El sonido de la lluvia golpeando el cristal del coche era lo único que llenaba el asfixiante silencio. Eylül mantenía la frente apoyada contra la ventanilla fría, contemplando cómo las luces de Estambul se desdibujaban con el agua. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos. A su lado, su madre, Mesude, clavaba la mirada al frente, con los labios apretados y el rostro rígido, evitando a toda costa mirar a su hija.
—Mamá, por favor... te lo suplico —susurró Eylül, con la voz rota por el llanto—. No me dejes ahí. Yo no mentí. Kemal se metió en mi habitación, él... él me tocó, mamá.
Mesude cerró los ojos un segundo, pero su expresión no se ablandó. La culpa y la negación la carcomían, pero el miedo a quedarse sola y perder a su esposo era más fuerte.
—¡Cállate, Eylül! —sentenció Mesude, con una dureza que le dolió a la joven más que un golpe—. Kemal es un buen hombre. Trabaja día y noche por nosotras. No voy a permitir que destruyas mi matrimonio con tus calumnias de adolescente rebelde. Esto es por tu propio bien. Un tiempo lejos te hará recapacitar.
El coche se detuvo bruscamente frente a unos enormes portones de hierro desgastados. Detrás de ellos se alzaba un edificio gris y frío de tres plantas: el centro de acogida del barrio. Para Eylül, aquel lugar parecía una prisión.
Mesude bajó del coche, sacó una vieja maleta del maletero y esperó a que su hija bajara. Eylül caminó arrastrando los pies, sintiendo que cada paso la alejaba para siempre de su infancia. Al cruzar el umbral del portón, un hombre de unos treinta años, con mirada cansada pero profunda y amable, las esperaba bajo el porche. Era Toprak, el tutor del centro.
—Buenas noches. Usted debe ser Eylül —dijo Toprak con tono suave, agachándose ligeramente para quedar a la altura de los ojos caídos de la joven—. Bienvenido. No tengas miedo.
Mesude ni siquiera esperó a entrar. Le entregó la maleta al tutor, le dio una mirada rápida y fría a su hija y dio media vuelta sin decir una palabra.
—¡Mamá! ¡No me dejes! ¡Mamá! —gritó Eylül, corriendo hacia la reja, pero las puertas de hierro ya se estaban cerrando con un crujido metálico. El coche de su madre aceleró, perdiéndose en la oscuridad de la avenida.
Eylül cayó de rodillas sobre el cemento mojado, rompiendo en un llanto desconsolado. Sentía que el pecho se le partía en dos. Su propia madre la había desechado para proteger a un monstruo. Toprak se acercó lentamente, colocó una mano firme y protectora en su hombro y esperó en silencio a que la primera tormenta pasara.
—Sé que ahora mismo sientes que el mundo te ha dejado sola, Eylül —le dijo Toprak con voz pausada, ayudándola a levantarse—. Pero el destino suele tener caminos extraños. Camina conmigo.
El tutor la guio por los pasillos silenciosos y tenuemente iluminados del edificio, donde flotaba un olor a desinfectante y nostalgia. Subieron al segundo piso hasta detenerse frente a la puerta número 4.
—Este será tu nuevo hogar. Aquí dentro hay personas que, al igual que tú, han aprendido a ser fuertes —susurró Toprak antes de abrir la puerta.
Al entrar, la luz de la habitación reveló cuatro camas alineadas y cuatro pares de ojos que se clavaron de inmediato en la recién llegada.
Sentada en el borde de la primera cama, una chica de cabello oscuro y expresión desafiante, vestida con una chaqueta de cuero desgastada, la midió de arriba abajo; era Songül. En una esquina, Kader ordenaba compulsivamente unos libros en una repisa. Cerca de la ventana, Cemre miraba al vacío con una elegancia que desentonaba con la pobreza del lugar, mientras que Meral, con unos auriculares al cuello, tarareaba una melodía sentada en el suelo.
Eylül, con los ojos hinchados y temblando de frío, abrazó su propia maleta contra el pecho, sintiéndose una intrusa.
Songül se levantó lentamente, caminó hacia ella con los brazos cruzados y se detuvo a solo unos centímetros. Eylül retrocedió un paso por instinto, temiendo una agresión. Sin embargo, la chica ruda solo extendió la mano hacia la maleta y se la quitó con suavidad para ponerla sobre la cama vacía. Luego, miró fijamente a Eylül y, con una voz firme que escondía una profunda empatía, dijo:
—Deja de temblar. Aquí los lobos están afuera, no adentro. Si tu familia te dio la espalda, desde hoy nosotras somos tu sangre.
Eylül miró a Songül y luego al resto de las chicas, quienes asintieron en silencio. En ese instante, en medio del dolor más profundo de su vida, una pequeña llama de esperanza se encendió en su corazón.