Hotel pasión

Capítulo 16 CANDELARIA

Cuando atravesó la puerta de la cocina, todavía sentía ganas de llorar, y de arrancarle la cabeza al primero que se le cruzara. ¡Había sido tan estúpida! Pero no tenía excusa, todo era culpa suya por inventarse aquella película romántica. ¿O no? Estaba segura de que no se había imaginado la forma en que Alfredo la miraba; ni las sonrisas encantadoras que le dedicaba siempre que se encontraban. Tampoco la manera en que la hacía sentir, tan única y especial desde la primera vez que se vieron. Pero, si no era un invento suyo…, ¿él había estado jugando con ella todo este tiempo? A pesar de que lo conocía desde hacía muy poco, se negaba a creer que fuera capaz de algo así.

Decidió no pensar más en el asunto y concentrarse en salir airosa de la semana de prueba, para quedarse con el puesto en la oficina. Pero le preocupaba cómo iba a conseguirlo, el trabajo en las cocinas del hotel no le dejaba tiempo para nada más. Por eso, a pesar de que le había dado muchas vueltas, era consciente de que no tenía alternativa: le tocaba hablar con su mamá y contarle lo que iba a hacer, aunque sabía de antemano que Petra no estaría de acuerdo.

Candelaria tomó aire y caminó resuelta hacia donde estaba su madre, al fondo de las cocinas. En el trayecto se cruzó con Gerard y su asistente, que en ese momento revisaban unos entrantes que debían servir con el almuerzo y le lanzaron una mirada de desdén. Luego llegó hasta en frente de Petra, que iba afanada de un lado para otro, revolviendo y añadiendo ingredientes a las gigantescas ollas que humeaban en los fogones.

—¡Siquiera llegaste! —dijo Petra—. Voy a necesitar que me ayudes cantidades, porque si no, olvídense de que voy a poder sacar adelante el dichoso evento ese —. Se detuvo y miró con rabia hacia donde estaban Gerard y el otro—. Ese par me la están poniendo muy difícil.

Gerard, que justo levantó la cabeza en ese momento, como si hubiera sentido que lo miraban, hizo una mueca de fastidio, a la que Petra respondió con una sonrisa llena de desprecio.

—Te juro por la Virgencita, que están planeando algo para sabotearme.

—Deja de ser tan paranoica —dijo Candelaria, que había perdido todo el valor que traía y ahora no sabía cómo soltarle a su mamá lo de la prueba. Por eso dijo con timidez—. ¿Y no será que podemos buscar a alguien más que te ayude?

Petra, que había seguido con su cocinado, se detuvo a mirarla con suspicacia, como si una alarma se le hubiera encendido en la cabeza.

—¿Ahora qué pasó? —dijo—. ¡Sea lo que sea, no me puedes sacar el cuerpo! ¡Esta vez no!

Candelaria intentó protestar sin mucha fuerza.

—Es que… tengo otros planes.

—Mira, yo sé que lo de trabajar en una cocina a ti siempre te ha parecido algo humillante; y créeme que lo entiendo, pero esto es lo único que sé hacer, y gracias a Dios de eso hemos vivido, a pesar de todo lo que lo desprecias.

—Mamá, no es eso, tú eres una cocinera excelente y…

Petra pasó la mano por enfrente de su cara, indicándole que no quería escuchar sus razones.

—Si no lo haces por mí —dijo—, hazlo por Máximo. Tú se lo prometiste y él está confiando en nosotras.

Candelaria sintió que era la peor de las hijas. Sabía todo lo que le dolía a su mamá la actitud que tenía con respecto a lo que ella hacía; por eso no le quedó otra alternativa que decirle:

—No te preocupes, te voy a ayudar en lo que necesites y miro cómo soluciono las otras cosas que tengo que hacer.

Petra le sonrió con tristeza y dio media vuelta para concentrarse de nuevo en sus ollas. Candelaria se sintió peor, quiso agregar algo, pero justo llegó Gerard.

—¡¿Qué demonios está cocinando?! —dijo—. ¡Ese olor lo invade todo y no me deja concentrar!

—¡Pues por lo menos huele mejor que esa comida insípida que prepara usted! —reviró Petra, que quería desquitarse con alguien por la amargura que sentía.

Francisco, el cadavérico asistente del chef, intentó protestar. Pero Gerard lo contuvo con un ademán, luego agarró un cucharón, y pasando por encima de Petra, lo metió en una de las ollas para probar su contenido; lo que hizo que la otra, en lugar de rezongar, se quedara pendiente de su reacción.

—La verdad —dijo Gerard—, está bastante bien. —Y añadió, mirando a Petra con actitud de genuino colegaje—. ¿Puedo hacer una sugerencia? Si le pone un poco de limón, cortaría mejor la grasa y la textura sería más suave. Pero, por lo demás, está perfecto.

—¿Sabe que tiene razón? No se me había ocurrido —dijo Petra, que de inmediato puso en práctica la indicación del otro y probó de nuevo. Después de asentir, le pasó una cuchara al chef, para que diera su opinión—. Quedó muy bueno.

—¿Sí ve? —dijo Gerard mientras saboreaba con agrado—. Me gustaría tener la receta.

—Qué pena, don Gerardo —dijo Petra—, eso sí no se va a poder; me la enseñó mi abuela, y a ella la suya, y por eso solo las mujeres de mi familia sabemos cocinarla. A la única que pienso dársela es a esta —y señaló con la boca a Candelaria, que sonrió por compromiso. Después soltó un suspiro—. Aunque creo que a ella no le interesa ni un poquito tenerla.

Francisco sintió la necesidad de intervenir.

—¡Pero qué ignorante que es usted! —dijo mirando a Petra. —Para cualquiera sería un honor que un chef de la categoría del maestro le pida una receta —. Luego se dirigió a Gerard—. No puedo imaginar las mejoras que le haría usted a un plato tan primitivo.




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