Huésped Cero

El Umbral

El camión de la mudanza se fue dejando un rastro de tierra en el camino. Me quedé parado en la entrada, mirando la fachada de la casa. Era vieja, de esas con la pintura descascarada por el sol y ventanas que parecían ojos negros mirándome fijamente. Mis papás entraron corriendo, discutiendo en voz baja por el desorden y cargando las cajas más pesadas. Todo se sentía pesado hoy.

Suspiré, agarré mi mochila y entré. El olor a encierro y a madera vieja me golpeó de golpe. Caminé por el pasillo esquivando los muebles tapados con sábanas blancas hasta que encontré las escaleras. Mi pieza quedaba en el segundo piso, al fondo.

Cuando abrí la puerta, lo único que había era una cama vieja sin sábanas, un clóset de madera oscura y una ventana grande que daba hacia el patio trasero, donde los árboles se movían con el viento. Dejé la mochila en el suelo. El piso crujió bajo mis pies. Me acerqué al clóset para ver si tenía espacio, y al abrir la puerta, noté que algo blanco sobresalía detrás de la repisa principal. Era un papel arrugado.

Estiré la mano y saqué el papel. Estaba doblado en cuatro partes, áspero y con las esquinas quemadas. Al abrirlo, lo primero que me llamó la atención no fueron las palabras, sino el título escrito en mayúsculas con un lápiz pasta rojo que parecía haberse remarcado varias veces: "LÉELO ANTES DE LAS 10:00 P.M. NO ES UNA BROMA".

En ese mismo instante, escuché unos pasos apurados subiendo la escalera. Guardé el papel rápido en el bolsillo de mi polerón justo cuando mi mamá entró a la pieza, cargando una caja llena de mis libros y cables. Tenía el pelo amarrado, la frente sudada por el esfuerzo y esa cara de preocupación que traía desde que salimos de la otra ciudad.

—Hijo, aquí están tus cosas —dijo, dejando la caja sobre la cama vieja con un suspiro pesado—. Sé que este lugar no es el mejor y que todo ha sido súper difícil estos días... pero te prometo que vamos a estar bien. ¿Te gusta la pieza?

Miré la ventana, el clóset oscuro y luego a ella. No quería darle más problemas de los que ya tenía.

—Sí, mamá, está bien. Gracias —le respondí, intentando sonreír.

Ella me dio un beso corto en la frente y me revolvió el pelo.

—Quédate tranquilo ordenando. Voy abajo a ayudar a tu papá con la cocina —dijo antes de salir y cerrar la puerta.

Me quedé solo otra vez. El silencio de la casa nueva se sintió denso. Saqué el papel arrugado del bolsillo, me senté en el borde del colchón y empecé a leer la lista.

Mis ojos recorrieron las líneas escritas con una caligrafía temblorosa, como si a la persona que escribió esto le hubieran estado tiritando las manos. Decía lo siguiente:

Si estás leyendo esto, significa que eres el nuevo dueño de esta pieza. Lo lamento por ti. No intentes hablar de esto con tus papás; no te van a creer y solo harás que te miren con lástima. Si quieres pasar la noche a salvo, memoriza y cumple estas tres reglas:

Regla 1: A partir de las 10:00 p.m., mantén la cortina de la ventana completamente cerrada. Vas a escuchar que alguien golpea el vidrio desde el patio exterior. No importa si la voz suena exactamente igual a la de tu mamá pidiéndote que la dejes entrar: no abras ni mires. Tu mamá está abajo en la cocina.

Regla 2: Si el televisor viejo que está en la esquina se enciende solo mostrando estática, no intentes desenchufarlo. Tienes exactamente diez segundos para salir de la pieza, cerrar la puerta con llave y quedarte en el pasillo hasta que escuches que la televisión se apaga sola. Si te quedas adentro cuando la pantalla se ponga negra... lo que salga de ahí se quedará contigo.

Regla 3: Si despiertas en la madrugada y sientes que la pieza está demasiado helada, no te muevas. Hay algo parado al lado de tu cama mirándote fijamente. Cierra los ojos, respira lento y finge que sigues dormido. Se irá cuando escuches el primer cantar de los pájaros.

Solté una risa nerviosa. —Qué ridículo —susurré para mí mismo, tratando de autoconvencerme de que era una broma de pésimo gusto de los antiguos dueños.

Arrugué el papel, lo tiré al tarro de la basura que estaba cerca de la puerta y caminé hacia la ventana para mirar el patio. El sol ya se estaba ocultando entre los cerros, tiñendo el cielo de un color rojo oscuro. Saqué mi celular del bolsillo para ver la hora. La pantalla se encendió iluminando mi cara.

Eran las 8:59 p.m. Un segundo después, el reloj cambió a las 9:00 p.m. Como no pasó nada, me relajé, me acosté en la cama y me puse a ver videos para dejar de pensar en tonteras.

El problema fue cuando la noche empezó a avanzar de verdad.

Para cuando el reloj marcó las 9:45 p.m., la casa ya se había quedado en un silencio absoluto. Mis papás, agotados por el tremendo esfuerzo de cargar cajas todo el día, se habían ido a acostar hacía rato y apagaron las luces de abajo. El viento de afuera empezó a golpear con más fuerza las paredes de madera de la casa.

De pronto, un frío helado, que no estaba antes, empezó a invadir mi pieza. Me tiritaron los dientes de golpe.

Una sensación espantosa en el estómago me hizo sentarme en la cama. El ambiente se sentía raro, denso, como si las sombras de las esquinas se estuvieran moviendo. El miedo me pegó un tirón en el pecho y me levanté de un salto, tropezando con mis propios pies. Aunque trataba de convencerme de que era solo mi imaginación por estar en una casa nueva, la desesperación me dominó. Caminé rápido hacia el tarro de la basura, metí la mano a ciegas y busqué desesperadamente el papel arrugado.

Cuando mis dedos rozaron la hoja áspera, la saqué y la desdoblé con las manos temblando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana desprotegida.

Volví a leer las reglas rápidamente, con el corazón latiéndome en la garganta. Pero esta vez, mis ojos bajaron más allá de la tercera instrucción. Al final de la hoja, en un espacio que antes juraría que estaba completamente limpio, se alcanzaba a ver un texto nuevo. No estaba escrito con el lápiz pasta de antes. Eran letras grandes, chorreadas, de un color marrón oscuro y seco, como si hubieran usado un dedo untado en sangre para escribir directamente sobre el papel.




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