Hotel pasión

Capítulo 24 CANDELARIA II

Los dedos de Gerard tamborileaban sobre el escritorio de Maximiliano. Francisco y él llevaban unos minutos esperándolo en su oficina, después de que su secretaria les informara que había salido a ultimar ciertos detalles del evento y que regresaría pronto.

—Júrame que no hiciste nada —dijo de repente el chef, dejando salir todo el malestar que llevaba carcomiéndolo desde el incidente en la cocina.

—No entiendo, maestro —respondió Francisco con un tono que sonaba más que fingido, lo que terminó de enojar a Gerard.

—Tú sabes de qué estoy hablando, no te hagas el inocente. Te lo voy a preguntar de nuevo y necesito que me respondas con toda sinceridad: ¿saboteaste, sí o no, a esa mujer?

El flacuchento se demoró unos segundos en contestar.

—Y si lo hubiera hecho, ¿qué? Lo que pasó es algo que nos conviene a ambos, y usted lo sabe.

—No te equivoques conmigo, yo soy un hombre honrado y me desagrada hacer las cosas de esa manera. Ese par de brujas pueden no gustarme, pero no es de caballeros arruinarles todo así. Además, no era necesario, estoy seguro de que estaban condenadas al fracaso, conozco bien a los ricos de aquí y para ellos siempre será un insulto que les sirvan los platos que iban a cocinar.

—Seguramente tiene razón, maestro, pero eso ya no importa, ¿no? porque no habrá evento.

—Ese no es el punto. Necesito estar seguro de que no las saboteaste.

Francisco respondió de inmediato y sin pestañear.

—Le juro que no lo hice, maestro.

—Por tu bien espero que sea así. Si me llego a enterar de que mentiste, vas tener un problema muy serio conmigo.

El otro no dijo nada y se sembró un silencio incómodo entre los dos, que no se rompió hasta que Maximiliano hizo su entrada unos segundos más tarde.

—¡Señores! —exclamó trasponiendo la puerta y mientras iba hacia su escritorio—. Me dijo Julita que querían hablar conmigo. Espero que todo vaya bien, acabo de traer un grupo de danzas espectacular para que se presenten mientras toca la orquesta. ¡Vamos a dejar a los invitados con la boca abierta!

—Lamento decirte que eso no va a pasar —musitó Gerard, que evitaba mirarlo. El semblante de Maximiliano se transformó de inmediato, se sentó frente a ellos en su hermosa silla de cuero que se había hecho traer de Roma y esperó a que el otro continuara. El chef tomó aire y esta vez sí se atrevió a encararlo—. Ocurrió un desastre en la cocina y es imposible atender el evento.

—¿Qué pasó? —preguntó Maximiliano sin perder la calma, entonces Gerard le hizo un rápido recuento de lo sucedido, que el hombre escuchó sin inmutarse. Después se quedó mirando hacia el vacío, sin mostrar ningún tipo de reacción, lo que desconcertó a los otros, que no estaban muy seguros de qué debían hacer. Y así seguían cuando Candelaria apareció en la puerta, agitada, y dijo con voz entrecortada, reponiéndose de la carrera:

—¡Max, no canceles el evento, por favor! —Las miradas de todos se posaron en ella. Maximiliano salió de su ensimismamiento para escuchar atento a la mujer, que continuó hablando apurada—. Ya te debieron contar lo que pasó, pero Mamá y yo nos estamos encargando de arreglarlo. De modo que no te preocupes, porque todo va a estar a tiempo.

—¡Por Dios, eso no va a pasar! —protestó Gerard y se giró hacia Maximiliano—. Lo más sensato es que llames a la alcaldía, te excuses y canceles el evento, de lo contrario nos exponemos a que el hotel quede todavía peor.

—Estoy completamente de acuerdo con el chef —agregó Francisco, pero Maximiliano lo calló con un ademán y le habló a Candelaria.

—¿Estás segura de que lo pueden sacar todo como lo habíamos planeado? —dijo.

—Como estaba planeado, no —respondió ella—. Pero te pido que confíes en nosotras, no te vamos a fallar y te aseguro que los invitados quedaran muy contentos.

Maximiliano analizó por un momento la situación, antes de atreverse a responder nada. Pero Gerard se levantó alterado e impaciente y volvió a confrontarlo con un marcado tono de desesperación.

—Max, escúchame por favor por una sola vez en tu vida. Yo sé que ellas lo hacen con las mejores intenciones, pero no van a ser capaces, es demasiado trabajo en muy poco tiempo y no es posible hacerlo, te lo dice un experto. Cancela, es la decisión correcta, así la catástrofe no será total.

—Si cancelas —intervino Candelaria—, de todos modos quedarás mal, así que no pierdes nada dándonos la oportunidad de intentarlo.

Ahora Gerard se giró con rabia hacia ella y dijo:

—Si la comida queda mal, o no sale nunca, la gente se pondrá furiosa y no nos lo perdonará. En cambio, si no hay evento, renegarán y hablarán mal del hotel y su servicio, pero créanme que el daño será menor.

—¿Qué tan caótica es la situación? —lo interrumpió Maximiliano, dirigiéndose a Candelaria.

—¡No es caótica, es catastrófica! —farfulló Gerard.

—¿Eso es cierto? —insistió Maximiliano, mirándola fijo. Ella asintió con un movimiento firme de cabeza. Entonces él agregó—: ¿Puedo confiar en ti?

Candela no lo pensó dos veces para darle la respuesta más sincera de su vida:




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