—No tengo nada que pensar, tía —dijo Matilde con firmeza—, es una decisión tomada y nada ni nadie me va a hacer cambiar de opinión.
Conchita nunca había oído hablar a su sobrina con tanta determinación, y eso la asustó y la preocupó a la vez.
—Hija, no quiero que me mal entiendas —dijo—, tú sabes que soy incondicional contigo, y si me pides que me tire desde aquí a la piscina que se ve allá abajo lo hago sin pensarlo. Pero ¿estás segura de lo que vas a hacer? Mira que de eso no hay vuelta atrás, después de ojo afuera no hay santa Lucía que valga.
—¡Es que no tengo alternativa! —contestó Matilde con desespero—. Yo no voy a entregarle a mi hijo a nadie cuando nazca, eso no va a pasar.
Conchita se quedó pensativa unos segundos, como si ya estuviera viendo lo que se les vendría encima.
—Ay, Dios —suspiró—. Tú entiendes lo que eso significa, ¿cierto? Que la familia nos va a voltear la espalda, que nos van a retirar todo su apoyo y nos vamos a quedar sin un centavo.
Matilde no aguantó más, comenzó a llorar dejando salir toda la angustia que la abrumaba. A Conchita se le aguaron los ojos, la atrajo hacia ella y la abrazó.
—No te preocupes, todo va a estar bien —le dijo. Comenzó a sobarle la cabeza para tranquilizarla, como lo hacía cuando era niña y tenía pesadillas—. Además, la vida no puede ser tan injusta, eres una madre tratando de mantener a su hijo con ella, de alguna forma tenemos que poder solucionarlo.
Las palabras de su tía lograron calmar a Matilde, que se secó las lágrimas y dijo animada.
—Sí, tienes razón, lo vamos a conseguir.
—El problema es lo inútiles que somos ambas —añadió Conchita, sin darse cuenta en un primer momento de lo que salía de su boca—. Ni tú ni yo tenemos idea de cómo mantenernos por nosotras mismas, entonces no sé cómo vamos a poder… —Se contuvo aterrada al ver aparecer de nuevo lágrimas en los ojos de Matilde—. ¡Pero qué burra soy! ¡Esta bendita boca mía! No me hagas caso, lo dije sin pesar.
—Eso no quiere decir que no sea verdad —contestó Matilde con desconsuelo.
Conchita no supo qué contestar, sintió unas ganas inmensas de echarse a llorar también, pero en ese momento se escucharon unos golpes en la puerta que las sobresaltaron a las dos.
—¿Estás esperando a alguien? —preguntó Matilde.
—Debe ser Maximiliano. Hace un rato llamó y dijo que tenía que hablar con nosotras de algo muy importante.
Matilde la miró intrigada, Conchita se encogió de hombros y fue abrir. Maximiliano entró, las saludó a ambas de beso, pero tuvo que disimular lo intrigado que quedó cuando notó que Matilde había llorado.
—Perdón por molestarlas —dijo—, pero debo contarles algo que me parece importante que sepan. El contador me informó que este mes no hemos recibido el giro que envía su familia desde España para cubrir sus gastos en el hotel. ¿Saben qué ha podido pasar?
Matilde y Conchita cruzaron una mirada de desconcierto.
—No tenemos ni idea —dijo Matilde—. Desde que llegamos a Cartagena nunca se han comunicado con nosotras, ¿cierto, tía?
—No —contestó Conchita azorada—. ¡Qué vergüenza contigo, Max! No sé por qué no han enviado el dinero, Irene siempre es muy seria con sus cosas, y más si se trata de asuntos de dinero.
—No te preocupes —respondió Maximiliano—, estoy seguro de que todo se aclarará. De todos modos, quiero que sepan que nada va a cambiar, ustedes sigan como hasta ahora.
Matilde dudó un instante antes de preguntar.
—¿Y si la familia decide que no va a enviar más dinero?
Maximiliano la miró, tratando de calibrar qué estaba pasando. Después dijo con mucha seguridad.
—Les repito que todo sigue igual, ustedes son mis invitadas y pueden quedarse todo el tiempo que deseen. —Luego agregó, sin despegarle la mirada a Matilde—. Pero me gustaría que me dijeran si hay lago que debo saber.
—No. Nada —se adelantó a contestar Conchita sin mucha convicción.
Matilde sintió que era el momento de jugarse el todo por el todo.
—Sí pasa algo —dijo—. Lo siento tía, pero Maximiliano se ha portado muy bien con nosotras y creo que tiene el derecho de saberlo—. Conchita asintió resignada. Matilde continúo—: No sé qué pudo haber ocurrido en casa para que no mandaran el dinero, pero le quiero advertir que más temprano que tarde, va a dejar de llegar del todo.
—¿Puedo saber el motivo? —preguntó Maximiliano.
Matilde se tomó un instante antes de responder, luego lo hizo muy calmada.
—Porque decidí que no voy a entregar a mi hijo cuando nazca. Obviamente, cuando lo sepan en casa van a dejar de mantenernos. No sé qué vamos a hacer entonces, pero mi decisión está tomada y no pienso cambiarla. Si me toca robar o pedir lo voy a hacer, pero nadie me va a separar de mi hijo.
Conchita, conmovida, comenzó a sollozar bajito, mientras Matilde esperaba la reacción de Maximiliano, que se quedó pensativo. Había visto en la expresión de la chica una determinación y una seguridad que lo dejaron encantado, porque le recordaban a él mismo cuando se empeñaba en algo. «¿Y si es cierto que es mi hija?», pensó. «No se puede negar que es igual de decidida que yo cuando creo que hago lo que es justo». Saberlo lo llenó de una especie de ternura que sólo había sentido antes una vez en su vida, justo por Irene.