Hotel pasión

Capítulo 26 ALFREDO II

A pesar de que las cosas no resultaron como las tenía previstas, Alfredo estaba más que satisfecho. Ahora solo pensaba en verse con Candelaria, con quien se había citado para que comieran juntos en el hotel. Quería que supiera lo más pronto posible de su ruptura definitiva con Adela y que ya solo era de ella. Tenía muchos planes para los dos, para la relación que iban a comenzar. Le ilusionaba lo que podría pasar, aunque sabía que sería complicado. Era realista y por eso no se hacía muchas ilusiones de que fueran a ser aceptados tan fácilmente. Los prejuicios de parte y parte hacia las parejas interraciales, como ellos, estaban muy presentes en una sociedad tan cerrada y clasista como lo era la cartagenera. Pero confiaba en que podían superarlo juntos; si Candela estaba a su lado, se sentía capaz de cualquier cosa.

Ya había anochecido cuando llegó al hotel. Justo antes de entrar escuchó que lo llamaban con disimulo. Alcanzó a distinguir, medio oculto detrás de una de las palmeras en el borde de la bahía de estacionamiento, al chofer de don Toño y el corazón le dio un vuelco. Miró a lado y lado para cerciorarse de que no había nadie alrededor, y se acercó al hombre con rapidez, escabulléndose luego con él detrás de unos arbustos, para evitar que alguien los viera.

—¡¿Qué está haciendo aquí?! —le dijo, molesto.

—Don Toño quiere hablar con usted.

Alfredo dudó un momento antes de responder, si el maldito viejo se había arriesgado tanto para contactarlo, era porque se trataba de algo importante, y sobre todo, urgente. Pero ni por eso pensaba hacer esperar a Candelaria. «¡Que se joda don Toño!», se impuso el nuevo Alfredo, que no estaba dispuesto a arrastrarse nunca más ante nadie.

—Dígale que ahora no puedo, que lo busco luego.

Dio media vuelta para irse, pero el chofer se le atravesó y lo detuvo. Era un hombre alto, fornido y mal encarado, que con toda seguridad no solo le servía de conductor a don Toño, si no que también cumplía otros encargos menos santos.

—Me ordenó que le dijera que no acepta un no como respuesta —dijo, impaciente.

El muchacho sopesó sus posibilidades. Le quedaba claro que el otro no lo dejaría ir. Pero si aceptaba acompañarlo, quién sabe cuánto tiempo le tomaría hablar con don Toño, lo que significaba dejar plantada a Candelaria.

—En el hotel me están esperando —le dijo, tratando de encontrar una solución—. Déjeme entrar un momento, aviso que se me presentó algo y regreso para irme con usted.

—Don Toño es un hombre impaciente. —Apuntó hacia un auto estacionado en la esquina, con las luces apagadas y en una zona bastante oscura—. Vamos y se lo dice usted mismo.

Alfredo miró hacia donde señaló el otro y se preocupó todavía más, las cosas deberían estar realmente complicadas si el viejo se arriesgaba de esa manera. Como sabía que no tenía alternativa, decidió obedecer y encaminarse hacia el coche. Cuando estuvo al lado, don Toño le indicó que subiera rápido. Alfredo obedeció, y como el chofer también se había montado, recibió la orden de arrancar y alejarse.

—¿Era necesario arriesgarse de esta manera? —dijo Alfredo apenas el auto comenzó a avanzar y sin molestarse en disimular la inconformidad que sentía.

A don Toño le sorprendió la rebeldía del muchacho, pero se limitó a extenderle un legajador con unos papeles dentro, que Alfredo tomó de inmediato.

—¿Esto qué es? —preguntó.

—El motivo de que haya venido a buscarte —respondió el otro. Después se explayó en una larga explicación que Alfredo escuchó sin interrumpirlo—. La situación ha cambiado, eso quiere decir que ya no tenemos tiempo. Con ese evento que organizó Maximiliano, logró ganarse la confianza de la alcaldía, y gracias a eso le va a entrar mucho dinero de aquí en adelante. No tengo que explicarte lo que significa para nuestros planes, así que nos toca tomar medidas drásticas y tienes que actuar de inmediato.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Alfredo con temor, porque sabía que se venían problemas. Hasta el momento había podido mantener controlada la situación, soltándole a los socios pequeñas informaciones que no le causarían ningún daño a su jefe. Con esto no despertaba sospechas y los mantenía contentos.

—Necesitamos que metas en su contabilidad los recibos y comprobantes que te estoy entregando. —Alfredo miró detenidamente el contenido del archivador, de verdad que las cosas se iban a poner complicadas.—Y por supuesto, que te asegures de que quede todo asentado en los libros de contabilidad del hotel.

—Pero esos movimientos son falsos, él no ha firmado ninguno de estos papeles.

—Obvio que no, pero son lo suficientemente comprometedores como para hundirlo.

—Esto no va a funcionar, don Maximiliano puede probar que no los firmó.

—No, no podrá hacerlo. Nos encargamos de amarrar bien las cosas, no te preocupes por eso.

—Pero se va a dar cuenta de que fui yo quien los puse. La única persona que tiene acceso a sus cuentas y sus balances personales antes de que pasen a la contabilidad general soy yo, y él es lo bastante inteligente como para saber que ustedes están detrás del asunto.

Don Toño se encogió de hombros y sonrió despectivo.

—¿Y qué? —dijo—. Para ese momento ya no tendrá cómo librarse. Lo importante es que hagas bien tu trabajo, porque de ese modo nunca podrá probar que no es cierto.




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