Hotel pasión

Capítulo 21 MAXIMILIANO

En todos los años que llevaba yendo a jugar al garito, Maximiliano jamás vio a alguien que se divirtiera tanto como lo estaba haciendo Conchita. La mujer la había pasado bomba toda la noche. Primero, cuando Maximiliano la llevó a comer al mercado de Getsemaní, donde quedó encantada con los ceviches de camarón, los patacones de plátano verde y las carimañolas que devoró en cantidades. Después, siguiendo el arrabalero recorrido que había planeado su guía, fueron a una taberna de los muelles, donde los marineros bailaban con las putas al ritmo cadencioso del danzón, la rumba y el chachachá. Allí Conchita demostró sus habilidades dancísticas, causando sensación entre la lumpen clientela, que le formó círculo para admirar los espectaculares pasos que todavía era capaz de hacer a sus casi setenta años. Pero la apoteosis de la noche fue sin lugar a dudas en el garito.

Cuando llegaron, Maximiliano de inmediato se la presentó a Clavijo, que quedó encantado con esa viejita de cara bonachona que bebía como cosaco, lanzaba tacos como camionero y se reía con unas estruendosas carcajadas que contagiaban a cualquiera.

—No vayan a creer que soy así siempre —dijo Conchita muerta de la risa mientras se zampaba de un envión el trago que le ofreció Clavijo—. Lo que pasa es que, para una oportunidad que tengo en la vida de levantarme la falda, me toca hacerlo a conciencia y sin vergüenza.

—Tiene toda la razón, mi apreciada dama —dijo Clavijo, divertido. Luego se dirigió a Maximiliano, que compartía mesa con ellos—. ¿Dónde tenías escondida a esta maravilla de mujer? ¿Por qué no me la habías presentado nunca?

—Escondida sí me tiene —se adelantó conchita antes de que Maximiliano pudiera decir nada—, a mí y a mi sobrina nieta. Pero no es culpa de él, sino de mi familia, que son todos unos abusivos, empezando por mi hermano, que ya me gustaría presentárselo a usted, señor Clavijo, para que le enseñara unas cuantas lecciones y deje de tratarme como lo hace. Y de una vez, también al baboso del papá de mi pobre Mati, que ese es otro que se lo merece.

—No es sino que usted me diga dónde encuentro a esos señores y yo me encargo de que no vuelvan a molestarlas nunca más.

—Cuidado, Conchita —intervino Maximiliano, bromista—, que a Clavijo no se le pueden pedir ese tipo de cosas, a menos que quieras que ese par terminen con todos los huesos rotos.

Conchita se santiguó asustada.

—¡Dios no lo permita! —dijo—. Que es cierto que lo que le están haciendo a la criatura está muy mal, pero tampoco es como para desearles algo tan terrible. —Luego le dio un codazo a Clavijo y agregó pícara. —Mejor deme otro trago de esto, que muy bueno sí está.

Después de llenarle el vaso, Clavijo se levantó y le dijo ceremonioso:

—Doñita, tómese todo el que quiera, que está en su casa. Ahora me va a tener que perdonar, me toca atender el negocio un rato. Pero ya vuelvo para que sigamos hablando. Mientras tanto, la dejo con Máximo, que no es tan buena compañía como yo, pero peor es nada. Con permiso.

—Siga usted —dijo Conchita y se bebió su trago, otra vez de un envión.

Cuando Maximiliano y la mujer quedaron solos en la mesa, este encendió uno de sus cigarros, le dio una chupada larga y dijo despreocupado:

—¿Cómo te ha parecido todo? ¿Valió la pena dejarte convencer de salir esta noche conmigo?

—¡Cada minuto! ¡Definitivamente eres un hombre maravilloso! —Se quedó un momento pensativa, luego negó con pesar—. Todavía no puedo entender cómo Irene prefirió quedarse con el pelmazo de Arturo, a casarse con un tipo como tú, que lo tiene todo: porte, figura, dinero y un don de gentes que hágame el favor, de pura estrella de cine. ¡Te lo digo yo!

—No sabía que estabas enterada de lo mío con Irene.

—¡Virgen bendita! ¡Otra vez andas de bocona, Conchita! Pero ahora no es culpa mía, ¡no señor! Con todo este licor que me he tomado, antes es que no he dicho más cosas. ¡Si sabré yo secretos de esa familia!

—¿Ah, sí? —sonrío Maximiliano, divertido—. ¿Como cuáles? Me interesaría mucho saber cosas ocultas acerca de Irene.

—¿Después de tantos años? No me digas que a pesar de todo el tiempo que ha pasado, todavía no la has olvidado.

El rostro de Maximiliano se ensombreció de inmediato, y un gesto de infinita tristeza se dibujó en él.

—Estábamos hablando de los secretos de ella, no de los míos —dijo.

—¡Entonces es cierto —exclamó Conchita—, sigues enamorado de Irene!

—Como el primer día que la vi —confesó el otro y soltó un suspiro largo, cargado de melancolía.

Quizá era por el efecto del alcohol, pero la anciana no se reprimió, sin que Maximiliano lo esperara, le acarició la cara con ternura.

—Ay, pobre alma —dijo—. Irene puede ser muy mi sobrina, pero no se merece que alguien como tú la quiera, y menos que sufras por ella. Por esa carita que tienes, se nota que la herida que te hizo nunca se ha curado del todo. ¿O me equivoco?

—No hables así de Irene, es una gran mujer.

—Si de verdad lo fuera, no habría sido tan cobarde de escoger la seguridad que le daba alguien como Arturo, a la aventura y el riesgo que tendría al lado tuyo. Porque eso fue lo que pasó, ¿cierto?

Maximiliano no contestó, se quedó un momento pensativo y los recuerdos se agolparon en su cabeza como un torbellino desaforado que quería tragárselo.




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