Alfredo sabía que dentro de unos minutos, cuando regresara Adela, tendría que afrontar lo inevitable y pasar por uno de los momentos más tensos e incómodos que le hubiera tocado vivir. Mientras esperaba, recordó la conversación que tuvo con Candelaria justo después de que terminara el evento de la alcaldía. Ella le había contado quién era realmente y el trabajo que hacía con su mamá en el hotel. Le explicó que le mintió porque resentía el que Petra fuera cocinera y hasta ese día se había resistido a seguir sus pasos, por la vergüenza que sentía. «¿Eso quiere decir que ya no te molesta?», quiso saber él y Candelaria le dijo muy convencida que gracias a lo sucedido, por fin pudo reconciliarse con su madre. «Entonces ¿piensas dedicarte a la cocina, como sugirió el chef?», preguntó el hombre. Ella negó de plano y le habló entusiasmada de cómo el señor Acosta le dio a entender que el puesto de secretaria ya era suyo. «Pero, si la cocina se te da tan bien, ¿por qué no lo intentas?». Candelaria fue categórica con su respuesta: ella ni quería eso ni le veía ningún futuro, y lo de hoy solo lo había hecho para ayudarle a su mamá a cumplirle a Maximiliano, pero que de ahora en adelante, como ya no tenía más compromisos, pensaba dedicarse a su trabajo de oficina, que era algo con lo que soñaba desde niña.
—¿Qué es eso tan importante que quieres decirme? —La voz de Adela, que llegó a sentarse a su lado, lo devolvió a la realidad—. ¿Y por qué no querías que fuera delante de tu familia?
Alfredo vio cómo su mamá le hacía señas desde la cocina para indicarle que en un momento se les uniría y tomó aire, armándose de paciencia.
—Hubiera preferido que eso fuera más… íntimo —dijo.
—¿Íntimo?
—Sí, por eso te pedí que nos viéramos en otra parte, los dos solos —resopló contrariado—. De verdad quería que fuera íntimo.
En el rostro de Adela se dibujó un gesto desagrado.
—Te he dejado muy claro —dijo bastante seria—, que no va a pasar nada entre los dos hasta que nos casemos—. Él no pudo evitar sonreír. Siempre le molestó la actitud puritana y ultra conservadora de su prometida, pero ya no tenía sentido mortificarse por eso. Ella lo miró desconcertada y agregó. —¿Qué te causa tanta gracia?
—Que te ofendas tanto. Dime algo: en todos estos años, ¿nunca sentiste la necesidad de que estuviéramos juntos?
—¿Por qué insistes? Sabes que no me gusta hablar de esas vulgaridades.
—¿Por qué dices que son vulgaridades? Es normal que un hombre desee a la mujer que quiere. Yo lo he hecho muchas veces. Lo que nunca he podido saber es si tú también me deseas.
—¡Alfredo, eso no se pregunta!
El hombre negó con un movimiento de cabeza.
—Siempre me pregunté por qué eres así. Y no me mal entiendas, no te estoy haciendo un reproche.
—¡Faltaría más! Y si con así te refieres a que fui bien criada, sí, lo fui, soy una mujer decente.
—Yo también soy decente; la mayoría de las veces, demasiado. ¿Nunca te ha agobiado ser así? ¿Nunca has querido mandar todo al carajo para ser más libre?
—¿Libre? ¿Cómo? —en sus palabras había genuino desconcierto.
—Para hacer lo que quieras, para permitirte sentir.
—Te repito que no soy una desvergonzada.
—Yo sé que no.
—¿Entonces a qué viene todo esto? No entiendo nada.
Alfredo se quedó mirándola unos segundos, lo que aumentó la incomodidad de ella.
—De verdad que somos muy diferentes —dijo—. Por eso no dejo de preguntarme qué es lo que siento por ti. Pero ¿sabes qué me intriga más? ¿Qué sientes tú por mí?
—¿Cómo así que qué siento? Vamos a casarnos, ¿no?
Supo que no debía posponerlo más, debía enfrentarla y que ocurriera lo que tenía que pasar.
—Adela, créeme que nunca he querido hacerte daño. Y tampoco quiero hacértelo ahora, pero te lo digo de todo corazón: ya no te amo, no estoy enamorado de ti y no creo que lo nuestro deba continuar.
Ella vaciló un instante, luego sonrió tratando de aparentar despreocupación.
—No digas bobadas —exclamó.
—Es cierto, no quiero que sigamos juntos.
—¿Me estás diciendo que ya no te vas a casar conmigo? ¿Que debemos cancelar la boda? ¿Es eso?
—¿Es lo que te importa? ¿La boda? ¿No significa nada para ti que te diga que ya no siento que te amo? ¿Te casarías conmigo así no te quisiera?
—El matrimonio es otra cosa.
El tono de indiferencia con el que hablaba hizo que Alfredo explotara.
—¡Uno se casa por que ama a alguien! —dijo— ¡Porque desea estar con esa persona porque está enamorado!
—Ay, por Dios, el amor es solo una parte, hay otras cosas.
El hombre se levantó y se hizo aparte, ya no soportaba más.
—Lo siento, pero no puedo seguir. Esto se acabó.
Después de otro instante de vacilación, Adela se recompuso, enderezó la espalda y asumió su pose de señorita bien portada mientras levantaba la voz y llamaba con tono impasible.