Hotel pasión

Capítulo 34 IRENE

Irene revisó una última vez su bolso para asegurarse de que no olvidaba nada. Pero, sobre todo, para tratar de calmarse. Una de las mucamas acababa de aparecer en la puerta de la habitación para avisarle que ya habían subido las maletas al coche y que el chofer los esperaba para irse. Cuando la escuchó, fue como si un detonador explotara lo que había tratado de ignorar durante estos días: era inevitable, iba a volver a verlo. Y eso la aterró.

Sí, en el curso de estos meses, cuando le escribió para pedirle que recibiera a Matilde en su hotel, habían vuelto a entrar en contacto después de tantos años de silencio. Y no lo iba a negar, eso le revolvió muchos recuerdos y trajo fantasmas de su pasado que nunca había podido exorcizar, algo que la sumió en un desasosiego del que todavía no se recuperaba. Aún así, todo seguía siendo lejano: sólo cartas que iban y venían cruzando ese océano que los separaba y que no era simplemente físico sino también de tiempo. Pero, después de que estalló el escándalo y se decidió que la mejor opción que tenían para arreglar la cosas era viajar a Cartagena de Indias, tuvo que enfrentarse a la certidumbre de que todo lo que dejó sin resolver hacia diecisiete años, iba a tener que afrontarlo cuando lo volviera a ver.

En ese momento, Arturo entró alterado y comenzó a reclamarle con tono agrio, lo que cortó el flujo de sus pensamientos.

—¿Qué pasó? ¿Por qué no has bajado? —dijo impaciente—. Si no nos apuramos nos va a dejar el avión, tú sabes todo lo que se tarda en llegar de aquí al aeropuerto.

—Perdón —mintió Irene—, no encontraba los pasaportes —. Luego los sacó del bolso y se los mostró con una sonrisa—, pero ya los tengo. Vamos.

Arturo respondió con un bufido, dio media vuelta y se alejó con pasos rápidos mientras Irene lo seguía apurada. Se detuvieron un momento en la entrada de la casa para despedirse del resto de la familia, y don Benito, que estaba de peor genio que de costumbre, fue enfático en advertirles que no podían regresar sin asegurarse de que ese bastardo, como ya le decía al hijo de Matilde, iba a desaparecer y no habrían más escándalos.

—No se preocupe, suegro —dijo Arturo—, le doy mi palabra de que todo quedará arreglado. Usted me conoce y sabe que conmigo no juega nadie. Matilde ya nos ha dado suficientes dolores de cabeza, de modo que pienso ponerla en cintura de una vez por todas.

—Eso espero —respondió don Benito, que luego agregó, mirando con intención a Irene—: Arturo, sabes que tienes mi bendición para hacer lo que consideres necesario.

—Se lo agradezco —dijo Arturo, que no pudo evitar dirigirle una sonrisa de triunfo a su esposa. Le producía una profunda satisfacción saber que esta vez ella no podría imponerle nada, que él tenía el mando.

Irene disimuló lo mejor que pudo lo contrariada que estaba, se despidió con un par de besos rápidos de su padre y fue a treparse rápidamente al coche, que arrancó después que que Arturo también se hubiera subido.

Durante todo el camino hacia el aeropuerto permanecieron en silencio, lo que le permitió refugiarse en su cabeza para tratar de poner en orden el torbellino que la acosaba. Maldijo a Cristóbal. ¿Por qué se empeñaba en seguir causándoles problemas? No le bastaba con haber perjudicado a su hija, deshonrándola como lo hizo, sino que ahora estaba determinado a arruinarle por completo la reputación; y no sólo a ella, sino también a toda la familia.

Desde que Irene lo conoció, esa tarde en que Matilde se lo presentó en el hipódromo, tuvo el presentimiento de que les traería problemas. Y no se equivocó. Ahora, con todo lo que estaba haciendo, corroboró lo que siempre pensó de él: que era un patán, un pelele pegado de sí mismo, al que solo le importaba satisfacer su vanidad. Por eso nunca entendió qué vio Matilde en él; pero apostaría lo que fuera a que el motivo por el que lo rechazó cuando fue a buscarla a Colombia, era que por fin había abierto los ojos al darse cuenta de la clase de persona que era. El problema fue que no calculó el daño que podría hacerles. Lo peor de todo era que Irene estaba convencida de que a Cristóbal no le importaba para nada el hijo que esperaba Matilde, que sólo decía que no iba a permitir que se lo quitaran para desprestigiarla todavía más, porque lo único que lo motivaba era el rencor, las ganas de vengarse y reparar su orgullo herido.

Pero ya era tarde, el mal estaba hecho, y ahora, por culpa del escándalo que había armado el cretino ese, iba camino de encontrarse con su pasado, de volver a ver al único hombre que había amado de verdad en su vida; y el miedo de no saber cómo iba a reaccionar, qué iba a sentir, qué mala jugada le podía jugar su corazón, no dejaba de atormentarla.




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