Hotel pasión

Capítulo 30 MATILDE

Conchita cruzó la habitación a toda prisa, con los brazos abiertos y los ojos húmedos, y fue a abrazar a Matilde tan pronto como apareció en la puerta de la suite junto a Maximiliano.

—Perdón, tía —dijo Matilde, entrecortada por su propio llanto.

Maximiliano, que las observaba desde el umbral, vio cómo su enfado, tan cuidadosamente construido, se desvanecía con rapidez y se olvidaba de las ganas de regañarla. Era como si algo en su interior hubiera cambiado sin previo aviso porque, por primera vez en su vida, experimentaba esa clase de preocupación que se tiene por alguien más que por uno mismo, la que sólo puede sentir un padre por su hija.

—Las dejo solas para que hablen —dijo en un tono tranquilo. Luego le advirtió a Matilde, aparentando dureza—. Tú y yo no hemos terminado todavía, señorita.

Ella le devolvió una mirada glacial, pero en el fondo notó que le hablaba como un padre, algo que el suyo nunca había hecho. Eso la desconcertó. ¿Por qué actuaba así un hombre que, hasta hacía unas semanas, era un completo desconocido? Un hombre que estaba entrando en su vida de una manera que no comprendía del todo; y al que su corazón empezaba a percibir de un modo distinto, aunque su mente se resistía a aceptarlo.

Maximiliano, como si adivinara sus pensamientos, añadió:

—A partir de ahora habrá un guardia del hotel vigilando el pasillo las veinticuatro horas. Así que ni se te ocurra volver a drogar a tu tía, porque no podrás salir de esta habitación. A menos que quieras escaparte por el balcón, pero no te lo recomiendo, son seis pisos, y dudo mucho que los setos del jardín amortigüen bien la caída —terminó, con una sonrisa sarcástica.

—¿Cómo así que volver a drogarme? —preguntó Conchita alarmada, mientras secaba sus lágrimas.

Matilde fulminó con la mirada a Maximiliano mientras salía y cerraba la puerta. Luego se volvió hacia su tía.

—Sé que cometí muchos errores —dijo sin mirarla—, pero ahora más que nunca necesito que me ayudes. —El desconcierto en el rostro de Conchita era evidente, pero Matilde no le dio tiempo de procesarlo. Las palabras le salían rápidas, sin control—. Quiero que sepas que todo lo que ha pasado me hizo tomar una decisión: por nada del mundo voy a renunciar a mi hijo.

Conchita la miró con una mezcla de tristeza y resignación.

—Ay, niña, tú sabes que eso no va a ser posible —dijo, sacudiendo la cabeza con pesar—. Ambas conocemos bien a nuestra familia.

—¡Me importa un pepino nuestra familia! —exclamó Matilde, sorprendida por su determinación—. Ahora, mi única familia es la criatura que espero, y te juro que voy a pelear por ella. ¡Tú verás si me apoyas o no!

Las palabras de su sobrina conmovieron tanto a Conchita, que estuvo a punto de comenzar a llorar de nuevo. La conocía bien, lo suficiente como para saber que hablaba en serio, ella no era de las que lanzaban amenazas vacías.

—¡Dios sabe cuánto quisiera poder ayudarte! —dijo, en un susurro cargado de impotencia—. Pero tú me conoces, soy como el felpudo de la casa: todos se limpian los pies conmigo, con lo que digo y pienso.

—Llegó el momento de no dejarnos pisotear más, tía. Eres la persona más especial y sabia de esta familia, aunque nadie lo reconozca.

—Hija, si algo me ha enseñado la vida, es que uno debe saber muy bien cómo juega sus cartas. Por eso pienso que lo mejor, por ahora, es que sigamos como estamos.

—No. Eso no lo voy a hacer, no puedo quedarme cruzada de brazos viendo pasar la vida metida entre estas cuatro paredes.

—Hazme caso, criatura —insistió Conchita, deteniéndose frente a ella—. Créeme, no pienso dejar que te quiten a tu hijo, pero necesitamos que sigan manteniéndonos. Al menos hasta que nazca el bebé. —Hizo una pausa, y en su rostro apareció una sombra de incertidumbre—. Después ya veremos qué hacemos, porque no sé de qué vamos a vivir. Soy una inútil que no ha trabajado un solo día en su vida y no sabe valerse por sí misma. Así que, más que una ayuda, seré una carga. Pero algo nos inventaremos.




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