Las lanchas llegaron a Cartagena una hora más tarde. Un par de policías bajaron esposado a Rafa de la primera que atracó, y lo escoltaron por el muelle hacia la salida del puerto ante la mirada de los curiosos que se agolparon para ver qué pasaba. Matilde, que venía en la lancha siguiente, se soltó como pudo de Maximiliano que la traía agarrada por el brazo, corrió hacia los policías y los alcanzó antes de que subieran a Rafa a una patrulla que los esperaba en la calle.
—¡Esto es una injusticia! —les gritó—. Él no hizo nada, no se lo pueden llevar.
—¡Matilde, no más! —dijo Maximiliano molesto, mientras llegaba frente a ellos—. Ya fue suficiente, me cansé de tus niñerías. Nos vamos ya mismo para el hotel, que tu tía debe estar muerta de la angustia.
—Yo no no voy a ninguna parte si antes no sueltas a Rafa, ya te expliqué qué fue lo que pasó y que él no tuvo nada que ver, sólo me estaba ayudando.
—No voy a discutir eso contigo ahora. Llévenselo —les ordenó a los policías.
Estos se dispusieron a cumplir la orden, pero quedaron sorprendidos al ver cómo Matilde se les adelantaba y se metía primero en la patrulla.
—Pues entonces me tienen que llevar a mí también —dijo y se apoltronó decidida en el asiento trasero.
Los policías miraron indecisos a Maximiliano, que no podía disimular la contrariedad. Por último soltó un bufido y pronunció con resignación:
—Está bien, déjenlo ir.
Matilde sonrió satisfecha al ver que los policías obedecieron de nuevo y soltaron a Rafa, que se acomodó la camisa con dignidad, le lanzó una mirada desafiante a Maximiliano, para luego darle la espalda con desprecio y encararla cuando ella se bajó de la patrulla.
—Todavía no me has dicho por qué no te fuiste con Cristóbal —le soltó con dureza.
Pero antes de que pudiera responder, Maximiliano se adelantó, la agarró y la fue llevando sin que pudiera oponerse. Al pasar por el lado de Rafa se detuvo un momento para advertirle con un tono contenido, pero cargado de amenaza.
—Quiero que le quede muy claro que no sólo ya no trabaja en la orquesta, sino que si llega a poner un pie en el hotel, o siquiera a acercarse a la entrada, lo hago meter preso. ¿Me entendió?
Rafa no dijo nada, se limitó a sonreír despectivo y se quedó mirando con rabia y frustración cómo Maximiliano arrastraba a Matilde hacia un automóvil que los esperaba, se subían en él, y este arrancaba a toda velocidad, dejándolo solo en mitad del anden porque los policías también se habían ido, al igual que los curiosos, que se desbandaron al comprender que no habría más jaleo. Sin saber muy bien qué hacer, echó andar en silencio, hasta que sintió que alguien se le emparejó y comenzó a caminar a su lado.
—Eres el idiota más grande que he conocido en la vida —oyó que le decían y siguió caminando sin prestarle atención ni molestarse en voltear a verlo. Pero Chocolate no se dio por vencido y continúo echándole su cantaleta de madre regañona—. Cuando me fueron anoche con el chisme no lo podía creer. Pensé: no puede ser tan estúpido. Pero de todos modos me vine esta mañana tempranito a esperar al puerto porque la angustia me estaba matando y me quedé esperando en esa tienda de en frente hasta que vi que volvieron. Claro que antes de venirme, le prendí una vela a santa Cecilia; tú sabes quién es santa Cecilia, ¿cierto? Y por si no lo sabes, te lo cuento: la patrona de los músicos. La misma, sí señor, y le rogué que todo este bochinche terminara bien. Pero yo no tengo tanta suerte, ¡y tú tampoco! —Paró un momento para tomar aire y siguió—. ¿Qué pensabas que iba a pasar? ¿Qué podías desafiar, así, sin más, a uno de los hombres más poderosos de esta ciudad y salirte con la tuya?
—Ahora no —replicó Rafa, aburrido.
—Sí. Ahora sí. Nos jodiste. ¿Me entiendes? ¡Nos jodiste a lo grande! ¿Sabes qué había conseguido? No, no lo sabes. Ni te lo imaginas, porque de lo contrario no habrías hechos semejante estupidez.
—Te dije que te callaras.
—No me voy a callar y me vas a tener que oír para que te des cuenta de lo que acabas de perder, pedazo de idiota. ¿A que no adivinas quien consiguió que una de las disqueras más importantes de este país nos grabara un disco?
Rafa se detuvo y lo miró sorprendido.
—¡Un disco con tus temas! —continuó Chocolate exaltado—. Pero ahora todo se fue al carajo. —Se quedó en silencio un momento y agregó con tristeza—: ¿De verdad vale tanto la pena esa peladita?
Rafa no lo dudó ni un segundo para contestar:
—Sí. Lo vale todo. Y ese fantoche puede decir lo que le dé la gana, pero no va a separarnos. Estoy convencido de que ella se quedó por mí, porque me ama. Y ahora que estoy seguro de eso, no voy a dejar que nada ni nadie nos impida estar juntos.
Luego, echó a andar otra vez, como impulsado por una nueva y redoblada determinación. Chocolate meneó la cabeza con desespero y fue tras él.
En el asiento de atrás del coche, Matilde miraba con tristeza por la ventanilla, tratando, sin éxito, de no prestarle atención a lo que le decía Maximiliano.
—Me decepcionaste. Pensaba que eras una mujer inteligente, pero acabas de demostrarme que sigues siendo una chiquilla tonta.
No sabía exactamente por qué, pero sus palabras le dolían más de lo que había imaginado. A pesar de todo, en el tiempo que llevaba en el hotel y tratándolo, comenzó a surgir una especie de cariño hacia él, así fuera su carcelero.
—Dale gracias a la vida que a último minuto tuviste la cordura de hacer bien las cosas.
«No, no fue cordura», pensó Matilde, «en realidad fue la locura más grande que he cometido en mi vida, ¡y sí que he cometido muchas! Pero me quedé por él, porque supe que no iba a poder vivir alejada de él». No consiguió evitar que se le dibujara una sonrisa al recordar la noche que pasaron juntos.
La voz de Maximiliano interrumpió sus pensamientos.
—Pero tú todavía no eres consciente de lo que hiciste, ¿cierto? De las implicaciones que esto va a tener.