Desde que estaba en el primer año del colegio, había decidido que mi futuro no se quedaría encerrado entre las mismas cuatro paredes.
Durante el último año, me dediqué intensamente a buscar becas en Estados Unidos y Europa. Revisé minuciosamente opciones en el Reino Unido, España, Italia, Portugal, Francia y Alemania.
Nacer en Paraguay significa saber de antemano que cada logro costará el triple de esfuerzo, y que nadie te garantiza que tanto sacrificio valga la pena para asegurar una buena vida. Mis padres, a pesar de tener sus títulos universitarios, se desviven cada día trabajando de forma independiente. Aunque son profesionales, con el empleo por cuenta propia nunca se sabe qué pasará en los siguientes años si no se tiene una estabilidad económica asegurada para el mañana. "Aprovechá los estudios para luego tener un buen empleo y una vida tranquila", me repiten como un mantra diario. Y los escucho, pero mis verdaderos motivos van mucho más allá de un simple título.
Un tiempo después de haber terminado el colegio, entre turnos de trabajo, ahorros y decenas de solicitudes enviadas y exámenes virtuales de ingreso, la respuesta finalmente llegó: había sido admitida en dos universidades europeas, una en Lisboa y otra en Madrid. No necesité demasiado tiempo para decidirme. Elegí Madrid.
Una beca con todo pagado para estudiar cuatro años y la oportunidad de quedarme para siempre en el primer mundo. Con eso podré dejar atrás mi vida entera, huir de todos y empezar de cero.
Ahora, toca hacer las maletas.