—¡Sí! ¡Es él! —dijo Conchita desencajada—. ¡Es Cristóbal!
—¿Estás segura? —insistió Maximiliano.
—Pues… La verdad, no lo conozco personalmente, pero Matilde me habló un par de veces de él y es tal cual lo describió este señor —y señaló con la boca al detective del hotel, que estaba de pies junto a la puerta en actitud respetuosa—: alto, blanco, de ojos azules, pelo castaño y con una cicatriz pequeña en el mentón. ¡Tiene que ser él! Además, si la empleada a la que le pidió que le entregara el mensaje a Matilde lo oyó hablar con nuestro acento, blanco es, gallina lo pone.
Maximiliano resopló contrariado.
—¡Maldita sea! —dijo y volvió a encararla—. ¿De verdad no tienes idea de a dónde pudo haber ido Matilde?
—¡Pero si ni siquiera sabía que ese muchacho estaba acá! —Conchita comenzó a gimotear afligida—. ¡Todo esto es mi culpa! Soy tan tonta, jamás me imaginé que esa niña estuviera planeando fugarse. Dios mío, ¿qué vamos a hacer? ¡Mi hermano me va a matar!
—Cálmate, si hay un culpable soy yo por haberme confiado. Nunca debí dejarla salir.
—¿Dejarla salir? ¿A quién? ¿A Matilde? Pero si ella sólo bajó un par de veces a las fiestas con la orquesta. ¿Cómo se iba a comunicar con su novio sin salir del hotel?
Maximiliano la miró con actitud contrariada.
—Perdóname, Conchita, te he estado engañando todo este tiempo. Quería ganarme la confianza de Matilde y por eso permití que saliera varias veces del hotel mientras te distraía para que no te dieras cuenta. De verdad lo siento mucho, no me imaginé que haría algo así.
Conchita se quedó en silencio unos instantes, lo que mortificó todavía más a Maximiliano, pero de repente estalló en una de sus carcajadas.
—¡Definitivamente eres un romántico incorregible! Ay, mi vida, ¿por qué no me lo dijiste?
—¡Por idiota! Pero eso ya no importa, lo que tenemos que hacer ahora es encontrarla antes de que cometa una locura.
—La locura ya la cometió metiéndose con ese tontarrón —. Conchita se corrigió de inmediato, abochornada—. Ay, perdón, nunca puedo mantener mi bocota cerrada. De todos modos, tienes razón, tenemos que detenerla, si se va con el tal Cristóbal lo va a lamentar por el resto de su vida —. La preocupación volvió a embargarla—. El problema es que no sabemos qué planes tienen ese par, ¡y sabe Dios dónde estarán en este momento!
—No creo que hayan ido muy lejos. Todavía. Por fortuna nos dimos cuenta rápido de la fuga. —Maximiliano encaró al detective del hotel—. ¿Cuántos hombres puede reunir para que comiencen a buscarlos por toda la ciudad?
—Los que haga falta, don Máximo.
—Perfecto. Que salgan ya mismo. Mientras tanto, voy a comunicarme con el jefe de puerto para que revise todas las embarcaciones que salgan, tengo la corazonada de que Matilde intentarán escapar por ahí.
El agitado bullicio del puerto hacía crecer la ansiedad de Matilde mientras esperaba en el muelle. Esquivó un par de vendedores ambulantes que se le acercaron, sin hablarles para no delatar su acento, tal como le advirtió Rafa, y apretó contra ella la maletica en la que solo logró empacar dos vestidos por el miedo a que su tía la descubriera. Todo había sido tan rápido que no le dio tiempo de más. Cuando recibió el mensaje de Cristóbal se puso de inmediato en movimiento. En la nota, además de contarle que ya estaba en Cartagena, le suplicaba que llegara como fuera a las Islas del Rosario, un archipiélago que queda a no más de una hora, donde la esperaría para que se fugaran hacia Venezuela. Allá, un amigo suyo los ayudaría a instalarse. Por eso, aprovechó cuando Conchita se metió a bañarse, y salió de la habitación rezando para no tener la mala suerte de encontrarse con Maximiliano en la recepción. Bajó en el ascensor con el corazón en la boca, pero casi se muere cuando se abrió la puerta en el primer piso y se encontró de frente con Rafa. Sin embargo, no lo dudó ni por un instante: en un arrebato de sinceridad, mientras lo arrastraba hacia la salida, le confesó lo que le había ocultado durante este tiempo, sobre todo que estaba embarazada; y remató suplicándole que la ayudara porque sabía que sola quizá no lo lograría. Rafa, mientras trataba de entender lo que pasaba, terminó sentado junto a ella en uno de los taxis que esperaban a la salida del hotel, rumbo al puerto. «Sé que a ti es la última persona a la que debería pedirle algo así», le dijo, «pero no tengo a nadie más. Si de verdad me quieres, por favor ayúdame, no puedo dejar que me quiten a mi hijo». Matilde sabía que era una canallada hacerle eso, pero ¿qué más podía hacer? Cuando Rafa por fin pudo procesarlo, y a pesar de todo lo que le dolía tener que ayudar a la mujer de la que estaba enamorado a que se fuera con otro, le dijo que contara con él para lo que necesitara.
Matilde miró nerviosa su reloj, hacía más de diez minutos que Rafa había ido a conseguir una lancha que los llevara a las islas y ella seguía clavada en mitad del muelle sin saber nada. Por un momento dudó, ¿no sería mejor irlo a buscar? Era demasiado tiempo y ya no soportaba la angustia, pero recordó lo enfático que fue al ordenarle que no se moviera de allí, pasara lo que pasara. Entonces escuchó la voz de Rafa a sus espaldas, giró y, aliviada, lo vio venir sonriente. De inmediato fue hacia él y lo abrazó con fuerza.
—¡Encontré quien nos lleve! —le dijo Rafa, y añadió para tranquilizarla—: no te preocupes, todo va a salir bien —justo cuando vio que un carro de policía se detenía en frente de la oficina de puerto—. Tenemos que irnos —le susurró tenso, la tomó de la mano y la llevó con rapidez hacia una lancha destartalada que esperaba del otro lado del embarcadero.