La alarma del orfanato sonó a las seis de la mañana con un zumbido estridente. Eylül se despertó sobresaltada, con el corazón acelerado y las lágrimas de la noche anterior resecas en las mejillas. Por un segundo olvidó dónde estaba, pero el techo agrietado y el sonido de Kader ordenando meticulosamente sus zapatos la devolvieron a la dura realidad.
—Arriba, chica nueva —dijo Songül, lanzándole un uniforme escolar planchado sobre la cama—. Hoy es nuestro primer día en el Instituto Coral. Tenemos beca completa gracias a las gestiones de Toprak.
Cemre, que se cepillaba el cabello frente al espejo roto, soltó un suspiro amargo.
—El Instituto Coral es el colegio donde yo estudiaba antes... —murmuró con la voz rota—. Mis antiguos amigos van a estar ahí. No sé si pueda soportar que me vean así, viviendo en este lugar.
Meral se acercó a Cemre y le dio un empujón juguetón en el hombro.
—Pues caminarás con la cabeza en alto, preciosa. Ahora eres una de las nuestras. Además, escuché que este año entran los chicos más guapos de la ciudad. Hay que aprovechar.
Eylül se vistió en silencio. El uniforme, aunque limpio, se sentía como un disfraz. Al mirarse al espejo, vio a una chica cansada, pero la mirada decidida de Songül a su lado le dio las fuerzas que le faltaban.
Una hora más tarde, las cinco amigas cruzaban el imponente patio del Instituto Coral. El contraste era brutal: coches de lujo, estudiantes con dispositivos de última generación y risas cargadas de arrogancia. En cuanto el grupo de huérfanas pisó el suelo de mármol, las conversaciones se detuvieron. Los murmullos y las miradas despectivas no se hicieron esperar.
—Miren eso... las muertas de hambre del centro público ahora estudian con nosotros —se burló una chica rubia de la alta sociedad, rodeada de su séquito.
Songül apretó los puños y dio un paso al frente dispuesta a pelear, pero Eylül la tomó del brazo, deteniéndola.
—No vale la pena, Songül. Venimos a estudiar, no a buscar problemas —susurró Eylül, intentando mantener la calma aunque por dentro temblaba.
En ese momento, una carcajada ruidosa llamó la atención de todos. Por el pasillo principal avanzaban dos chicos. El primero, Güney, caminaba con las manos en los bolsillos, una sonrisa burlona y el uniforme desarreglado. A su lado marchaba Serkan, con un aire mucho más maduro, impecable y con una mirada que transmitía una nobleza inusual para ese entorno.
Güney se detuvo justo frente a Songül, mirándola de arriba abajo con ironía.
—Vaya, vaya. ¿El director del colegio ahora acepta mascotas de la calle? —provocó Güney con tono arrogante.
Songül no lo dudó. Se plantó a centímetros de su pecho, sosteniéndole la mirada con una furia implacable.
—Cuida tu boca, niño rico. Te aseguro que la calle enseña a morder mucho más fuerte de lo que tus millones pueden pagar —respondió ella, propinándole un empujón que dejó a Güney helado y con el ego golpeado.
Mientras la tensión subía entre ellos, Serkan se quedó completamente paralizado. Sus ojos se clavaron en Eylül, quien intentaba esconderse detrás de sus amigas, visiblemente abrumada por la situación. Serkan notó la tristeza profunda en los ojos de la joven y, por primera vez en su vida, sintió el impulso incontrolable de proteger a alguien que acababa de conocer.
—Ya basta, Güney. Vámonos a clase —intervino Serkan con voz firme, rompiendo el tenso ambiente y obligando a su amigo a retirarse. Antes de darse la vuelta, Serkan le dedicó a Eylül una mirada suave, casi como una promesa silenciosa de que no todo el mundo allí era su enemigo.
Las chicas caminaron hacia su salón. El primer día apenas comenzaba, y Eylül supo que el Instituto Coral sería un campo de batalla. Pero al mirar a sus cuatro amigas caminando a su lado, entendió que ya no tendría que pelear sola.