El timbre del final de las clases resonó como una campana de liberación. Eylül salió a toda prisa del edificio principal, necesitando desesperadamente aire fresco. El peso de las miradas de desprecio durante todo el día la había dejado agotada. Para colmo, el cielo de Estambul se había vuelto a cerrar y una lluvia fina comenzaba a mojar las calles.
Eylül se sentó en un banco de piedra del jardín trasero, abrazando sus cuadernos contra el pecho. Las lágrimas que había contenido durante horas amenazaban con salir.
—No dejes que te afecte lo que dicen los demás —una voz suave rompió su aislamiento.
Al levantar la vista, vio a Serkan. El chico sostenía un gran paraguas negro y, con un gesto educado, lo extendió sobre ella para cubrirla de la lluvia. Eylül se tensó de inmediato, desconfiada por la actitud que los amigos de él habían tenido por la mañana.
—No necesito tu lástima, gracias —respondió Eylül, intentando sonar firme mientras se ponía de pie para marcharse.
—No es lástima —la interrumpió Serkan con rapidez, dándole una sonrisa cálida que le iluminó el rostro—. Es admiración. Vi cómo defendiste a tu amiga hoy en el pasillo. Mi nombre es Serkan. Sé que mi mundo parece lleno de idiotas arrogantes, pero te aseguro que no todos somos iguales.
Eylül lo miró a los ojos y, por primera vez en meses, no vio burla ni intenciones ocultas en un hombre. Vio una sinceridad que la desarmó.
—Me llamo Eylül —susurró, sintiendo un extraño vuelco en el corazón. Antes de que pudiera decir algo más, Songül la llamó a lo lejos con un silbido. Eylül le dio una última mirada tímida a Serkan y corrió bajo la lluvia para unirse a su grupo. Serkan se quedó en el jardín, viéndola marcharse con una sonrisa, completamente cautivado.
Mientras tanto, en el otro extremo del barrio, la realidad era mucho más dura. Tras salir del instituto, Cemre caminaba con la cabeza baja, esquivando los charcos. Su estómago rugía; no había querido probar bocado en la cafetería escolar para evitar las burlas sobre su situación económica.
—¡Cemre! ¿Eres tú? —escuchó una voz conocida.
Al darse la vuelta, vio una pequeña cafetería de barrio. En la puerta estaba Gökhan, un chico humilde que vestía un delantal de trabajo sobre su ropa sencilla. Gökhan la reconoció de inmediato, ya que solía repartir pedidos en la antigua mansión de los padres de la joven antes de la tragedia.
Cemre sintió una punzada de vergüenza y trató de ocultar el logo del centro de acogida de su uniforme.
—Hola, Gökhan. Sí... soy yo. Pasaba por aquí —mintió, con la voz temblorosa.
Gökhan, que conocía perfectamente lo que le había pasado a la familia de Cemre a través de las noticias, notó su palidez y sus manos temblorosas por el frío. Sin hacer preguntas incómodas, se hizo a un lado y señaló una mesa cerca de la ventana.
—Entra, por favor. Está por caer una tormenta fuerte. Te prepararé un té caliente y algo de comer. Invita la casa —dijo Gökhan con una caballerosidad y un respeto que conmovieron a Cemre.
Sentada en la calidez del modesto local, Cemre observó a Gökhan trabajar detrás del mostrador. Sus antiguos amigos ricos le habían dado la espalda al segundo de perder su dinero, pero este chico, que apenas la conocía de vista, le estaba ofreciendo un refugio. Cuando Gökhan le sirvió el té con una mirada llena de comprensión, Cemre entendió que en su nueva vida de pobreza también había espacio para la auténtica bondad.
Al caer la noche, de regreso en la habitación número 4 del centro de acogida, las cinco amigas se reunieron en círculo sobre la cama de Songül. El primer día había sido una prueba de fuego, pero al compartir el pan que Gökhan le había regalado a Cemre y al escuchar a Eylül hablar del misterioso chico del paraguas, el frío del orfanato pareció desaparecer. Eran cinco flores de asfalto, y juntas estaban listas para resistir cualquier tormenta.