¿huir de Qué?

Capítulo 1

Acabo de llegar a Madrid para empezar desde cero. Aquí nadie me conoce y yo no conozco a nadie. Quisiera decir que ojalá todo siga así por el resto de mi vida, pero como los seres humanos necesitamos relacionarnos por pura supervivencia, mi deseo de invisibilidad se va al carajo.

Creí que al aterrizar tendría que pedir un Uber para llegar al pequeño apartamento que la universidad me reservó, pero la suerte estuvo de mi lado. En el avión, ya en la última escala, me tocó sentarme al lado de una chica de mi edad llamada Melanny que es española; nos caímos bien desde el primer momento. Tanto, que se ofreció para llevarme hasta mi nuevo edificio. Creo que si no fuera porque estaba leyendo Cien años de soledad no me hubiera animado a hablarle. Su hermana mayor está por pasar a buscarnos en unos minutos.

—¿De verdad no será una molestia que me dejen en el edificio? —pregunto por segunda vez, acomodando la mochila en mi espalda con un poco de nerviosismo.

—Que no, boba, no es ninguna molestia —sonríe Melanny, restándole importancia con un gesto de la mano—. Me dijiste que viajabas sola. Bueno, técnicamente ya no estás viajando sola porque ya llegaste a Madrid, pero ya me entiendes. Será un gusto ayudarte.

—Muchas gracias, en serio.

—No agradezcas. Una vez me tocó pasar por la misma situación. Un día fui a California sola y no conocía a nadie. En el avión me hice amiga de una señora que viajaba a mi lado; su nombre era Sonia. Ella y su hija, la que fue a recogerla al aeropuerto, se ofrecieron a llevarme al hotel. Así me ahorré el Uber.

—¡Vaya! ¿Y por qué fuiste a California sola? —indago, genuinamente curiosa.

—Para un examen de admisión universitario... pero no aprobé —confiesa, encogiéndose de hombros con una mueca.

—Oh, qué mal... —Me remuevo en la butaca de espera del aeropuerto, sintiendo ese típico momento incómodo—. La verdad es que no se me ocurre qué más decir.

—No importa, ya pasó —suelta una risita—. Ahora voy a estudiar aquí y estaré con mi hermana.

—¿De qué parte de España eres?

—De Galicia. ¿Y tú? ¿De qué parte de Paraguay me dijiste que eras?

—De Misiones.

—Ah, no conozco. Bueno, no conozco casi nada de América del Sur, a decir verdad.

—Lo entiendo —asiento, mirando hacia la salida de la terminal—. ¿Y por qué vienes a estudiar aquí entonces?

—No lo sé.

—¿No lo sabes? —La miro extrañada.

—No, pero me gusta Madrid. Además, me quedaré con mi hermana; hace unos años compró su propio piso y no tendré que pagar alquiler, solo mi comida y ya.

—Sí que eres afortunada.

—Lo soy —admite Melanny, clavando la vista en la fila de autos que avanza lentamente—. Y hablando de mi hermana... ahí está llegando. ¡Vamos!

Agarramos el equipaje y empezamos a caminar por el estacionamiento para encontrarnos con ella. El auto, un Mercedes Benz GLA 200 blanco, se detiene frente a nosotras. De la puerta del conductor se baja una chica dando un portazo. Es idéntica a Melanny: misma complexión delgada y cabellera negra, aunque un par de años mayor y con el pelo bastante más largo.

—Te había dicho que no trajeras más de dos maletas grandes —suelta la recién llegada, cruzándose de brazos y mirando fijamente a Melanny con los ojos entrecerrados.

—¡Y así lo hice! —se defiende ella.

—¡Trajiste tres!

—Dos grandes y una mediana, no tres grandes como dijiste —replica Melanny de inmediato, plantando las manos en sus caderas con tono desafiante.

—Lo que sea, es lo mismo —la corta la mayor, rodando los ojos antes de girarse hacia mí con una sonrisa amable—. Tú eres Cecilia, ¿verdad? Yo soy Ámbar.

—Sí, soy yo. Un gusto —saludo, extendiendo la mano un poco tímida. No sé qué tan común sea saludarse dándose la mano entre mujeres aquí.

—El gusto es mío. En serio, me disculpo por mi hermana, no habrá sido nada fácil aguantar sus quejas durante tantas horas en el avión.

—¡Ja, ja, ja, qué chistosa! —ironiza Melanny haciendo un enorme puchero.

—Para nada, no fue ninguna molestia —intervengo para suavizar el ambiente—. Pude charlar y distraerme con ella durante una parte del vuelo.

—Bien, entonces metan las maletas en el maletero y vámonos de aquí.

Las subimos al maletero y nos acomodamos en el auto. Yo me ubico en el asiento detrás del copiloto, mirando por la ventanilla cómo el paisaje del aeropuerto empieza a quedar atrás para dar paso a las autopistas de Madrid.

—Y dime, Cecilia, ¿de dónde vienes exactamente? —pregunta Ámbar, acomodando el espejo retrovisor para mirarme mientras acelera.

—De Paraguay.

—Ah, qué bien... ¿Andas mudándote por trabajo, estudios o vienes solo de vacaciones?

—Vengo a estudiar. Gané una beca completa en la Universidad Real de Madrid —respondo, sintiendo un pequeño vuelco de orgullo y nervios en el estómago al pronunciar las palabras.

—Suena genial. ¿Y dónde vas a vivir?




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