Petra apretó su bolso para darse valor y caminó decidida hacía la puerta, sólo necesitaba un poco de suerte para salir de las cocinas sin que el francés se diera cuenta. Pero no lo logró.
—¡Deténgase ahí! —escuchó que gritaron detrás suyo, giró y vio que Gerard se plantaba en frente—. Señora, tenemos que hablar de un asunto muy importante.
—¡Ahora no! —contestó Petra, armándose para dar la pelea—. Me están esperando y no puedo quedarme a oírle la cantaleta. Ya sé que me estoy yendo antes de tiempo, pero si quiere se lo repongo mañana. De modo que, con permiso.
Intentó seguir, pero Gerard le impidió el paso.
—Para lo que sepa —dijo despectivo—, en este momento me tiene sin cuidado lo que haga o deje de hacer. Se trata de algo importante de verdad. ¿Dónde está su hija? ¿Por qué no ha vuelto a trabajar?
—Mire, don, aclaremos las cosas de una vez. A mí me tiene sin cuidado que se meta conmigo y me friegue todo lo que quiera, pero con Candelaria no consiento nada; y si se empeña en molestarla, le advierto que vamos a tener un problema bien grande los dos.
—No me entiende, yo no quiero hacerle ningún reclamo a su hija. Al contrario, si le pregunto es porque estoy preocupado por ella.
Petra soltó una exclamación de asombro.
—¡Ja! ¡No me haga reír! —dijo—. Y, según usted, ¿qué es lo que le preocupa?
—Que desperdicie su talento. —Petra escuchó, cada vez más sorprendida, mientras Gerard seguía explicando—: ambos sabemos que esa muchacha posee un don natural. Hace las cosas por puro instinto. Y no entiendo cómo lo logra, pero cada plato que cocina tiene una potencia y un sabor únicos. Créame, es una de las mejores cocineras que he visto en mi vida. Por eso no entiendo porqué no quiere desarrollar su potencial al máximo.
—Yo tampoco —dijo Petra con desconsuelo. Las palabras de Gerard, y la sinceridad con la que las dijo, la habían desarmado abriendo una especie de complicidad entre ambos—. Pero es que salió al papá: ¡terca como un mula! Se le metió en la cabeza que quiere ser secretaria y ahora no hay quien la convenza de lo contrario.
—¿Pero qué tontería es esa? —bramó Gerard, indignado—. ¡Para eso no se necesita ningún talento! ¡Y talento es lo que le sobra a ella!
—Por lo menos tenemos el consuelo de que estamos de acuerdo en algo, lástima que no podamos hacer nada.
—Eso no estoy dispuesto a aceptarlo, ¡no podemos permitir que siga desperdiciándose de esa forma! —. Y remató con desprecio—: ¡Secretaria!
Petra iba a replicarle, pero se contuvo al ver que el ceño de Gerard se contrajo de repente y comenzó a temblar mientras miraba hacia la puerta de las cocinas, donde se recortaba la figura de un hombre de aspecto extranjero, que acababa de llegar.
—Mejor hablamos luego —balbuceó nervioso —, me tengo que ir.
Sin esperar a que Petra respondiera, caminó hacia la puerta y salió sin cruzar palabra con el hombre, que fue detrás suyo. Petra, intrigada y después de un instante de duda, decidió ir tras ellos. Nunca había visto al siempre aplomado y seguro chef tan desarmado y vulnerable; eso, sin saber muy bien porqué, la inquietó. Pero, cuando iba a doblar hacia el pasillo por donde habían desaparecido el par de hombres, se encontró de frente con Candela, que la confrontó apenas la vio.
—Mamá, ¿por qué no ha salido todavía? —le dijo—. Vamos, que Alfredo está esperándonos en la puerta del hotel.
Petra dio una excusa apresurada a la que la chica no le prestó atención, la cogió de la mano y juntas fueron hacia la recepción, que atravesaron rápido para salir a encontrar a Alfredo, que conversaba con Lucho, el portero principal, al lado de uno de los coches del hotel que esperaba con la puerta abierta.
—Mamá, él es Alfredo —dijo Candelaria con voz cortada, sin poder disimular la ansiedad que le producía el encuentro.
Alfredo, que estaba igual de intimidado, le extendió la mano.
—Mucho gusto, señora. Alfredo Cuadros, para servirle. Su hija me ha hablado mucho de usted.
Petra asumió una actitud distante, le dio un apretón breve y dijo para salir del paso:
—Vamos tarde, por mí culpa. Mejor arrancamos de una vez, ¿no?
—Si. Claro —respondió Alfredo nervioso, señalando la puerta del auto.
Petra fue a subirse, seguida de Candela, que se lamentaba en silencio porque sentía que nada estaba saliendo bien y temía que pudiera ponerse peor.
El trayecto se sintió largo y pesado. Candela, ansiosa, notaba como Alfredo, sentado al lado del chofer, le lanzaba periódicas miradas por el retrovisor a su mamá, que se hacía la desentendida viendo en silencio por la ventanilla. Deseó no haberle pedido el favor de que las acompañara, era la primera vez que debía enfrentar de verdad lo que significaba empeñarse en un amor que lo tenía todo en contra. El agobio la llevó a recordar el momento en que le confesó a su madre que se había enamorado.
—¡Qué alegría, mija! —le dijo ella—. De verdad me siento muy contenta por ti, estoy segura de que debe ser un buen hombre.
Cuando la escuchó, Candela vaciló un instante antes de contárselo, pero como no tenía alternativa se lo soltó apresuradamente y con algo de brusquedad.