Clavijo miró con desconfianza el dinero sobre la mesa.
—¿De dónde sacó un muerto de hambre como tú para pagarme toda la deuda? —dijo—. ¿A quién se lo robaste? —añadió y soltó una carcajada que corearon sus gorilas.
Rafa, sin abandonar la actitud de desafío que tenía desde que llegó al garito, se sentó con displicencia delante del otro.
—Ahora soy músico de la orquesta del «Perla celeste» y estoy ganando muy bien —dijo sonriente.
De inmediato, Clavijo volteó a mirar a Lila, que estaba de pies a su lado.
—No me habías dicho que este payaso trabajaba contigo —masculló con desconfianza.
—Yo no me la paso hablándote de todos los de la orquesta —dijo Lila mientras le acariciaba la cabeza. Después le dio un beso y miró de reojo a Rafa—. Además, no sabía que te debía plata, nunca lo había visto por aquí.
—Porque tenía miedo de que le partiera las piernas por mala paga. —Clavijo soltó otra de sus carcajadas. Después agarró a Lila con brusquedad, la sentó sobre sus piernas y le apercolló un beso, marcando territorio.
Rafa se cuidó de mostrar ninguna reacción. Clavijo chasqueó los dedos para que uno de sus hombres recogiera el dinero y dijo con la mirada clavada en el muchacho.
—Óyeme bien, caribonito, que solo te lo voy a advertir una vez: cuidado con fijarte en lo que no es tuyo.
—No se preocupe, don Joel, yo podré estar muy enviciado al juego, pero jamás le apuesto a una mano que ya sé que tengo perdida.
—Más te vale.
—Aunque si me permite que se lo diga, y no vaya a pensar que le estoy faltando al respeto —sonrió Rafa con picardía y miró a Lila—. Por una mujer como la suya valdría la pena cualquier riesgo. Debe sentirse orgulloso de que sea únicamente para usted, don Joel.
En un primer momento, Clavijo no supo cómo reaccionar; la impertinencia del otro lo había descolocado por completo. Pero, cuando intentó decir algo, lo interrumpió Maximiliano, que llegó en ese momento.
—Buenas noches —dijo encarando al gánster—. ¿Tienes un minuto? Necesito que hablemos de un asunto importante.
—Joel Clavijo siempre encuentra tiempo para los amigos. Siéntate.
Mientras lo hacía, Maximiliano reparó en Rafa. Trató de ubicar dónde lo había visto, pero como no pudo, el muchacho le allanó el camino.
—Sí, nos conocemos, trabajo para usted —dijo bromista—. Soy el músico nuevo que le está haciendo ganar mucha plata con las presentaciones de la orquesta del hotel.
Maximiliano respondió con frialdad.
—Corríjame si estoy equivocado; por lo que sé, ese éxito se lo debemos por completo a los temas nuevos que compuso el maestro Aguirre.
El tono de desdén del hombre hizo que Rafa sintiera ganas de soltarle la verdad. «Imbécil presumido, conmigo es con quien deberías estar agradecido por salvarte el pellejo», pensó furioso. ¿Crees que no sé —como todos los empleados del hotel— que tus socios quieren sacarte de en medio porque el negocio no está dando ganancias y lo único que te funciona son las fiestas con la orquesta? Sígueme tratando como basura y vas a descubrir, por las malas, que tu «maestro» no es capaz de componer nada que valga la pena. Pero de pronto era que había madurado; o que las pésimas decisiones que siempre le hizo tomar su soberbia después de todo le enseñaron algo, porque se tragó su orgullo y no respondió lo que hubiera deseado.
—Sí, tiene razón, don Maximiliano —se escuchó decir y casi le da un ictus—, el maestro es un genio. —Se levantó molesto y se despidió de Clavijo—. Nos vemos. Y con esto estamos en paz, ¿cierto?
—Por supuesto —respondió este—. Pero ¿no te quedas a jugar? Otra vez tienes el crédito abierto.
—No, gracias. Otro día vuelvo. —Giró hacia Maximiliano y agregó—. Que tenga buena noche… —no se pudo contener, y devolviéndole todo el desdén con el que el otro lo había tratado, le soltó con desprecio:— patrón. —Al fin de cuentas, recapacitó, todavía le faltaba madurar bastante.
Maximiliano no respondió, se quedó viendo cómo se alejaba, mientras pensaba que a pesar de que siempre que se veían tenían un encontronazo, le gustaba ese muchacho. De pronto era esa arrogancia suya la que le generaba tanta simpatía, ese no doblegarse, ese no quedarse callado y enfrentarse al que fuera. Justo como él.
—Tiene su genio, el pelado —dijo Lila, que tampoco le quitaba los ojos de encima a Rafa, que ya salía por la puerta.
—¿Y es que eso te gusta mucho, o qué? —replicó Clavijo molesto.
—¿Ya te pusiste celoso mi calvito? —se burló Lila.
—¡No juegues conmigo! —El tono de amenaza del gánster la hizo estremecer, sabía de lo que era capaz ese hombre.
—Perdón —dijo con humildad.
Clavijo se río con lo que para él era lo más parecido a expresar dulzura y la abrazó por las caderas. Luego habló sin dejar de sonreír y mirando a Maximiliano.
—¿No es la mujer ideal? Para ella yo siempre digo la última palabra. Aprende, Máximo, así es como uno tiene que tratarlas para que lo respeten.
Maximiliano guardó silencio y se limitó a mirar a Lila, que pretendía parecer imperturbable, pero un temblor casi imperceptible en su labio superior delataba la rabia que sentía.