El crujido de las hojas secas bajo sus zapatos era el único sonido que acompañaba a Eylül mientras caminaba a paso rápido hacia el centro de acogida. Se había retrasado en la biblioteca y la tarde estaba cayendo de golpe, tiñendo las calles de Estambul de un gris oscuro. Una extraña sensación de incomodidad le erizó la piel. Miró hacia atrás y, entre la neblina, distinguió una silueta familiar que la seguía a pocos metros.
El corazón se le detuvo. Esa forma de caminar, esa chaqueta... era él. Kemal.
—¡Eylül! Espera, hija, no corras —la voz de su padrastro resonó en el callejón, cargada de una falsa amabilidad que a ella le revolvió el estómago.
Eylül apretó los libros contra su pecho y empezó a correr, pero el miedo congelaba sus músculos. En un segundo, Kemal la alcanzó, sujetándola con fuerza del brazo y arrastrándola hacia un rincón oscuro entre dos edificios.
—Suéltame... ¡Suéltame, monstruo! ¡Déjame en paz! —gritó Eylül, intentando zafarse, pero él la acorraló contra la pared de ladrillos.
—Mírate dónde has terminado por tus mentiras. Tu madre está sufriendo en casa por tu culpa —siseó Kemal, acercando su rostro con una sonrisa cínica—. Si eres una buena niña y retiras la denuncia, convenceré a Mesude de que te deje volver. Si no... te aseguro que este orfanato será el menor de tus problemas.
Eylül estaba paralizada, las lágrimas de puro terror nublaban su vista. Justo cuando Kemal estiraba la mano para tocarle la mejilla, una figura alta apareció desde la avenida principal, caminando con paso firme y decidido.
—¡Hey! ¡Suéltela ahora mismo! —la voz de Ali tronó en el callejón.
Ali, el hijo del policía local que acababa de mudarse al barrio, regresaba a casa cuando escuchó los gritos. No lo pensó dos veces. Se metió entre ambos, empujando a Kemal con tal fuerza que lo hizo tambalearse contra unos contenedores de basura.
—¿Y tú quién te crees que eres, niñato? Es un asunto familiar —gruñó Kemal, midiendo al joven con la mirada.
—Soy el hijo del comisario de este distrito —mintió Ali con total seguridad, clavándole una mirada fría y amenazante—. Y como no te largues en tres segundos, te juro que vas a pasar la noche en una celda por agresión. Lárgate.
Kemal, acobardado al escuchar la palabra "comisario" y dándose cuenta de que la situación se le salía de las manos, escupió al suelo, le dio una última mirada cargada de odio a Eylül y se perdió rápidamente entre las calles oscuras.
Eylül se dejó caer al suelo, temblando incontrolablemente, tapándose el rostro con las manos. Ali se agachó despacio frente a ella, manteniendo una distancia respetuosa para no asustarla más.
—Ya pasó. Estás a salvo. No va a volver —le dijo Ali con una voz suave, completamente diferente a la de hace unos instantes. Con cuidado, recogió los libros de Eylül que habían caído al suelo y se los extendió—. Te acompaño al centro de acogida, está a la vuelta. No deberías caminar sola a estas horas.
Eylül asintió, secándose las lágrimas con la manga de su uniforme. Mientras caminaban en silencio bajo las farolas del barrio, la presencia firme y silenciosa de Ali le devolvió una paz que creía perdida.
Al llegar a las puertas de hierro del orfanato, Kader estaba afuera buscando desesperadamente a Eylül con la mirada, visiblemente angustiada. Al ver llegar a su amiga acompañada de un chico desconocido, corrió hacia ellos.
—¡Eylül! ¡Estaba muerta de miedo! ¿Qué pasó? —preguntó Kader, abrazándola con fuerza. Luego, sus ojos se encontraron con los de Ali.
Ali le dedicó a Kader una mirada profunda y una sonrisa cálida que hizo que el corazón de la chica diera un vuelco.
—Tu amiga tuvo un pequeño problema, pero ya está bien. Soy Ali, por cierto. Acabo de mudarme al vecindario.
—Yo... yo soy Kader —respondió ella, de repente tímida, sintiendo una conexión instantánea con los ojos protectores de aquel chico.
Ali se despidió con un gesto y se marchó perdiéndose en la noche. Al cruzar el umbral del edificio, Eylül miró a Kader y supo que, a pesar de las sombras que la perseguían, el destino estaba empezando a poner en sus caminos a las personas correctas para ayudarlas a luchar.