Faltaba muy poco para llegar al hotel. El chofer conducía sin prisas, escuchando en la radio un bolero que resonaba en aquella tarde de postal, con ese sol perezoso que flotaba sobre el mar adormecido. Pero la cabeza de Alfredo era un huracán. Recordaba una y otra vez lo que paso, y le remordía haber dejado sola a Candelaria. Antes de salir a recoger a su hermano, cuando ella le dijo que debía ir con su mamá a buscarlo porque justo hoy lo iban a soltar de la prisión y él se ofreció a llevarlas, Candela trató de negarse. Para disuadirlo, le contó de las constantes entradas a reformatorios de Albeiro por delitos menores y agresiones leves, hasta esa primera vez que ya lo metieron a una cárcel de verdad, acusado de robo a mano armada. Le habló de cómo nunca se llevaron bien, de sus peleas cada vez más violentas, y de cuando intento pegarle, justo antes de que lo apresaran, porque ella se opuso a que terminara incriminando a su mamá por usar el local del restaurante como caleta de mercancías robadas. «Perdón», le había dicho avergonzada, y luego agregó con sarcasmo: «ya ves que somos una familia 'modelo'. Pero si te cuento todo esto, es porque necesito que sepas con quien te estás metiendo y, también, que no te voy a juzgar si decides que no quieres seguir conmigo». Él le pidió que no dijera eso, que no le importaba quién era su hermano ni lo que había hecho, y le dio un beso para tranquilizarla.
El coche ya iba entrando a la bahía de estacionamiento del Perla celeste, cuando Alfredo se oyó gritándole al chofer, que lo miró sorprendido.
—¡Llévame al mercado de Getsemaní, y apúrate, por favor, tengo un mal presentimiento!
Disimulando el pánico que sentía, Candelaria agitó desafiante el atizador para mantener a raya a Albeiro, que la amenazaba con un cuchillo de cocina mientras que Petra, aferrada a la espalda de su hija, suplicaba aterrada.
—¡Mijo, por el amor de Dios, suelta ese cuchillo!
Pero él, encegecido por la ira, siguió insultando a Candelaria.
—¡Que te quede claro, tú no me prohibes nada! —le dijo—. Si quiero vuelvo a robar y vuelvo a esconder lo que me robe en esta casa, que para eso es mía también, ¿me entiendes? Y atrévete a denunciarme con la policía como lo hiciste la vez pasada, para que veas que ahora sí no te la perdono.
Cuando iba a arremeter de nuevo, escuchó golpes en la puerta y la voz de Alfredo, que gritó alarmado:
—¡Candela, ábreme, por favor!
—¡Lárguese! —chilló Albeiro—. ¡Aquí nadie lo ha llamado!
—¡Abran o tumbo la puerta! —insistió Alfredo.
La amenaza enfureció aún más a Albeiro, que fue maldiciendo hacia el portón.
—Ahora sí que se la ganó este payaso —dijo.
—Espera, mijo, no vayas a hacer una locura —rogó Petra.
Sin amilanarse, Candelaria buscó con la mirada y descubrió en un aparador cercano una de las cacerolas de hierro fundido que su mamá usaba en el restaurante. Soltó el atizador, y aprovechando que Albeiro les había dado la espalda, se le fue encima y sin vacilar se la descargó con fuerza en la cabeza.
—¡Lo maté! —dijo aterrada después de que su hermano se desplomó.
Petra corrió a arrodillarse junto al cuerpo de Albeiro, mientras Candela, todavía en shock, fue a abrir.
—¿Estás bien? —preguntó Alfredo al verla, y la abrazó aliviado. Pero entonces descubrió a Albeiro tirado en el piso—. ¿Qué pasó?
—¡Lo maté, lo maté! —repitió Candela, angustiada.
—No. Sólo está desmayado —rectificó Petra—. Pero ya va reaccionando.
—Me va a matar —dijo Candelaria.
—Tienen que irse —dijo Petra, angustiada, y le ordenó a Alfredo—: ¡llévatela, sácala de aquí!
Él asintió, intentó halar a Candelaria, pero ella se negó a moverse mientras seguía con la mirada clavada en Albeiro, que comenzaba a incorporarse aunque todavía seguía atontado por el golpe.
—No pienso dejarte sola con él, mamá —dijo Candela con decisión.
—Vete, por favor —respondió Petra—. No te preocupes, él no me va a hacer nada. Pero si se quedan, va a ocurrir una tragedia.
—Hazle caso a tu mamá —insistió Alfredo, que sin esperar respuesta la sacó rápido hacia el coche y le ordenó al chofer mientras se subían—: ¡Arranca ya!
En la casa, Petra seguía intentando auxiliar a Albeiro, pero este la apartó de un empujón y se levantó tambaleante y dio un alarido furioso.
—¡Candelaria ven para acá o te traigo de las greñas!
—¡Tú no vas para ninguna parte! —lo contuvo Petra con firmeza—. Camina te pongo algo para bajarte ese chichón.
—¡Suélteme, vieja! —Albeiro la hizo a un lado para ir hacia la puerta, pero tuvo un desvanecimiento y si su mamá no lo sostiene, habría caído de nuevo al piso.
—Hazme caso —insistió ella—, vamos y te acuestas.
Albeiro se dejó llevar, mientras seguía mascullando con rabia:
—¡Así me vuelvan a encerrar, esta me la pagan! ¡Por Dios que me la pagan!
Petra dio un respingo, sabía que él nunca amenazaba en vano.
Cuando llegaron a la suite de Alfredo, Candelaria no paraba de llorar, se dejó caer en la cama y soltó en una frase todo el desespero que sentía.