vasos que había servido. Alfredo lo miró sin decidirse a tomarlo.
—¿No es como muy temprano para comenzar a beber? —dijo.
—¿Y? —Maximiliano sonrió divertido y le insistió con el trago, que el otro terminó por recibir—. Eso es algo en lo que no nos parecemos, y en lo que usted ganaría mucho: en ser más arriesgado. Deje de apegarse tanto a las reglas, a veces el mejor camino para conseguir lo que uno quiere es saltándoselas.
—¿Eso incluye también saltarse la ley?
Alfredo no supo muy bien por qué lo dijo, por los nervios, quizá, pero se arrepintió apenas lo hizo. Maximiliano le dirigió una de esas miradas que siempre lo incomodaron desde que lo conoció y que le daban la impresión de que el hombre sabía el porqué estaba ahí, por lo que sintió de nuevo la tentación de contarle todo. En el poco tiempo que llevaba trabajando con él pudo descubrir que era un gran tipo, a pesar de la fama que tenía. Además, lo había tratado con bastante consideración y respeto, que era mucho más de lo que podía decir de don Antonio y los otros socios. Al final, si aceptó espiarlo para ellos, era porque las deudas de su papá con esos hombres no le dejaban otra alternativa.
Maximiliano, que se quedó saboreando el whisky un momento antes de contestar, lo sacó de sus pensamientos.
—Ahora no vamos a discutir sobre dilemas morales —dijo—, presiento que es demasiado recto para percibir los grises que tiene la vida. Pero justo por eso es que creo que puedo confiar en usted y pedirle que me haga un favor muy grande. —Alfredo tragó grueso y se sintió peor—. Cuadros, necesito que me ayude viniéndose a vivir al hotel las 24 horas durante una temporada. Y para compensarlo por la molestia, le voy a dar una de las suites grandes y todos sus gastos: comida, licores, invitaciones a quien quiera, lo que se le antoje, lo que necesite, corre por cuenta mía —. Alfredo intentó replicar después de reponerse de la sorpresa, pero Maximiliano no lo dejó y se apresuró a explicar—. Déjeme se lo aclaro, porque sé que suena un poco extraño lo que le estoy pidiendo. Los días que vienen van a ser cruciales para el futuro de este hotel y necesito que me ayude a coordinar lo que va a pasar. Como sabe, el fin de semana tendremos el evento de la alcaldía, que debe salir perfecto porque de eso depende que nos den una serie de contratos durante todo el año. Pero lo más importante es esto… —Maximiliano fue hasta el escritorio, abrió una inmensa carpeta de cuero rojo que reposaba encima de este y comenzó a sacar unas primorosas acuarelas de gran formato pintadas en gruesos cartones, que Alfredo miró cada vez más entusiasmado mientras el otro se las pasaba—. Son los bocetos de la remodelación que voy a hacerle al Perla Celeste. ¿Qué le parecen?