—¡Pero ¿esto qué significa?!
Matilde entre abrió los ojos y vio que Cristóbal vociferaba furioso frente a ella, recortado por la luz del amanecer. Trató de incorporarse, pero se lo impidió el peso de Rafa, que seguía abrazándola y también empezó a reaccionar, sorprendido por el escándalo.
—¡Ya mismo me explicas qué haces abrazando a este tipo! —continuó Cristóbal, agarró a Matilde del brazo y la haló con violencia hacia él—. ¡Contéstame! —gritó, zarandeándola.
Rafa reaccionó de inmediato y se le lanzó encima. De un manotón hizo que la soltara y lo encuelló con fuerza.
—¡No la vuelvas a tocar! —amenazó.
Cristóbal forcejeó para zafarse y ambos rodaron por la arena, donde siguieron peleando abrazados el uno al otro, mientras Matilde trataba de separarlos.
—¡No más! ¡Deténganse, por favor! —les gritaba. Pero, como ninguno le hacía caso, buscó con la mirada alrededor, lo único que había cerca era la maletica con su ropa, no lo dudó y la agarró para golpearlos en las espaldas—. ¡Que paren, carajo! ¡Dejen de ser idiotas!
A pesar de lo ridículo de la situación, ambos reaccionaron y se separaron, mirándose con rabia mientras recuperaban el aliento.
—¡No puedo creer que seas tan estúpido! —le gritó Matilde a Cristóbal. Luego corrió hacia él y lo abrazó—. ¡Estás vivo! ¡Tenía tanto miedo! Cuando nos contaron que la lancha donde venías se había perdido, sentí que me moría.
Cristóbal, conmovido por las palabras de Matilde, se fue serenando.
—Afortunadamente —comenzó a explicar sin dejar de mirar receloso a Rafa—, el lanchero pudo llegar hasta otra isla donde pasamos la noche, y apenas clareó le hizo un arreglo al motor y nos echamos al mar para llegar hasta acá.
—Gracias a Dios —musitó Matilde y se pegó todavía más a Cristóbal.
Rafa tuvo que desviar la mirada porque no soportaba los celos y sólo atinó a decir, todavía evitando mirarlos:
—Me alegro que todo haya salido bien. Matilde lo pasó muy mal, estaba muy preocupada por ti.
Cristóbal lo miró desconcertado y Matilde se apresuró a explicar.
—Rafa es… —comenzó a decir, pero titubeó un momento antes de continuar—, un amigo. Un amigo que me ayudó a llegar desde Cartagena y estuvo dándome ánimos toda la noche, diciéndome que no me preocupara, que todo iba a estar bien y tú ibas llegar.
Cristóbal vaciló un momento, luego, avergonzado, le tendió la mano a Rafa.
—Discúlpame —dijo—, pensé lo que no era y me enloquecí.
—No te preocupes —dijo Rafa y se la estrechó, pero ese contacto con el hombre que le robaba el amor de su vida fue como si lo quemaran en lo más hondo.
—¿Sin rencores? —agregó Cristóbal sonriente. Rafa se limitó a asentir, no tenía fuerzas para hablar. Cristóbal giro hacia Matilde y la apremió—: Tenemos que irnos, ya hemos perdido demasiado tiempo y nos toca llegar lo más rápido que podamos a Santa Marta para encontrarnos con la gente que nos llevará hasta Venezuela.
Matilde sintió que el mundo se le caía, había llegado el momento definitivo, el que tanto había temido desde que salió de Cartagena con Rafa. Se le hizo un nudo en la garganta, lo miró y comprendió que él estaba tan desolado como ella. La voz de Cristóbal rompió el momento.
—Muchas gracias por todo —le dijo a Rafa—. Espero poder pagarte algún día lo que hiciste por nosotros, y de nuevo te pido perdón, se nota que eres un gran tipo.
«¡Un gran idiota es lo que soy!», pensó Rafa, porque ya Matilde estaba abrazándolo para despedirse.
—Te deseo lo mejor —le dijo—. Que la vida te dé toda la felicidad que pueda, te lo mereces.
«Yo nunca voy a ser feliz si no es contigo», quiso gritarle, pero sabía que ya todo era inútil, las cartas estaban boca arriba y el juego había terminado, ahora lo único que le quedaba era perder con gracia, por eso le respondió muy bajito, casi al oído:
—Si no pudiste hacerme feliz, se feliz tú y hazlo feliz a él.
Matilde tuvo que contenerse para no llorar. Tratando de disimular, buscó la maleta que había dejado tirada a unos metros y fue a recogerla atolondradamente, luego encaró a Cristóbal fingiendo lo mejor que pudo una calma que no sentía.
—Vamos —le dijo, y echó a andar sin esperarlo.
Cristóbal se le emparejó mientras señalaba la barca que los esperaba a unos metros. Rafa también fue tras ellos, envuelto en un silencio lúgubre. Vio con tristeza cómo Cristóbal trepaba a la lancha y luego le ayudaba a Matilde a hacerlo. Después, se quedó parado en la playa mirando cómo el lanchero empujaba la barca a aguas más profundas para poder encender las hélices del motor. En todo ese tiempo, los ojos de Matilde y Rafa no dejaron de estar clavados en el otro ni por un momento. Hablaban sin hablarse, transmitiéndose ese inmenso dolor, esa infinita angustia de saber que pronto iban a dejar de verse y se convertirían en un dulce y a la vez amargo recuerdo que no olvidarían nunca, un recuerdo que les traería siempre la desazón de lo que pudo haber sido y nunca fue, de una dicha que pudieron haber abrazado y que la vida no les permitió disfrutar.
El ruido que hizo el motor al encenderse sacó de sus pensamientos a Matilde. Y en ese momento supo lo que debía hacer, giró hacia Cristóbal que estaba a su lado y le soltó: