Hotel pasión

Capítulo 20 MATILDE

El telegrama se lo habían entregado la tarde anterior en la oficina de correos, a la que pudo escaparse gracias a que Maximiliano le hizo una invitación «sorpresa» a Conchita para tomar el té. Después de leerlo, Matilde no había podido dormir en toda la noche, Cristóbal le anunciaba que llegaría esa tarde a Cartagena. Ahora solo tenía una certeza: necesitaba ayuda; pero no sabía a quién pedírsela.

Maximiliano le había demostrado que podía confiar en él, que no le hacía el juego a su mamá y que no le importaba que Matilde rompiera su encierro. Sin embargo, estaba segura de que no movería un dedo para ayudarle a reencontrarse con su novio. Con Conchita tampoco podía contar. Sí, su tía se había hecho la de la vista gorda durante estos últimos días, pero la pobre le tenía demasiado miedo a su hermano como para desafiarlo por ella. Y ahí terminaba su lista. «Estás completamente sola en esto, Matilde», se dijo. ¡Estúpida, el problema es que no vas a poder hacerlo sin la ayuda de alguien más!

El timbre del teléfono la sacó de sus tribulaciones.

—Debe de ser Maximiliano, que es el único que nos llama —parloteó Conchita despreocupada, mientras iba a contestar—. ¡Con qué locura irá a salir ahora! —Levantó el aparato y dijo—. Bueno, ¿con quién hablo? —Su expresión fue cambiando conforme escuchaba la voz del otro lado de la línea—. ¿Quién la pregunta? —replicó inquieta—. ¡Dígame quién es usted! —insistió. Después miró preocupada a Matilde, que no le quitaba los ojos de encima—. Me colgó.

Matilde, con el corazón desbocado porque intuía la respuesta, dijo:

—¿Quién era?

—Un hombre, y preguntó por ti, con tu nombre —dijo Conchita todavía perpleja—. ¿Qué está pasando aquí? —la encaró—. Aparte de nosotras y de Maximiliano, nadie más en la ciudad sabe que tú estás hospedada en el hotel.

Por un momento, Matilde se sintió tentada de arriesgarse y contarle la verdad, pero el impulso le duró poco. Por eso, puso la mejor cara de desconcierto que pudo fingir y exclamó.

—¿Y a mí qué me dices?, estoy tan sorprendida como tú.

Conchita se quedó rumiándolo unos segundos, luego preguntó inquisitiva.

—¿De casualidad no le habrás dado tu nombre a alguno de los muchachos con los que bailaste la noche que Maximiliano me pidió que te dejara salir? Esa es la única explicación que se me ocurre.

Matilde se pegó del cabo que le lanzó su tía.

—Sí, eso debe ser —dijo—. Tienes razón, seguro es algún baboso de esos. ¡Qué lata!, ¿no?

—Será mejor que no volvamos a contestar, y que tú no salgas más —dijo Conchita y después se santiguó, asustada—. ¡Imagínate que se den cuenta en casa de que te dejé salir! ¡Dios bendito, nos matan a las dos!

«¡Esto era lo único que te faltaba!», pensó Matilde, «¡Cristóbal ya está aquí y no voy a poder verlo, ni hablarle!». Pero, ¿y si no había sido él quien llamó?, se le ocurrió de repente. Su novio solo sabía que ella estaba en Cartagena de Indias, nunca le había dicho el nombre del hotel, mucho menos el número de la habitación. En ese momento recordó que Rafa la siguió el otro día hasta la puerta de la suite. Ahí estaba su respuesta.

«¡Rafa!», se le encendió de repente la bombilla, «¿y si le pido a él que me ayude?». Pero lo descartó de inmediato, negando con un impulsivo movimiento de cabeza.

—¿Y a ti qué te pasa ahora? —dijo Conchita, de la que se había olvidado por completo que existía y que se sorprendió por la intempestiva reacción de la muchacha.

—Nada, tía. Me quedé pensando en quien podría ser el hombre ese —mintió Matilde con descaro—. Discúlpame, voy a echarme un rato. Ayer lo pasé fatal, no pude pegar el ojo más de un par de horas en toda la noche.

—¿Y eso?

—¿Y todavía lo preguntas? ¿O fue que ya se te olvidó que estoy embarazada? Porque, si es así, ¡qué bueno, ya podemos regresarnos a casa de inmediato y sin problema!

Conchita soltó la carcajada, y continuaba riendo cuando Matilde desapareció en el interior de su habitación para seguir devanándose los sesos, buscando la forma de verse con el padre de su hija.

La fiesta estaba en su apogeo. El ambiente en el interior del Salón Cartagena era bastante caluroso, a pesar de que funcionaba a todo dar el moderno aire acondicionado que Maximiliano había hecho instalar; un lujo con el que no contaba ningún otro hotel en el país. En la pista, las parejas bailaban la pegajosa canción que tocaba la orquesta, otra de las que compuestas por Rafa y que «Chocolate» decía que eran suyas, para ganarse una fama que crecía como la espuma. Todos —en especial los jóvenes— estaban enloquecidos con el nuevo ritmo.

Mientras se abría paso por entre los bailarines para llegar hasta la orquesta, Matilde aún dudaba de lo que iba a hacer. Lo estuvo meditando el día entero, pero siempre quedaba convencida de que era exigirle demasiado a alguien por el que sentía todo lo que Rafa había despertado en ella. Pero justo por eso era que creía que debía pedírselo a él. Así mataría dos pájaros de un tiro, era la justificación que se daba a sí misma.

Por fortuna no tuvo que volver a drogar a Conchita para escaparse, aunque lo pensó. Al final decidió recurrir a Maximiliano, diciéndole que estaba loca por bajar otra vez a uno de los bailes de la orquesta, y este se ofreció a ayudarle, como siempre. Todavía no le encontraba una explicación a lo alcahueta que era con ella, pero esta vez de verdad que se lo agradeció más que nunca, porque su tía estaba ranchada en que no quería salir, mucho menos que ella lo hiciera. Por eso al hombre le tocó convencerla, ofreciéndole un excitante y misterioso recorrido por los bajos fondos de la ciudad, y sobre todo, una visita al famoso garito de Joel Clavijo. Después de dudarlo por un buen rato, Conchita aceptó ir solo si Matilde accedía a quedarse encerrada en la habitación; lo que no imaginó fue que Maximiliano le pasaría una copia de la llave a la muchacha.




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