Solo se dio cuenta de que estaba entrando al garito de Clavijo cuando atravesó la puerta y se encontró a boquejarro con el frenesí que se vivía esa noche en particular en el local. Pero él siguió ajeno a todo. Después del encuentro y la discusión con Matilde, había terminado su presentación con la orquesta sin saber muy bien cómo, porque no podía dejar de pensar en ella. Luego cruzó al bar del hotel y bebió copa tras copa, hasta que el barman no aceptó servirle más, siguiendo las políticas de la administración.
Recordaba vagamente haber tenido en el bar otra discusión con Lila, que pasó por su acostumbrada «La del estribo», que era como le decía al vaso de tequila que bebía religiosamente, más por agüero que por otra cosa, después de cada uno de sus espectáculos.
Lila lo vio tan mal, que por un momento intentó un acercamiento, pero como Rafa fue tan cortante, a ella se le terminó de dañar el genio y le dijo que dejara de ser patético, y que si estaba tan «ardido» por lo que fuera que le hubiera hecho la niñita esa, la buscara para rogarle que lo consolara, como el pelele que estaba demostrando ser. Luego salió furiosa, sin que él siquiera se dignara a mirarla.
Mientras se sentaba con torpeza en una de las pocas mesas del garito que quedaban vacías, Rafa recordó que, después de que lo echaron del hotel, se bebió otra botella de ron en un bar de mala muerte que quedaba a dos cuadras. Mientras lo hacía, una idea fija se iba apoderando de su mente: quería que todo acabara ese día. Esa fue quizá el motivo inconsciente que lo llevó hasta el garito, donde sabía que el riesgo de que ocurriera algo que lo pusiera en peligro era bastante grande. Pero no le importaba.
—¿Qué se va a tomar? —oyó que le decía con amabilidad una de las meseras.
—Solo quiero que le avises a Lila que estoy aquí y quiero verla —dijo Rafa con voz pastosa.
La mujer fingió no entender y sonrió mientras decía:
—Disculpe, caballero, me repite, por favor.
—¡Que le digas a Lila que la necesito! —replicó el otro, grosero.
La mesera se alejó en silencio y de inmediato fue hasta la silla donde acostumbraba a sentarse el Conejo todas las noches y desde donde podía ver con claridad lo que pasaba en el lugar. Cruzó unas cuantas palabras con él y señaló hacia la mesa de Rafa. Luego se apartó, mientras que el corpulento guardaespaldas dejaba su asiento con aire camorrero y recorrió la distancia que lo separaba del otro sin quitarle la vista de encima. Cuando llegó delante de él, se le plantó desafiante.
—¿Te puedo servir en algo? —dijo el Conejo sin casi levantar la voz, como lo hacía siempre en ese tipo de situaciones, confiado en que la imponencia de su figura fuera lo suficientemente amenazadora.
Rafa ni se molestó en mirarlo, y mientras sonreía burlón dijo:
—Disculpa que te lo diga en tu cara: pero ¿qué te pasó? Esta noche estás feísima, Lila. ¡Cómo te verás de horrible, que ni te reconozco!
El Conejo no era un hombre al que le gustaran particularmente las bromas, y como además tenía a Rafa entre ceja y ceja desde hacía tiempo, no dudó en agarrarlo con violencia del cuello del smoking de la orquesta que no se había cambiado y lo acercó lo más que pudo a su cara.
—¡Ay, ahora sí te la ganaste «Caribonito»! —dijo—. Te voy a dejar precioso para ver si así te quedan ganas de seguir metiéndote con las mujeres de los otros.
Rafa se limitó a sonreír de nuevo, con desprecio, lo que hizo enfurecer todavía más al matón, que lo zarandeó como un muñeco. Pero cuando ya lo iba arrastrar hacia la salida sin que el otro ofreciera resistencia, la voz de Maximiliano lo detuvo en seco.
—Suéltalo, Conejo —dijo imperativo. Este obedeció casi que por reflejo y permitió que el cuerpo del muchacho tocara el piso. Pero no lo soltó.
—No se preocupe, don Maximiliano —dijo—, aquí no está pasando nada malo. Lo que ocurre es que a veces algunos se ponen muy mal educados y toca enseñarles un poquito de modales.
—Te dije que lo soltaras —repitió Maximiliano mirándolo fijo y con un tono que no admitía réplica.
Algo que sabía hacer muy bien el Conejo era obedecer órdenes, y más si venían de gente con poder, pero como le tenía ganas desde hacía tanto al «caribonito» ese, no se resignaba a soltar su presa.
—Don Maximiliano, déjeme hacer mi trabajo —dijo—, mire que después tengo problemas con mi jefe.
—Por Clavijo no te preocupes, que yo me hago responsable y arreglo las cosas con él.
El Conejo le echó una última mirada cargada de odio a Rafa y lo soltó. Antes de irse, agregó con malgenio:
—Como usted quiera. Pero si vuelve a dar problemas, no respondo. Y tú —le dijo a Rafa—, agradécele a don Maximiliano, porque te juro que hoy no salías completo de aquí.
Como si nada de lo que había pasado fuera con él, Rafa volvió a sentarse y le hizo un gesto a una de las meseras. Maximiliano también tomó asiento en frente suyo.
—¿Qué le pasa? —dijo—. ¿Puedo ayudarle en algo?
—En nada —respondió el otro, reparando solo en la mesera que se había acercado—. Tráeme una botella de ron.
La mujer asintió y se alejó. Rafa le dio una rápida mirada al lugar, evitando con descaro a Maximiliano, que no se dio por vencido e insistió.