Hotel pasión

Capítulo 23 CANDELARIA

Petra miró con desconsuelo y unas ganas enormes de echarse a llorar, las ollas que estaban frente a ella. No había sentido tanta impotencia y tanta frustración en toda su vida. Lo que más le gustaba en este mundo era cocinar, experimentaba un placer enorme cuando veía a la gente disfrutar de sus platos y descubría la satisfacción en sus caras. Se sentía realizada. Por eso le dolía tanto que Candelaria no compartiera su amor por lo que hacía, por eso odiaba lo que estaba pasando. Pero, sobre todo, lo que más le preocupaba era quedarle mal a Maximiliano, defraudar la confianza que este había depositado en ella, porque estaba a punto de arruinar el evento que comenzaría en algo más de una hora, donde ya no se servirían sus platos porque todo había salido mal.

—Yo les dije lo que iba a cocinar —rugió con impotencia—. Ustedes sabían muy bien cuáles eran los ingredientes que necesitaba y las cantidades, ¡¿por qué no están aquí?!

Francisco, de pies al otro lado del amplio mesón en compañía de Gerard, reviró altanero.

—¿Cuándo va a entender que este no es un restaurante de plaza de mercado? Aquí tenemos un departamento de compras al que se le pasa una orden con los ingredientes, las cantidades y, sobre todo, el día que se necesitan. ¿Dónde está la orden?

La mujer reculó, atribulada.

—No hice ninguna.

—¡Pero señora! —resopló Gerard— ¿Entonces cómo quería que estuvieran las cosas que necesita? ¡Mon Dieu! Me parece el colmo de la irresponsabilidad y de la falta de sentido común.

—¡Ustedes sabían lo que iba a cocinar! Y todos estos días me trajeron los ingredientes, ¿sí o no? Además, yo le dije muy clarito a este —y señaló al flaco asistente—, lo que necesitaba. ¡Con cantidades y todo!

—Eso no es cierto —dijo Francisco, despectivo.

—¡No sea mentiroso!

—¿Dónde está la orden? Si no hay una orden, es su palabra contra la mía.

—Francisco tiene toda la razón —agregó Gerard, mirando reprobador a Petra. Esta sintió que le hervía la sangre y, sin pensarlo, agarró uno de los cucharones que tenía a mano con la intención de atizárselo en la cabeza al flacuchento ese.

—¡Ya le voy a dar yo su orden! —dijo.

—¡No más! —estalló Gerard, al que se le había agotado la paciencia—. ¡Portémonos como profesionales!

—Eso no se le puede pedir a esta señora, porque es algo que nunca ha sido —dijo Francisco con suficiencia.

—¡Que te calles! —Lo fulminó Gerard con la mirada y el otro bajó la cabeza obediente. —Lo que tenemos que hacer es ver cómo solucionamos las cosas.

—Si se le ocurre algo —murmuró Petra con desconsuelo—, Dios lo bendiga, porque yo no le veo por donde.

—Lo que podemos hacer, es variar el menú.

—Sería lo mejor—intervino Francisco, cizañoso como siempre—, ¡y nos olvidamos de las porquerías que iba a cocinar esta señora!

—¡Cierra la boca, maldita sea! —regañó Gerard con acritud, luego se dirigió a Petra con un tono completamente diferente y bastante conciliador—. Miremos qué podemos servir de lo que usted tenía planeado con los ingredientes que logremos conseguir, y remplazamos los platos que no sea posible sacar. ¿Le parece?

Petra asintió con fuerza y de inmediato comenzó a hacer listas mentales mientras recorría con la mirada la cocina, fijándose en las preparaciones que tenía empezadas. Gerard, por su parte, después de remangarse, fue hacia la inmensa despensa donde se almacenaban los pedidos. Pero Francisco, que no se mostraba nada entusiasta, se quedó sembrado en su sitio con gesto de desagrado.

Por un momento fue como si una corriente de animación fluyera por el lugar. Petra y el Chef, sin mirarse casi, como si los conectara un saber que compartían, se dedicaron a organizar carnes, verduras, aliños y salsas como si siguieran unas órdenes muy específicas y claras que nadie les había dado. Pero entonces, Candelaria, que había permanecido todo el tiempo al otro lado de la cocina, llamó afanada.

—¡Mamá, ven pronto! —dijo.

Petra se detuvo de inmediato y un gesto de terror se pintó en su rostro. «¿Ahora qué pasó?» musitó para sí misma, mientras corría hacia donde estaba su hija. Cuando llegó frente a los grandes refrigeradores, delante de los cuales se encontraba Candelaria, sintió como si las piernas le fallaran y tuvo que apoyarse en ella. Por las paredes de los congeladores bajaban chorros de agua que salían de su interior.

—¡Cristo bendito! ¿Y esto qué fue?

Gerard llegó detrás de ella, se adelantó y abrió decidido las puertas de uno. De inmediato un olor a mariscos descompuestos inundó el lugar.

—Todo se echó a perder —dijo con desconsuelo Candelaria.

—Ahora sí no hay nada que hacer —agregó Petra y comenzó a llorar.

Francisco, que también se había acercado en silencio, sin que los otros lo notaran, no pudo ocultar la satisfacción que sentía por lo que estaba ocurriendo.

—Estamos completamente de acuerdo.

Mientras tanto, Gerard revisaba las bandejas con mariscos, tratando de salvar algo del desastre.

—No entiendo cómo pudo pasar algo así —dijo.




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