Hotel pasión

Capítulo 19 ALFREDO

«De modo que esto es lo que se siente», pensó Alfredo. Ahora estaba del otro lado, esta noche no era un empleado más del Perla Celeste, sino uno de sus huéspedes, sentado en una de las mesas del exclusivo restaurante de la piscina. Todavía no podía creer el cambio que había tenido su vida en el último par de días. Ahora usaba ropas confeccionadas con telas tan finas, que parecía que le acariciaban la piel cuando se las ponía; además, dormía en una suite que costaba al día lo que él se ganaba en dos meses, y su cama era una nube bajada del cielo, ¡jamás había descansado tan bien! Pero esto no era ni de lejos lo más importante que le había sucedido, lo mejor iba a pasar esta noche.

La vio venir caminando radiante al lado del maître que la acompañaba. Estaba bellísima con ese vestido negro largo, tan ceñido a su cuerpo que parecía como si se lo hubieran cosido sobre él, y que resaltaba de manera espectacular sus curvas.

Alfredo se levantó para saludarla con un beso en la mejilla y sintió un ligero estremecimiento, pero no por la brisa fresca que soplaba, si no por sentirla de nuevo tan cerca.

—Estás preciosa —le dijo y ella solo pudo pensar en toda la odisea que había sido conseguir un vestido apropiado entre los conocidos del barrio, que apenas si tenían lo que se ponían a diario. Al final, escondido en medio de bolas de naftalina en el baúl de la mamá de una de sus amigas, apareció este, que la mujer se había quedado de cuando participó en su juventud en un reinado popular patrocinado por el Club Cartagena, y que quien sabe por qué extraños designios del azar le quedó como un guante. Lo único que la atormentaba era que oliera mucho a naftalina, por eso se bañó en perfume, para disimular también el olor a comino y fritura que siempre creyó, sin razón, que le dejaba su trabajo en la cocina.

—Es un placer atenderlos esta noche —dijo el maître, cruzando una mirada de complicidad con Candela, que le devolvió una sonrisa agradecida. El hombre se había sorprendido mucho cuando llegó vestida de esa forma, tan diferente a la que acostumbraba verla todos los días, siempre con su uniforme de cocinas. Candelaria le explicó la situación y le pidió que le ayudara. Sabía que lo iba a hacer porque, para fortuna suya, el tipo odiaba a Francisco y esto lo hizo su aliado inmediato desde cuando vio cómo las trataba el adulón a ella y a su mamá. —¿Puedo sugerir algo de tomar?

—Uy, sí, hágame ese favor —dijo Alfredo, aliviado—. Usted sabe que estoy aquí de colado y que no tengo idea de estas cosas tan finas. Pero eso sí, por favor escoja algo que no sea muy caro, no quiero abusar de la amabilidad de don Maximiliano.

—Por supuesto.

Cuando el maître se alejó, Candelaria y Alfredo quedaron en un silencio incómodo que ninguno se atrevió a romper. Hasta hacía unos pocos minutos, ella estaba rendida por el ajetreo que había tenido que soportar durante el día, pero ahora, al verlo y estar con él, se sintió reanimada. Sin embargo, pensó que no debía hacerse ilusiones, era lo mejor, él se iba a casar con otra.

Como si la hubiera oído, Alfredo dijo:

—No voy a aplazar las cosas hablando de tonterías, te invité para explicarte por qué no te mencioné nunca mi matrimonio con Adela, y eso es lo que voy a hacer.

Ella lo interrumpió con dulzura.

—Te repito que no tienes nada que explicarme, de verdad. —Luego su voz sonó triste—. Olvidémonos del tema y disfrutemos la noche; total, no creo que volvamos a hacer esto otra vez.

Al escucharla, Alfredo sintió como si un abismo enorme se abriera en frente suyo. No, no iba a permitirlo, esta no podía ser la última vez que estuvieran así. Por eso dijo decidido:

—Reconozco que lo hice a propósito, que no te conté que tenía novia y que íbamos a casarnos por una razón, porque me gustas, ¡me gustas mucho!

Si las circunstancias hubieran sido otras, Candelaria habría estallado de la felicidad al escuchar la declaración de Alfredo, pero ahora lo único que lograban sus palabras era hacerle sentir dolor al confirmar que no estaba equivocada, que ambos se gustaban.

—No me digas eso, por favor, ahora no —dijo con un hilo de voz.

Alfredo continuó, acelerado, como si le fuera en ello la vida.

—Yo sé que no debería hacerlo, pero es la verdad. Desde que te conocí no he vuelto a ser el mismo. ¡Nada ha vuelto a serlo!

A pesar de que le decía lo que siempre quiso escuchar de sus labios, no lo quería oír más, le hacía daño. Le dolía tanto que intentó levantarse para irse, pero él alcanzó a agarrarla. La asió con firmeza del brazo e hizo que se sentara de nuevo.

—No te voy a dejar ir —dijo Alfredo, decidido—, y no me voy a disculpar por eso. Toda la vida me la he pasado portándome bien, siendo obediente con los demás. —Negó con amargura. —Por eso ahora estoy comprometido y a punto de casarme con una mujer que no quiero.

Candelaria no pudo evitar que su rostro se iluminara por un instante con una luz de esperanza. «¡No la quería!», pensó. Aunque de inmediato retomó la cordura.

—No digas eso —murmuró —. Pobre, casi no la conozco, pero ninguna mujer merece que el hombre con el que se va a casar hable así.

—Yo sé, y me siento terrible por decirlo, pero es la verdad. Es lo que llevo sintiendo desde hace mucho tiempo y no me atrevía a confesármelo ni a mí mismo. —Se quedó un instante en silencio, luego agregó, mirándola a los ojos—. Hasta que te conocí y me di cuenta de que no podía seguir engañándome ni engañándola a ella de esa manera.




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