Hotel pasión

Capítulo 35 RAFA

Chocolate sentía cómo gruesas gotas de sudor resbalaban por su cara, pero no podía parar a secárselas porque sus manos se movían acompasadas, marcando el ritmo de la canción que interpretaba la orquesta en frente suyo. De vez en cuando, miraba de reojo hacia donde estaba sentado Maximiliano, a sus espaldas, en una silla plegable que le habían instalado en la mitad de la pista de baile. El inmenso salón Calamarí, tan animado siempre durante las fiestas del hotel, se sentía ahora frío y amenazador, lo que aumentaba la angustia de Chocolate, quien veía como sus peores temores se hacían realidad: la presentación de las nuevas canciones era un completo fracaso, el gesto de desaprobación en el rostro de Maximiliano, que cada vez se acentuaba más, lo comprobaba.

—Ya escuché suficiente —atronó la voz de Maximiliano, que se impuso sobre la orquesta como el veredicto condenatorio de un juez implacable. Los músicos dejaron de tocar y se hizo un silencio doloroso. Chocolate trató de recomponerse mientras giraba hacia su jefe, que no lo dejó abrir la boca, se levantó de la silla, fue hacia a él, y siguió hablando sin disimular la molestia que sentía—. No entiendo qué pasó. ¿De dónde salieron estas canciones? No tienen nada que ver con los temas que has compuesto en los últimos meses. No escucho por ningún lado ese son, ese sabor, ese swing que nos tiene triunfando en toda la ciudad y que hace que la gente no se pierda ni una de las fiestas del hotel. —Se detuvo por un instante, pensativo, luego concluyó lapidariamente—: parecen la música aburridora y sosa que tocaba el maestro Contreras. ¡Y yo te contraté porque prometiste que ibas a ser todo lo contrario de él!

—Lo siento, jefe —balbuceó Chocolate, tratando de defenderse—, pero no creo que sea para tanto. Yo sé que algunos temas no…

Maximiliano no lo dejó continuar.

—De modo que no crees que sea para tanto —dijo, e ignorándolo con descaro se dirigió a los demás músicos—: ¿Ustedes están de acuerdo con la opinión del señor director ? ¿Piensan que estos temas están a la altura de los que han venido tocando?

Los músicos guardaron silencio, cualquier respuesta los dejaría en una situación difícil: o complacían al dueño del hotel, que firmaba sus cheques cada semana, o se ponían en contra de su jefe directo y se arriesgaban a sus represalias. Pero Lila siempre había demostrado que no le tenía miedo a nada, por eso comenzó a hablar sin importarle la mirada, entre suplicante y rabiosa, que le lanzó Chocolate.

—La verdad es que son una mierda —dijo mientras se plantaba en frente de Chocolate, llamándolo con el apodo cariñoso que usaba siempre que le iba a decir algo que sabía que no le gustaría—. Lo siento, Choqui, pero la razón hay que dársela al que la tiene y aquí el jefe sólo está expresando lo que todos pensamos. —Luego agregó, mirando con desprecio a los de la orquesta—: Así a esta manada de cobardes les dé miedo decirlo.

Chocolate, que ahora literalmente sudaba a chorros, no sabía donde meterse. Intentó justificarse otra vez, pero Maximiliano lo impidió de nuevo.

—No me interesan tus excusas —dijo—, lo que quiero son soluciones. Escúchame bien: tienes cinco días para componer y montar unos temas que de verdad sirvan.

—¡¿Cinco días?! —lloriqueó Chocolate, a punto de sufrir un colapso.

—Sí. Los necesito para el baile de las quinceañeras. Es uno de los eventos más importantes del año y va a estar todo el mundo, especialmente mis malditos socios, así que debemos lucirnos.

—Jefe, entiende, en cinco días uno no compone…

—¡Cinco días! —sentenció Max, dándole la espalda para dirigirse hacia la salida. Antes de abandonar el salón agregó, para que lo oyeran los músicos—: sino, estoy seguro de que alguno de ustedes puede hacerse cargo de la dirección de la orquesta y darme lo que no fueron capaces ni el maestro Contreras, ni al parecer tampoco el director actual.

Desde su sitio, donde había quedado clavado por la angustia y el desespero, Chocolate vio irse a Maximiliano, mientras que los músicos, que seguían en silencio, solo esperaban a que saliera de su pasmo y continuara el ensayo. Pero, como no pasaba nada y la situación ya se estaba volviendo ridícula, Lila decidió tomar la iniciativa.

—Muchachos, creo que esto se acabó por hoy —dijo—. ¿Me equivoco, Choqui?

—No. Pueden irse —respondió Chocolate con desgano.

Los músicos comenzaron a guardar sus instrumentos, mientras comentaban entre ellos en voz baja. Chocolate sabía muy bien de qué estaban hablando; tenía claro que en esos cuchicheos se barajaba su futuro como director de la orquesta. «¡Maldito Rafa!», pensó. ¿Por qué su bienestar y su prosperidad tenían que depender de alguien tan volátil y caprichoso como él? Después del incidente con Maximiliano en la isla, por la muchacha esa, le lloró, le suplicó que pensara bien las cosas, que no se dejara llevar por su orgullo, que no tirara por la borda todo lo que habían logrado. ¡Pero con ese imbécil no había quien pudiera y se había ido, abandonándolo como a un perro! Y si tan solo él tuviera un poquito del talento que le sobraba a ese desgraciado, habría podido hacer que Maximiliano por lo menos le aceptara un par de los temas que compuso a los trancazos, esforzándose lo más que pudo, pero sabiendo de antemano que nunca iban a estar a la altura de los éxitos que lo llevaron hasta donde estaba. Y ahora tenía cinco días para no quedarse sin nada. Sintió ganas de haberle dicho a Max que se los ahorrara, ni en cinco siglos él iba a ser capaz de componer algo que siquiera se acercara a la magia que producía el terco de Rafa con sus maravillosas canciones. «¡Deja de llorar, muñequita!», se dijo, «que tú eres de los que mueren con las botas puestas». Por eso, cuando vio que Lila venía de los camerinos después de cambiarse, fue hacia ella, la agarró fuerte del brazo y, a pesar de su desconcierto, se la fue llevando con él sin darle oportunidad de oponerse mientras le decía: «¡Tú y yo tenemos que hablar de algo muy importante!».




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