Era el día definitivo, quizá el primero de lo que podría ser el resto de su vida si las cosas salían bien. Por eso Candelaria había diseñado un cronograma planificado al minuto y sin margen de error, que la obligó a estar en las cocinas cuando todavía estaba oscuro y ni siquiera habían llegado los cocineros del primer turno, los que se encargaban de los desayunos.
Durante las horas que siguieron, la muchacha trabajó como loca, preparando lo que sabía que su mamá iba a necesitar para lo que debía cocinar esa mañana; por eso, cuando llegó Petra, a las siete en punto, y descubrió que ya tenía todo listo, la miró intrigada y preguntó:
—¿Y tú qué estás tramando ahora?
Candela la embolató lo mejor que pudo, y siguió con su itinerario, como un deportista con la vista fija en la meta. Cuando faltaban quince minutos para las ocho, estaba lista a salir corriendo hacia la oficina. Ya había calculado que tenía el tiempo justo para entrar al baño auxiliar que quedaba en el pasillo, cambiarse el uniforme y ponerse el discreto conjunto de oficinista que le había prestado una excompañera del colegio, que era secretaria en la alcaldía. Pero entonces, cuando estaba a punto de alcanzar la salida, el repelente de Francisco, que era el chef principal durante los desayunos porque Gerard no se aparecía sino hasta después de las diez, la detuvo con un grito.
—¿Para dónde cree que va? —le dijo con su repelencia de siempre.
—Tengo que ir al médico —respondió Candelaria sin inmutarse.
—Me importa un pepino, usted no se va a ir. Aquí los empleados deben cumplir con su horario; y si tienen pendiente algo personal, bien pueden hacerlo por fuera de su jornada de trabajo.
—Pero… —trató de replicar la muchacha. Francisco no la dejó hablar.
—¡Ya le dije que no se va! ¡Punto!
Candelaria se quedó bloqueada, sin saber qué hacer, mirando con angustia el reloj que avanzaba veloz, recortándole, cada segundo, las esperanzas de llegar tiempo para cumplirle al señor Acosta.
—¿Qué pasó? —dijo Petra acercándose, porque había oído la discusión.
—Nada que a usted le importe —respondió Francisco, grosero—. A ver, muévanse, a trabajar, que para eso les pagan.
Ninguna de las dos mujeres se movió de su sitio. Petra miró el gesto de angustia de su hija y preguntó.
—¿Qué tienes? ¿Te sientes bien?
—No —dijo Candelaria—, y justo voy para el médico, pero ese tonto no me deja.
—¿Estás enferma? ¿Por qué no me lo habías dicho?
La otra inventó sobre la marcha.
—No es nada, mamá; son solo unos exámenes que tengo que hacerme…
—¿Exámenes? ¿Para qué?
—Después te cuento.
Cuando Petra iba a replicar, Francisco, que se había alejado un momento a supervisar las omelettes, se devolvió furioso a encararlas.
—¡¿Pero están sordas o qué?! —gritó—. ¡Les ordené que se pusieran a trabajar!
Petra agarró un pesado cucharón de hierro y lo blandió sobre la cabeza del flacuchento. Este, después de la sorpresa inicial, retrocedió asustado y se encorvó cobarde.
—¡A mí no me grita nadie! —bufó Petra—. ¡Y menos un sobrado de tigre como usted! Si mi hija necesita ir al médico, no se lo va a impedir un langaruto chupa medias.
—Señora —replicó amedrentado el otro—, le recuerdo que cuando el maestro no está, yo soy el que manda en…
—¡Usted qué va a mandar en nada, pedazo de bobo! —lo interrumpió Petra—. ¡Y si tiene alguna queja, hágasela a Máximo y dígale que usted le negó el permiso de ir al médico a su ahijada, a ver qué le dice!
Francisco la miró con rabia, pero no contestó nada.
—Vete, mija —dijo Petra—, que por lo visto este señor ya no tiene ningún problema con que lo hagas. Y si no, que hable conmigo.
Candelaria no se lo hizo repetir y salió corriendo; si se apuraba, todavía podía llegar a tiempo. Como vio que Petra bajó el cucharón, Francisco se estiró, tratando de recomponer en algo su perdida dignidad y les gritó a los demás empleados, que habían dejado de trabajar por contemplar la escena.
—¡¿Por qué están viéndome como idiotas?! ¡Muévanse, que los huéspedes esperan sus desayunos! —Luego fulminó a Petra con una mirada cargada de odio—. Esto no se queda así.
Candela respiró aliviada al entrar a la oficina y ver que el reloj en la pared marcaba las ocho en punto.
—Un buen empleado siempre llega a tiempo —dijo como saludo el señor Acosta, que sentado detrás de su escritorio terminaba de ponerse la visera y los manguitos, sin los cuales no podía empezar a trabajar, como buen contable a la vieja usanza que era.
Candelaria sonrío satisfecha, lo había logrado por los pelos.
—Doy por descontado que sabe escribir a máquina —dijo Acosta, señalándole un escritorio que tenía a su lado, con una pesada Remington encima.
—Claro que sí —respondió la muchacha, agradeciendo las lecciones que le había dado a escondidas de su mamá, misia Herminia, una vecina a la que le pagó con almuerzos.
El viejo contable puso una pila de papeles en frente de Candelaria, después de que esta se sentó ante el escritorio.